La última guagua
La guagua iba casi vacía. Solo quedaban dos pasajeros: una
mujer mayor con una bolsa de tela y un chico mirando el
móvil como si buscara otra vida dentro de la pantalla.
—Antes esto iba lleno —dijo ella sin mirar a nadie en
concreto.
El chico levantó la vista un segundo. Dudó entre contestar o
volver a su mundo.
—Ahora la gente se mueve menos —respondió al final.
—No —dijo la mujer—. Ahora la gente se va.
El silencio se sentó entre los dos. Afuera, las luces de los
apartamentos turísticos brillaban más que las ventanas de las
casas.
—Mi hijo está en Alemania —añadió ella—. Dice que allí
todo funciona. Yo le digo que aquí también funcionaba…
antes de que nos desmontaran.
El chico no supo qué decir. Pensó en su propio billete, en la
carpeta con documentos, en la fecha que había estado
evitando mirar.
La guagua frenó en la última parada.
La mujer bajó despacio.
—Cuida la isla —le dijo al pasar—, aunque sea desde lejos.
El chico se quedó sentado.
El motor se apagó.
Y por primera vez en mucho tiempo, no miró el móvil. Miró
las manos.
Como si aún estuviera a tiempo de decidir si irse… o quedarse
a sostener lo que se rompe en silencio.