Josefa Molina – Spa

Spa

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Se introdujo en el agua con sumo cuidado. Enseguida su cuerpo se vio sumido en un cúmulo de agradables sensaciones. El agua estaba caldeada, no sabía la temperatura exacta, ¿veintitrés grados?, lo cierto era que resultaba de lo más agradable dejarse mecer por un agua tan caliente.  Compartía la piscina con otras cuatro personas. Un par de  chicos jóvenes, deportistas a juzgar por los ejercicios que estaban realizando, estiramientos bajo el agua, en los que se ayudaba uno a otro;  y una madre de unos treinta años acompañada por su hija, una niña de pelo largo rubio, que debía rondar los siete.

Es decir, una piscina enorme, sin apenas personas con las que tropezar. Se sentía afortunada. Aquel era el mejor regalo de cumpleaños que le habían hecho nunca. Un circuito de spa, una sesión de sauna y, lo mejor, una sesión de masaje. Le apetecía mucho el masaje. Nunca le habían hecho uno, además, le habían dicho, era un tipo de masaje especial, en el que el tratamiento era a base de piedras calientes que se distribuían sobre la espalda y cintura a la vez que se le masajeaban la piel con diferentes aceites y lociones perfumadas. Estaba impaciente porque llegara la hora concertada para recibirlo, pero tendría que esperar. Aún quedaba algo más de cuarenta y cinco minutos, así que tenía tiempo más que suficiente para relajarse y disfrutar de aquella sesión de jacuzzi, aguas calientes y chorros de hidromasaje a presión.

No lo dudó y, se dispuso a probar el chorro de agua más alto. Apretó el botón, tal y como había visto hacer a los dos chicos. Seguro que se están preparando para la transinsular, pensó, después de observar cómo utilizaban los diferentes sistemas de  agua disponibles. Calculó el tiempo. Diez minutos bajo el chorro alto, quince en la cama jacuzzi, otros diez en el chorro a presión a la altura de la cintura, y flotación, otros diez. Para terminar en el pequeño jacuzzi, una pequeña piscina de forma redonda, donde los deportistas invirtieron unos veinte minutos. Para ella era su prImera vez, así que tomó nota mental y se dispuso a hacer el mismo recorrido que ellos invirtiendo el mismo tiempo

Esto sí es que es terapéutico, se dijo a sí misma, cuando sintió cómo el chorro de agua a presión comenzaba a impactar directamente sobre las cervicales de su cuello. ¡Ay, qué gusto!, estuvo a punto de decir en voz alta mientras soltaba un gritito de placer al sentir como el agua masajeaba su cuello y su piel. Por un instante, le pareció estar aislada, sola en aquella piscina de agua tibia en la que la piel se dejaba llevar y casi se fundía con las moléculas del H2O, del cloro y del bromo. Moviéndose de un lado a otro, lograba que su cuello se relajara mientras sentía cada vez una mayor presión. En un momento dado, fue su cabeza la se que metió bajo el chorro. Nunca había sentido algo tan sumamente agradable. Hubiera estado ahí toda la mañana. De pronto, todo paró. ¡Qué corto!, lamentó volviendo a pulsar el botón y meter su cuello nuevamente bajo la presión de la cascada. Entonces, miró el reloj que colgaba en una de las paredes del recinto. Vale, dos minutos, dos minutos y voy a otra cosa. Cuando finalizó, tuvo que vencer la pereza que le daba trasladarse hacia la zona en la que dos chorros de hidromasajes estaban preparadas para impactar suavemente contra la zona lumbar. Vamos, tienes que hacerlo, si no haces todos los ejercicios, no estarás haciendo bien el circuito se convenció. Ya antes de entrar, en la recepción, le aconsejaron realizar todo el circuito para lograr el efecto relajante deseado. Son unos cuarenta minutos de tiempo, le advirtieron, eso es lo que debe estar dentro del agua, no más. Ella era muy responsable y siempre hacía caso a los que sabían más que ella, sobre todo en temas de salud. Así que se mantuvo sujeta a la barra de metal recibiendo el masaje en los lumbares sin rechistar, claro,que aquello no era lo mismo. La presión era bastante menor y el efecto de relajación bastante más tenue, aún así siguió allí, recibiendo la presión apenas perceptible del agua sobre sus riñones. Pasado los diez minutos se tumbó en la cama de hidromasaje. Aquello ya era otra cosa. La sensación de sentir que su cuerpo se levantaba impulsado por los diferentes chorros que salían de todas las partes de la plataforma de plástico duro, resultó ser de lo más divertido. De pronto, se vio atrapado por la placentera sensación que le provocaba el roce de cientos de burbujas que le hacían caricias, tímidas cosquillas sobre la piel. Pareciera como si unas manos acuáticas le masajeara el cuerpo. Cerró los ojos y se dejó llevar por la agradable sensación. Cuando los abrió, se dio cuenta de que la madre y la niña se habían marchado y que, en su lugar, había llegado otras tres personas que, por la forma de tratarse y sus edades, dedujo que eran un matrimonio con su hija adolescente. Entonces, decidió probar el jacuzzi externo. Definitivamente, aquello de las burbujas le gustaba.

