FOTO-RELATO Exilio emocional

Exilio Emocional

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Veinte años es el tiempo que lleva mi impuesto exilio emocional. La cifra se vino de pronto mientras fregaba los platos del desayuno. Un poco de olvido es saludable, pero a veces no lo podemos alcanzar, se resiste a quedarse en su rincón. Se difumina y trae de vuelta memorias incómodas que creíamos instaladas en la más lejana oscuridad.

La memoria emocional, sí, esa que otros llaman por el eufemismo de ansiedad, es inexorable e inescrutable. Se incuba, se resiente, se esconde, se burla, se agudiza, se mimetiza en imágenes nuevas y superficiales; engaña, engaña y engaña. Nos hace creer que la hemos neutralizado, que estamos bien, felices, en paz, y de pronto, reaparece removiendo escombros, esparciendo cenizas, queriendo saldar viejas deudas mil veces pagadas y de mil maneras, traicionándose a sí misma. Llega con el encantamiento del recuerdo para luego dar la estocada en medio del pecho. Pero esta vez su intromisión resultó benigna, sin acusaciones ni reclamos como tantas otras veces. Tímido y cauteloso, un cicerón mnemótico me fue llevando de la mano a recorrer mi galería personal de imágenes en slide. Reviví el placer casi olvidado de los olores y la suave brisa de las primeras horas de la mañana, el deleite del amanecer lento, casi imperceptible, oculto en la neblina gris; ir descubriendo los cambios apacibles de las primeras luces, las montañas desnudadas por la bruma que al disiparse van mostrando el abanico verde, ocre, naranja, imponiéndose como ofrenda, regalando un fulgor renovado en cada amanecer.

Los olores de la cocina impregnan el salón, aromas suaves que se extinguen y ceden a otros más penetrantes. El primer café apenas solapado por la sutil embriaguez del zumo de naranja y más tarde el tentador aroma de las panquecas; y me pregunto, cuándo decidí perderme de esto, cuándo y por qué dejé vacío mi sillón inglés, el de mis lecturas mañaneras, frente al gran ventanal que da al jardín que muestra, generoso, los colores intensos de las aves del paraíso y las azáleas apuntando hacia mí, llamándome; la blancura apacible de los malabares, la belleza triste de la orquídea torito ingrávida en el muro del fondo. En el patio, la mirada acuosa de Kala, echada muy pegada al ventanal en eterna vigilia.

En algún momento me pasó lo mismo que a Clarise, aquel personaje musiliano, asediado por un sueño opresivo de la infancia, en el se veía recordando entre brumas grises el encuentro con el hombre de su vida; al despertar el mundo que aparecía en el sueño dejaba de ser una superficie irregular, desierta y quebrada para convertirse en un círculo de luz. Me estará pasando lo mismo a mí?. No dejo de soñar con mi infancia, es constante, reiterativa, persistente, pero a diferencia de Clarise, mi percepción de ese círculo de luz es tan reciente que más que un recuerdo es una presencia, conciencia de la realidad, la convicción y la fuerza que me da el haber desembarcado en una manera de vivir que creí impensable, inimaginable, esa que se sabe propia, con carácter, la certeza de que nos pertenece. Pero aun en este nuevo estado el acecho continúa, el olvido es una mentira y el pasado una reiteración permanente.

De nuevo me vienen imágenes geniales de Musil refiriéndose al hombre sin atributos. Éste pensaba que en su vida todo se había desarrollado fuera de él, como si los hechos y las acciones de su mundo estuvieran más relacionadas entre sí que en contacto con él, y quizás en otros tiempos se podía ser mejor persona que hoy, o quizás, más conscientes. Pero si lo pensamos seriamente, la responsabilidad tiene su punto de validez, no ya en el hombre, sino en la concatenación de las cosas; las experiencias y las vivencias, una vez realizadas, se independizan de su creador, del individuo, por lo tanto no es extraño la irrupción de la sensación de soledad en la modernidad. Los atributos ya no son sólo del individuo sino también de la sociedad, y quedamos convencidos de ello cuando vemos que los principios, la honestidad, la lealtad, comienzan a parecer una ingenuidad, ni siquiera es amoralidad; es una suerte de movilidad moral más fácil de exponer y menos vergonzante de cara al entorno social: las posiciones y adhesiones políticas, las complicidades soterradas, la audacia que transversa el tejido enmarañado ambiciones vengativas y aspiraciones ingenuas. Tales constataciones apresuraron mi exilio emocional, un largo viaje hacia un lugar cercano, el de mi interior.

