Teresa Ojeda – Confesiones de una esposa feliz

Confesiones de una esposa feliz

Hoy fui a almorzar con mis dos mejores amigas Jo y Eli al restaurante de moda. La reserva la hizo Jo hace cinco meses y casi no consigue mesa. Es el restaurante más caro de la ciudad, pero cumplir cincuenta es clave en la vida de una mujer y Jo quiere despedirse de su estirada juventud con un buen menú delante de sus llorosos ojos, los cuales empiezan a insinuar unas pequeñísimas patas de gallo debido a la insipiente presbicia. Eli y yo nos burlamos del empeño de Jo en aparentar esa eterna juventud. Las tres tenemos la misma edad, sin embargo, Jo es la única que ha llorado siempre en su cumpleaños. Tal vez se deba a que se separó de Eduardo hace ya diez años, y el muy cretino se fue a vivir con su jovencísima amante a más de cien kilómetros y se llevó a su hijo con él, que por entonces tenía ocho años. Es horrible ver a tu marido abrazando a una joven que podría ser su hija, más después de que un juez dictaminase que Jo era una madre inestable, casi siempre ausente debido a su trabajo. Es comprensible su deseo de mantenerse joven si dos veces al año Eduardo llegaba a su casa a dejarle al niño. Las comparaciones son odiosas. En fin.

En cuanto se refiere a Eli, lo cierto que tampoco lleva muy bien su vida. Es maestra de primaria y adora a los niños, pero nunca se ha casado. Solterona, se dice ella, convencida de que esa es la palabra que le va. Ha vivido toda su vida en la misma casa, y desde hace una eternidad está enamorada de su vecino, que a su vez está enamorado del jefe de cocina del hotel donde trabaja. Cosas que pasan.

Yo me llamo Ana, felizmente casada con Rafa, mi jefe en horas laborales, mi amante cuando se tercia, mi amigo y pareja en casa. Literalmente hablando, fui y soy su secretaria en su bufete de abogados. Allí nos conocimos, allí nos enamoramos, allí engendramos a nuestra hija en un loco ataque de pasión desenfrenada sobre su mesa llena de papeles, y allí continuo años después, usando a veces la mesa de trabajo como nido de amantes cuando la pasión, que todavía nos une, se vuelve perentoria. Después de veinticinco años juntos continuamos igual. Rafa me mira y yo me derrito. Los dos nos acoplamos como si fuéramos jóvenes universitarios. ¿Seremos anormales? Puede, pero a estas alturas ya no tenemos remedio. Mi marido es un encanto de hombre, buen padre, excelente pareja y muy bueno en la cama, como les digo a mis escépticas amigas que no han tenido la misma suerte que yo.

Conozco las vidas de mis dos mejores amigas hasta en los más mínimos detalles, y me apenan sus problemas. Qué segura y protegida vivía… Sin embargo, el almuerzo de cumpleaños de Jo resultó para mí un antes y un después. Todo mi mundo se tambaleó. Un enorme terremoto sacudió los cimientos en los que había levantado mi vida.

Confieso que la culpa es solo mía. Me había olvidado de una parte muy importante de mi ser: aunque me hubiera negado, una parte de mí es tremendamente romántica. Traerlo a la memoria y aceptarlo me va a complicar la vida. No por Rafa. Él y yo nunca hemos necesitado nada de eso que llaman romanticismo. Lo nuestro ha sido algo así como a lo hecho, pecho. Nada más vernos supimos que éramos el uno para el otro y que juntos seriamos más felices que estando separados. Pero jamás nos hicimos un regalo, nunca hubo una cita con velas y música, impensable una escapada de fin de semana a un hotel de las afueras. A pesar de eso juro que cuando entré en el restaurante con las amigas, todavía pensaba que era la mujer más feliz de la tres que nos sentamos a llorar por los cincuenta años dejados atrás.

Qué mentirosa había sido con todos y sobre todo conmigo. En aquel restaurante, sin poder escapar, en un santiamén el mundo que había fabricado a mi conveniencia se rompió y los trozos diseminados a mi alrededor hicieron que comprendiera la verdad. Yo era dos mujeres al mismo tiempo, y había silenciado a una de ellas durante años, y lo que era todavía peor; mientras caminaba junto a mis amigas para ocupar la mesa, supe el peligro que corría de que la mujer hasta entonces dormida despertara reclamando su turno. Todo, porque en una mesa cercana a la que Jo había reservado, él, mi amor platónico, estaba con unos amigos. Lo vi nada más cruzar la puerta. Y él me vio a mí en el mismo instante. Sus ojos azules se clavaron en los atónitos míos. Inmediatamente supe que Ana, la mujer de Rafa, había pasado a segundo plano. Mis cincuenta años desaparecieron y me vi con quince, con dieciséis, con treinta. Recordé que esos ojos azules que me miraban ahora con sorpresa eran los mismos que me habían adorado en silencio durante muchos años, y que yo, consciente de lo que ocurría, me había dejado adorar. Cuánto tiempo llevaba sin verlos… Dios, cómo los había echado de menos. Los había extrañado sin querer darme cuenta. Lo juro. Pero enseguida supe que más de una vez maquillé a mi marido para igualarlo al propietario de aquellos ojos. Más de una vez usé el cuerpo de Rafa para soñar que hacía el amor con otro del que solo tenía miradas azules. Que cabrona, ¿no? Fantaseaba con que hacía el amor con otro hombre del que no conocía ni siquiera su nombre. Solo sabía que vivía por mi barrio y que nos mirábamos con un amor tan platónico, tan sincero y romántico como pudieran hacerlo los enamorados de la más romántica historia de amor de todos los tiempos.

Fue un almuerzo fuera de todo lo esperado. No sabría decir qué comimos, qué comentamos. Temblaba como una flor que sabe se va a desprender del árbol y teme donde pueda caer. Él notó mi sorpresa, mi desconcierto, mi rubor quinceañero. Sonrió. Con parsimonia se disculpó con los amigos, se acercó a mí y, tendiéndome su mano, dijo: hola, Ana. Soy Carlos. ¿Me recuerdas? Me gustaría que habláramos. Creo que merecemos un encuentro real. ¿Me das tu teléfono?

Y, qué otra cosa podía hacer. Le di mi teléfono. Ojalá que solo hablemos. Pero temo que tenemos una historia pendiente. Solo lo sabré si hablamos. La vida dirá.

Teresa Ojeda

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