José Vidal Bolaños – La primera agarrada

La primera agarrada

Daniel no quería probar.

Permanecía junto a la pared del patio, con la mochila colgada de un solo hombro y los brazos cruzados, mientras sus compañeros rodeaban el pequeño terrero improvisado del colegio.

No había gradas, ni focos, ni arena de verdad. Solo un círculo marcado con tiza sobre el suelo y varias colchonetas colocadas en el centro. A un lado, el monitor explicaba cómo se colocaban las manos y de qué manera debían apoyar los pies para mantener el equilibrio.

Daniel observaba desde lejos, intentando que nadie notara su curiosidad.

—Eso es de viejos —dijo cuando uno de sus amigos le preguntó si iba a participar.

Lo había escuchado alguna vez en casa. Su abuelo hablaba de luchadas antiguas, de terreros llenos y de hombres que se daban la mano antes y después de enfrentarse. A Daniel aquellas historias le parecían demasiado lejanas, como fotografías en blanco y negro guardadas en una caja.

Él prefería los videojuegos, los vídeos cortos y los deportes que veía por internet.

El monitor escuchó el comentario, pero no discutió.

No le habló de historia, identidad ni tradición. Tampoco intentó convencerlo con un discurso.

Se limitó a señalar la mochila.

—Quítatela y acércate.

Daniel miró a sus compañeros. Algunos sonrieron, esperando que rechazara la invitación. Otros le hicieron gestos para que entrara.

—Solo una vez —añadió el monitor—. Después decides.

Daniel dejó la mochila junto a la pared y caminó hacia el círculo con desgana.

El monitor lo colocó frente a otro niño llamado Marcos, que era un poco más alto y parecía mucho más seguro. Les explicó que no se trataba de golpear, empujar con rabia ni hacer daño.

—Aquí gana quien consigue que el otro toque el suelo primero con una parte del cuerpo distinta a los pies.

Daniel levantó una ceja.

—¿Solo eso?

—Solo eso —respondió el monitor—. Pero ya verás que no es tan sencillo.

Les enseñó a agarrarse de la ropa. Una mano en el pantalón y la otra en la camisa. Los cuerpos ligeramente inclinados, los pies firmes y la mirada atenta.

Daniel sujetó la ropa de Marcos sin ganas.

Pensó que todo duraría dos segundos.

Tal vez tres.

Creía que bastaría con tirar fuerte, mover una pierna y esperar a que el otro cayera. Sin embargo, cuando el monitor dio la señal, descubrió que delante de él no había solo un compañero.

Había un peso que cambiaba.

Un cuerpo que respiraba.

Un equilibrio que podía romperse con un movimiento mínimo.

Daniel notó la tensión en los brazos, la presión de los dedos aferrados a la tela y el roce de sus zapatillas contra el suelo. Marcos avanzó. Él retrocedió. Los dos giraron lentamente, buscando un error.

El patio quedó en silencio.

Daniel podía escuchar su propia respiración.

Durante unos segundos dejó de pensar en sus compañeros, en la mochila y en la vergüenza de estar participando en algo que había llamado antiguo.

Solo pensó en no caer.

Intentó tirar de Marcos hacia un lado, pero colocó mal el pie. El otro niño aprovechó el movimiento, giró la cadera y lo desequilibró.

Daniel cayó de espaldas sobre la colchoneta.

Todo sucedió demasiado rápido.

Durante un instante permaneció inmóvil, mirando el cielo. Sintió cómo el calor le subía hasta la cara. Estaba seguro de que sus compañeros se reirían.

Pero ocurrió lo contrario.

Todos aplaudieron.

Marcos se inclinó y le ofreció la mano.

Daniel dudó antes de aceptarla.

Se levantó rojo de vergüenza, sacudiéndose la ropa como si quisiera borrar la caída.

—He resbalado —murmuró.

El monitor sonrió.

—Puede ser. Pero en la lucha, caer también forma parte de aprender.

Daniel bajó la mirada.

