Rubén Mettini – Orlando furioso

Orlando furioso

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–Nena, ¿qué haces?

–Rezo –dijo Nora con las manos juntas, la boca tocando la punta de los dedos.

–No creo en Dios, pero por si acaso reza también por mí.

Orlando apretaba con el pie el pedal del gas. Desde abajo venía ruido de hierros desgastados. El tubo de escape golpeaba contra la carrocería del coche.

Inesperadamente, Nora metió con energía la mano en la bragueta de Orlando. Trocó la plegaria al santo de su devoción por un irrefrenable deseo. En medio de esa huida precipitada, la acción de Nora puso furioso a Orlando.

–¿En este momento se te ocurre sobármela?

–¿No puedo hacerte una paja? –Preguntó Nora con inocencia.

–Pon la radio. Busca las noticias. A ver si dicen algo de los atracadores del banco.

–¿Imaginas que la policía, los periodistas, todos, ya lo saben?

Nora tocaba con dos dedos el glande de Orlando como si lo interrogara. Él estaba blando, se mostraba inseguro, nervioso.

–Nora, déjame en paz. Quita la mano, ¡vamos! –Ordenó Orlando sin hacer ningún gesto para desalojar los dedos de Nora de su sexo.

–¡Qué emoción! Nunca me había sentido tan importante, tan buscada como ahora. ¿Me viste, dentro del banco, con la media en la cara? Estaba guapa, ¿verdad que sí?

Imprimía solemnidad a su movimiento. Como si siguiera el ritmo de la música de un desfile. Él se mantenía inquieto, aunque el movimiento no lo dejaba indiferente. Se irguió un poco como para afirmar que estaba guapa, eso creyó ella.

–¿Piensas que he tenido tiempo de mirarte la media en la cara? –respondió desinteresado él–. Estaba por el dinero, metiendo los fajos en el maletín.

–Me gustó cuando salimos corriendo. Aparté de un golpe al segurata de la puerta, me quité la media, corrí hacia el coche, arrancaste, salimos volando. ¡Como una película! ¡Qué bueno!

Con el entusiasmo de la aventura reciente, Nora apretaba y aflojaba. Recorría la cabeza con toda la palma. Él le decía ¡qué bien! ¡Qué bien lo hiciste! ¡Qué bien lo haces!

Orlando iba dejando atrás coches y coches. Su objetivo era el aeropuerto y no quería perder tiempo.

–Vamos, reza un poco más, Nora. Reza para que podamos subir al avión sin pegas.

–No. Ahora estoy entusiasmada con él. Mira cómo se ha puesto.

Los tenía secos del aire que entraba por la ventanilla. Nora abrió los labios. Se pasó la lengua. Con la mano no le bastaba. Tenía ganas de probarlo. Acercó la boca. El volante vibraba junto a su oreja. Sentía como una fábrica textil resonando en su cabeza.

–Pero, Nora, ¡manda huevos! Justo ahora… –Orlando quitó las manos del volante como para frenar o dar impulso con el brazo a la cabeza de la chica.

–Él no me rechaza. ¿Ves que le gusta? –dijo Nora con voz entrecortada.

Orlando abrió los muslos y con el pie imprimió más energía al acelerador. A ambos les pareció oír la sirena del coche policial detrás, no demasiado lejos. Nora distinguió la sirena con la boca llena de él.

Sus orejas prestaron atención. A Orlando los nervios le royeron como ratas hambrientas. Movió los pies apretando el acelerador hasta el fondo y, luego, tal vez pisó el freno. Viraron violentamente. Se estrellaron contra una valla metálica fuera de la carretera. El santo de la devoción de Nora no los había ayudado.

Cuando llegaron los policías, se admiraron de que la mujer que había robado el banco hacía media hora, con el coche yendo a tanta velocidad por la carretera, había muerto con el sexo de su compinche clavado en el fondo de la garganta.

 

Rubén Mettini

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