Me sucedió lo mismo que a Ulrich. Después de tantos años de mi exilio emocional, hoy, con frescura y serenidad tengo claro cuándo y porqué decidí convertirlo en un exilio físico. Recuerdo que fue por etapas, y cada una de ellas ligada a un estado emocional intenso y revuelto. Todo comenzó con el paro petrolero que puso en jaque al gobierno autoritario que en esos años apenas mostraba los primeros síntomas de la monstruosidad en que se convertiría. Durante aquellos días no me despegué del televisor, me hice adicta incondicional y militante del canal de noticias opositor. Por momentos pasaba al canal gourmet para despejar la mente de tanto bombardeo informativo, y de paso aprender con los recetarios dulces de la hermana Bernarda, las pastas de Biba y los menús de Narda y Dolly; pero seguía haciendo zapping, no quería perderme de nada, era un obsesión. Lo político anuló el resto de temas de conversación entre familiares y amigos. A veces entre algunas escasas amigas nos preguntábamos de qué hablábamos antes de la llegada del autócrata, era como si que la vida y su cotidianidad antes del 98 se hubiese borrado de nuestras memorias. El mundo comenzaba y terminaba en las contradicciones y abusos del régimen. De pronto cobró sentido lo anormal, el absurdo, día tras día perdíamos nuestra capacidad de asombro sin atinar ninguna respuestas lógica a nuestras angustias. Pasamos de ciudadanos, madres, o profesionales, a observadores críticos y a la vez impotentes, que nos comíamos la uñas esperando desquitarnos en el próximo encuentro con algún amigo opositor. Era una pesadilla, la realidad nos rebasaba, una angustia permanente, un sinsentido, una asfixiante incapacidad de cambiar las cosas.

Después de cada proceso electoral fraudulentos, que fueron muchos y muy seguidos, entraba en cuarentena y me negaba a ver el canal de noticias, pero reincidía. No soportaba la frustración al confirmar una vez más que robaban nuestra decisión de cambiar al desgobierno sanguijuela, que nos ataba de manos dejándonos solos contra la pared, desamparados, preguntándonos una y otra vez cómo habíamos llegado hasta allí?. Después fui entrando en la segunda fase que me trajo al exilio. Extenuada por incontables marchas y concentraciones, después del 11 de abril del 2002 me convertí en un ser raro, como venida de otro planeta. Me negué a saber qué estaba pasando, pasé de la noticia como forma de vida a la desinformación como sobrevivencia, un acto desesperado para combatir la amenazante depresión, rabia e impotencia a la vez, y encima tener cerca a familiares y amigos, que no sólo justificaba al régimen sino que se beneficiaban de él directa o indirectamente, jugando al doble discurso o al silencio cómplice y cobarde. De pronto desconocíamos a los viejos amigos, eran sus mismos rostros pero con la mirada puesta al cielo, mientras trajinaban las fronteras tras los dólares baratos de las famosas raspadas de tarjetas de créditos con el cupo de viajeros, o en las divisas obtenidas en subastas o bonos de la deuda pública para sus ingentes importaciones o en el beneficio de las misiones y puestos en el gobierno. Entonces vino la repulsión, el asco, una depresión combinada con rabia y lo más doloroso, la sensación de soledad, la marginalización impuesta al negarme a convivir con tanto caradurismo.

Fue entonces cuando inicié mi retirada al silencio. Ya no tenía mi butacón inglés, ni la tv, ni ese salón frente al jardín. Me había mudado con mínimo equipaje a una especie de buhardilla, un anexo elevado que miraba a la sierra, sólo me acompañaba un único tesoro, mi lap top. Mientras tanto afuera el desmoronamiento institucional, social, moral, roía todo a su paso. El país se entregó a una borrachera colectiva, como un último día de carnaval. Rostros delirantes y demenciales salían de los rincones ocupando cargos gubernamentales, otros asaltaban en las esquinas sin el menor temor, conocedores de la descarada impunidad. El fanatismo político se expresaba con violencia, arreciaba el tono insultante, blasfemo, maldiciente, aprendido en las cadena presidenciales; un día éramos escuálidos, otro, fascistas apátridas, la burguesía canalla, infame, la cucaracha que había que pisotear hasta aniquilar. Ya no hacía falta ver la televisión, bastaba con salir a la calle y comprobar el deterioro ya no digamos del patrimonio edificado, reemplazado por la nueva arquitectura del toldo rojo, que abrumaban al transeúnte, y convertían las plazas públicas en mercados persas, poniendo al ciudadano a desgastarse por una bolsa de comida vencida; peor aún, ese deterioro penetró la sociabilidad, nos llenamos de barbarie, del nuevo lenguaje que bajaba del centro de poder, grotesco, insultante, despiadado, escatológico, y sobre todo amenazante, portador del miedo que paraliza y aniquila.

