Josefa Molina – El lenguaraz

El lenguaraz

Su verbo se alteraba cuando bebía. Era una especie de tsunami dialéctico que todo lo arrasaba. Su capacidad para argumentar y contra argumentar se encendía alterando la tranquila estulticia de la clientela del bar.

Acostumbrados a sus arengas discursivas de las que apenas entendían ni una palabra, todos terminaban por obviarlo. Todos excepto la niña de las trenzas que le miraba fijamente mientras el rostro del hombre se iba tornando a un color rojo carmesí ante la incomprensión de la gente que le dejaban hablar sin prestarle atención.

Cuando finalmente calló, exhausto de lanzar tantas frases al aire, los ojos de ambos se encontraron. La pequeña abrió la boca y comenzó a hablar, pero a sus oídos no llegaron sino los estridentes comentarios del narrador del partido de fútbol que comenzó a atronar el bar desde la pantalla de televisión.

Intentaba agudizar el oído sin suerte cuando la niña calló y le mantuvo fijamente la mirada. Esperaba una respuesta, pensó, una respuesta a una pregunta que él desconocía.

Levantó los hombros en gesto de qué le vamos a hacer y buscó la copa de ginebra que descansaba sobre la mesa. Hablar siempre le causaba sed, le secaba los labios, le marchitaba el esófago, le alteraba las neuronas.

Al levantar la vista, la niña seguía allí, inmutable. Comenzó a moverse, en un intento inútil de alzar su desnutrido esqueleto de la silla para acercarse a ella, pero todo le dio vueltas. Demasiada ginebra. Entonces, un doloroso pinchazo le cruzó la sien como un relámpago. Sintió que algo húmedo se escapaba despacio desde su oído derecho. Lo tocó con los dedos. Descubrió que estaban llenos de sangre.

Se dejó caer nuevamente en el asiento. Por el rabillo del ojo, divisó una mano infantil que le ofrecía una servilleta garabateada. Lo desplegó. En ella, una letra infantil conformaba un breve poema:

‘En los últimos renglones del mar,

hoy esperan folios por escribir

recuerdos vanos de nuestra mortal existencia.

Líbrate de la palabra zafia y burda

donde no hay eternidad

sino mediocre existencia’.

De repente, otro relámpago azotó con furia su cabeza. Se dejó caer sobre la mesa y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, estaba rodeado de cables. Todo era blanco. Se llevó la mano a la sien: varios metros de venda dibujaban caminos serpenteantes alrededor de su cráneo rapado. Intentó hablar pero no pudo. Silencio, blanco y vías atrapadas con esparadrapo sobre su piel. Líbrate de la palabra zafia y burda…

Desde que se recuperó, pasa cada tarde en el bar. Se toma un café con leche mientras llena libretas con frases sin sentido, frases que aspiran algún día a convertirse en poemas.

Apenas conversa con nadie. Ya no levanta la voz La clientela más asidua le mira con curiosidad, esperando que en cualquier momento, se ponga en pie y comience a gritar al mundo sus enrevesados discursos. Pero él se dedica a escribir, sin más. Escribe y escribe enfrascado en los horizontes fríos de los folios en blanco.

Tal vez algún día sería capaz de compartir lo escrito con los demás, tal vez un poema en alguna antología, tal vez un libro de pensamientos…

Ahora eso carecía de importancia. Se había hecho el silencio y, por primera vez, en toda su vida, era capaz de escuchar con atención lo que salía de su cabeza.

 

Josefa Molina

josefamolinaautora.com

6 comentarios

  1. Escalofrío. Eso siento a veces leyendo los relatos de Josefa Molina. Va llevando al lector por el camino de la ficción para dar algún golpe inesperado que nos deja impresionados. Un cuento muy bien elaborado.

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