—He perdido.

—Has hecho tu primera agarrada.

Aquella respuesta lo sorprendió.

El monitor le explicó que perder no era lo mismo que fracasar. Que cada caída enseñaba dónde había quedado mal colocado un pie, cuándo se había perdido el equilibrio o en qué momento se había dejado de observar al adversario.

—La arena enseña desde abajo —dijo—. A veces hay que caer para entender lo que no se ve estando de pie.

Daniel volvió a mirar el círculo.

Marcos ya se preparaba para luchar con otro compañero. Podía haberse marchado. Nadie le habría dicho nada. Su mochila seguía junto a la pared y todavía estaba a tiempo de fingir que todo aquello no le interesaba.

Sin embargo, permaneció allí.

Observó cómo se colocaban los demás. Se fijó en las manos, en los pies y en la forma en que giraban antes de intentar derribarse.

Cuando Marcos terminó, Daniel levantó la mano.

—Quiero repetir.

Sus compañeros lo miraron sorprendidos.

El monitor no dijo nada. Solo le hizo un gesto para que regresara al centro.

Daniel se colocó nuevamente frente a Marcos.

Esta vez agarró mejor.

Apretó la tela con firmeza, separó ligeramente los pies y dobló las rodillas como le habían enseñado. Ya no pensaba que todo acabaría en dos segundos. Ahora comprendía que cada movimiento tenía una respuesta y que la fuerza no servía de mucho si no sabía cuándo utilizarla.

El monitor dio la señal.

Marcos intentó repetir el movimiento anterior, pero Daniel estaba preparado. Apoyó bien el pie, resistió el giro y consiguió mantenerse en pie.

Sus compañeros volvieron a guardar silencio.

Daniel sonrió.

No había ganado todavía, pero ya no era el mismo que había entrado unos minutos antes.

Se movieron hacia un lado. Marcos tiró de su camisa. Daniel perdió el equilibrio por un instante, aunque logró recuperarlo. Después recordó uno de los movimientos que había visto hacer a los demás.

Giró con cuidado.

Colocó la pierna.

Y esta vez fue Marcos quien cayó sobre la colchoneta.

Daniel se quedó quieto, sorprendido.

Todos aplaudieron de nuevo.

Durante unos segundos sintió la tentación de levantar los brazos y celebrar. Sin embargo, vio al monitor señalando al compañero que seguía en el suelo.

Entonces se inclinó y le ofreció la mano.

Marcos la aceptó.

—Ahora sí —dijo Daniel—. Uno a uno.

Los dos se echaron a reír.

Al terminar la actividad, Daniel recogió su mochila. Antes de marcharse, volvió la vista hacia el círculo de tiza. Ya no le parecía un espacio vacío ni un juego antiguo.

Allí había aprendido a caer sin sentirse derrotado, a levantarse sin buscar excusas y a ofrecer la mano a quien, unos segundos antes, había intentado derribarlo.

Cuando llegó a casa, encontró a su abuelo sentado frente a la televisión.

Daniel dejó la mochila en el suelo.

—Abuelo, ¿tú luchabas?

El hombre lo miró sorprendido.

—Hace muchos años.

—¿Y todavía recuerdas cómo se hace?

El abuelo sonrió lentamente.

—Hay cosas que el cuerpo no olvida.

Daniel se sentó a su lado y comenzó a contarle lo ocurrido en el colegio. Le habló de Marcos, de la primera caída y de cómo había conseguido mantenerse en pie durante la segunda agarrada.

Su abuelo escuchó sin interrumpirlo.

En sus ojos apareció un brillo que Daniel nunca había visto cuando hablaba de aquellas historias antiguas.

Entonces comprendió que una tradición no siempre es algo que permanece encerrado en el pasado.

A veces espera en silencio hasta que alguien decide acercarse.

A veces pasa de unas manos viejas a otras más jóvenes.

Y a veces comienza en el suelo, justo después de levantarte.

José Vidal Bolaños

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