Me refugie en el silencio sanador que me permitiera escuchar mis propias reflexiones. La interrogante estaba allí, acechante; cómo llegamos hasta aquí?; teníamos un país en el que se podía vivir con dignidad, no éramos perfectos, pero habíamos forjado una economía y una sociedad más libre, más proactiva. Qué pasó, en nombre de qué y de quién destruimos lo que habíamos logrado. Pero eran reflexiones sin aliento, sin interlocutores, la gente pensante se había esfumado, algunos al exterior, a su exilio real, otros a sus propias casas, y los demás, una soterrada mayoría, se había acomodado al régimen.

Desde mi ventana hilvanaba imágenes y recuerdos de los cambios que habíamos presenciado. Necesitaba mirar atrás, ir al centro del huracán, llegar al origen de la descomposición; ir tras la senda del desplome, apalancar el alud, elaborar mi arqueología de la fatalidad, desvelar la huella perenne. Urgía encontrar las raíces del mito, el que profana y envilece a la Historia, al concepto ético, al sentido estético, mito apuntalado en tres o cuatro frases: “somos alegres”, “cero rollo”, “le echamos bolas”, “póngame donde haiga”.

Confieso que gasté mis neuronas innecesariamente, no había que ir tan lejos. La respuesta la obtuve una noche que recibí a quien sería mi último tesista de grado, después de ese encuentro. Se trataba de un ex militante del partido de gobierno, descontento y desencantado por la corrupción sin límites, que lo execró por su presunta visión crítica de una organización hegemónica y monolítica como es el partido del líder supremo. Al final de la sesión le solicite su opinión sobre el caos presente. Me lanzó una mirada compasiva, con aires de saber que en efecto domina el tema.

-profe!!! Y en verdad Usted cree que esos tipos que dirigen esto lo hacen por motivos ideológicos y que son socialistas convencidos. Mire, yo creí tanto en el Jefe de este proceso que llegué a pensar que tuvo buenas intenciones, pero él sabía que en política no se pueden dar pasos en falso para lograr su objetivo, quiérase o no, llegar al socialismo. Esto implicaba el control absoluto de todos los movimientos y decisiones y eso se consigue logrando apoyos incondicionales, pero ningún apoyo es gratis sobre todo si de pronto se ven con tanto real en la mano, y apoyos como él logró tenían su precio y muy alto, y eso fue lo que hizo pagar y pagar, a los de aquí y a los de afuera; no estoy justificando, para nada, lo que intento es tratar de ver las cosas desde la realidad por lógica y absurda que nos parezca. A mí también me cuesta aceptar que seamos pasivos y nos quedemos paralizados viendo cómo se nos desploma el país, como si no doliera, como si no fuera con uno sino con el otro, eso es lo que somos, el uno fundido en el otro, cada quien desde su atalaya mirando el espectáculo sin querer formar parte de él.

Mientras hablaba apretaba los puños conteniendo la rabia que sus ojos y la expresión de sus labios no podían esconder.

-No mi profe, no se angustie más, no se desgaste, aquí no pasa nada, somos un gran ejército de oblomovs, que abren sus neveras con desgana pero en conformidad, no tenemos huevos ni carne, pero aún se puede exprimir el frasco de la salsa de tomate, y así vamos alargando el tiempo hasta que llegue la próxima entrega de la misión; que ya no podemos mandar a los hijos a la escuela, pero pueden trabajar lavando autos o lanzarse a la buhonería. Algo se hace, en la calle hay mucha plata rodando y a nadie le interesa de dónde sale, consciente de que no es del esfuerzo del trabajo honrado pero, como dice la canción, a quién le importa.

Una vez que se hubo marchado sobrevino una extraña sensación de vacío, como si me hubiese expulsado un avión en pleno vuelo, impotente, no podía evitar que bajara y tuviera que abrir el paracaídas; quería mantenerse en el aire, no tener que pensar, ni odiar, ni entender, mantenerse ingrávida en el exilio que me ofrecía mi ya lejana infancia, único lugar que consideraba mio, un lugar seguro, un mundo personal que me cobijaba y donde la magia y el sentido de irrealidad era lo verdadero. En el tiempo suspendido, transportador, como lo sentía Vilnius, el inquietante personaje de Vila-Mata, al pensar que era el exilio lo que mejor definía al espíritu humano, unidos por el destierro; pero más allá, para mí lo eran la infancia y el pasado, esa cámara secreta del interior, esa puerta falsa como la imaginaba este complejo personaje, detrás de la cual vivimos la auténtica vida, la irrealidad.

Niria Suárez

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