Teresa Ojeda – Cuéntame

Cuéntame

Junio del 2026, nueve y treinta y cuatro de la mañana. Manolo duerme. Desde el horrible momento del ictus, casi dos años ya, duerme quince horas diarias. Las secuelas que el impactante e irreversible suceso han dejado en su nonagenario cuerpo han sido catastróficas. El conjunto de la familia, de sus amigos, nos sentimos impotentes, desubicados, desorientados… Es muy triste verlo en el estado en el que se encuentra. Los que lo amamos, hacemos por él todo lo que podemos para proporcionarle el bienestar al que todos tenemos derecho al final de la vida.

Jamás pensé que ese nefasto accidente cerebral pudiera sucederle a él, a pesar de que su carácter fuerte, dominante, con el que a veces quería demostrar su condición de género. Manolo fue un prototipo de hombre de la época que le tocó vivir. Nacido justo con el estallido de la guerra, mayo del treinta y seis, fue educado por un padre que supo inculcarle los incomprensibles, injustos y dictatoriales valores masculinos, y criado por una madre resignada a ser la esposa-criada-esclava a la que su género la había condenado.  Manolo se vio inmerso en ese mundo, con el agravante de que el padre, al que admiraba y veneraba lo escogió de entre los cuatro varones que había engendrado con el fin de educarlo a su imagen y semejanza. Para ello, desde muy niño lo llevaba consigo cuando se reunía con sus amigos, caciques del pueblo en aquellos extraños tiempos, a disfrutar de cacerías, pescas, comilonas, borracheras y visitas a mujeres alegres. Es cierto, se debería suponer, pero aclaro, que el niño que fue Manolo era para aquellos hombres una especie de escudero, criado medieval, o algo así como una mascota. Manolo me recordaba a menudo anécdotas, conversaciones y sobre todo situaciones inconcebibles, como esperar a la puerta de los burdeles a que el grupo de hombres que se creían muy machos acabaran la visita.

A pesar de esa anómala niñez, y de que tuviera la suerte de que la vida después lo colocara en situación de ver en la figura femenina a un ser igual de meritorio que el hombre, Manolo sentía orgullo del niño que fue, del valor que tuvo para los amigos de su padre, del empeño de estos en mostrarle un mundo dominado por hombres. Es cierto que nunca me comentó que sintiera que era alienado, pero yo lo intuía en sus palabras. Aquellos hombres que formaban una hermandad con su padre eran poderosos y se creían dueños de vidas y haciendas. Siempre negó que le causaran miedo, a pesar de las situaciones difíciles para un niño que tuvo que demostrar hombría, valor y coraje impropios para su edad. Con nueve o diez años, disparaba con puntería y destreza la escopeta de caza. Cargaba las huroneras del grupo, tuvo que desollar, limpiar y trocear conejos y perdices, limpiar pescados, hacer las hogueras para asar las capturas… Con lo único que no podía, lo que lo hizo llorar alguna vez fue tener que rematar a algún perro cuando era herido de muerte por los disparos errados. Recordaba con dolor la vez que se riscó su mejor perra, su amiga, y fueron tan graves las heridas que su padre y sus compañeros le pidieron que la rematara y la enterrara en uno de los profundos barrancos del centro de la isla donde estaban cazando.

Contar las vivencias de Manolo no es tarea fácil, pero la vida me ha indicado que debería hacerlo. Hace unos días, ordenando sus papeles, descubrí que justo un año antes del suceso había empezado a escribir su biografía. Solo unas pocas páginas, pero en ellas está patente el deseo de contar su vida. Tal vez lo haga yo. No sé si lo haré, pero el niño que fue Manolo me ha dejado escrito parte de su infancia y, quien sabe. Por lo pronto me atrevo con esta primera parte.  Ya es algo. Ya es mucho. O tal vez sea demasiado.

Teresa Ojeda

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