Juan Francisco Santana – Encuentros

Encuentros

Ese abrigo, ese envoltorio, que me cubre, que me envuelve, protegiendo al alzado insulano, evitando que de mí se desprenda lo más íntimo, lo que de convencido ácrata sigue moviéndose en mis oquedades más profundas, en barrancos que apenas nadie ha visitado, ¡vírgenes!, sin pisadas y con cárdenas aguas que me llevan al origen de la fuente que sigue manando ensoñaciones.

No sé dónde reside mi indomable  anarquía pero lo cierto es que en mis adentros la siento, palpitante, igual que ese amor, ¡siempre tan vivo!, que, con ternura, me conduce al Paraíso en el que los dragos se enamoran, en el que los cardones se desnudan sobre bronceadas arenas, en donde los tarajales retozan con bellas palmeras, en donde la locura besa en la boca a la cordura, donde  el abandono declara su pasión a la esperanza, en donde el padre de los dioses, y todos sus hijos, pasean de manos del Libre Albedrío.

Me gusta andar por los caminos y senderos sempiternos en los que el Tiempo decidió, cuando amaba a un volcán en rebeldía, ¡jurándolo ante Cronos!, nunca entrar en el prado en el que el Amor llevó a la cama a la Desidia. A mí me da la mano la Esperanza, aunque le digo que soy fiel a quien yo amo. Ese parachoques que cambia cada día, por los roces que le dan los despistados, sin apenas percibirnos, adaptando nuestra mirada a autorretratos que pierden, en ocasiones, la memoria, que se vuelven agrestes, poco idílicos, pero ¡tan rebosantes de ternura!, pagando hoy consecuencias de un momento, otrora, reluciente e irrigado, paradisíaco me dijo, al oído, una brisa.

Nos vemos caminar, engurruñados, buscando los encuentros, hacia el sur, abandonando el norte, poco a poco, por un sendero plagado de baches y grietas, de manchas, como si de un oleaginoso lunar se tratara, vertidas a un campo de amapolas. Ves como las nubes, totalmente ennegrecidas, se cargan de los secuestrados llantos, de aquellos que nunca aparecieron, ante millones de miradas que, al percatarse, se entristecen, cayendo entonces en un pozo sin fondo en el que los gritos se van apagando hasta que todo en derredor en grises cenizas se convierte. Al instante sientes esa  mano, algo gélida, que tira de ti, intentando que avances entre infranqueables lodazales y a pasitos consigues, de nuevo, ver la playa en la que los árboles te hablan y en la que los frutos te saben a momentos en los que corrías detrás de pavos y ánsares. Es entonces cuando, de nuevo, se instala en tu cara la sonrisa a pesar de que a tu lado a nadie veas, ¡sólo imaginas!, gozando de un mar en el que sólo las sombras se encuentran, de nuevo, con los sueños.

Facebook: Juan Francisco Santana 

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