Salió de la piscina, y al instante se arrepintió. La temperatura de su cuerpo estaba tan cálidamente aclimatada a los grados del líquido que el contraste con el exterior, resultó frío y desmotivante. Se introdujo presurosa en el jacuzzi. Ahhh,eso era otra cosa. No recordaba el tiempo que debía de estar allí. ¿Veinte minutos? Le daba igual. Apretó el botón y se dispuso a disfrutar de las burbujas que comenzaron a surgir por toda la circular estructura de la bañera a medida que se inyectaba aire en el agua. Cerró los ojos.

¿Por qué no he probado yo esto antes? Todo la vida trabajando, toda la vida sirviendo a los demás, cuidando de los niños, cuidando de los mayores en la residencia, cuidando de mis padres en casa, siempre cuidando a alguien, a todos, menos a mí, ¡esto no va a volver a pasar!, se prometió mientras resbalaba una lágrima de agradecimiento hacia sus compañeras de trabajo la residencia de ancianos por aquel regalo, el mejor que le habían hecho nunca. Una sesión de spa para ella sola, sin hijos, sin padres, sin marido que interrumpieran su disfrute. Ahora le tocaba ella, se podía centrar únicamente en ella, solo en ella. Aquel regalo era una afirmación de si misma. Era su momento, solo su momento. Un espacio de tiempo para ella sola.

De pronto, notó una sensación extraña. El ruido de las burbujas no le dejaban escuchar apenas pero, al abrir los ojos y buscar el botón para volver a pulsarlo, se dio cuenta de que las charlas en la piscina grande habían desaparecido. Miró el reloj, y se asombró. ¿Había ya pasado cuarenta minutos?. Imposible, ¡si apenas acabo de comenzar! Es curioso, cómo el tiempo juega a escaparse cuando más a gusto estás. Se miró los dedos. La acción de estar inmersa en el agua estaba haciendo efecto sobre las yemas de sus dedos. Pero no se iba a marchar sin probar otra vez el chorro a presión. Así abandonó el jacuzzi para adentrarse nuevamente en la piscina grande. La sensación fue indescriptible. Todos los poros de su piel se erizaron.  Nunca había sentido algo tan sumamente placentero. Ahora sí que se le escapó un grito de placer. Al instante, enmudeció ruborizada. Menos mal que estaba sola, porque el gemido era muy parecido a los que emitía cuando llegaba al orgasmo, o eso creía recordar, porque últimamente eran tan esporádicos que había olvidado cual era su sonido. Eso también hay  que solucionarlo. La próxima vez vengo con Daniel y reservamos una habitación en el hotel. Un final feliz para un día feliz, sonrío. Entonces, se acordó de la hora del masaje. Miró a su alrededor, allí no había nadie. En recepción, le habían dicho que pasaría la masajista a buscarla. Ay, eso sí que me va a gustar, suspiró.

No supo muy bien por qué pero recordó que de pequeña le gustaba flotar, jugar a hacer el muerto, en la playa. Así que viró el cuerpo y se dispuso a flotar. Los oídos sumergidos en el agua captaron los suaves sonidos de su cuerpo moviéndose en el agua. Movió las manos y se impulsó dejando que su cuerpo ingrávido recorriera la superficie líquida.¡Aquello sí que era relajante! Antes de cerrar los ojos para dejarse llevar por la sensación, se vio reflejada en el techo de cristal. Allí estaba de cuerpo entero, con su bikini rosa fucsia, y su pelo recogido en un ridículo gorro de plástico transparente. Sintió cómo el agua comenzaba a mecerla, transportando su cuerpo suavemente, dulcemente. Incluso llegó a sentir como una manos inexistentes tiraban de ella. Y así debía de ser porque cuando abrió los ojos estaba situada justo al otro lado de la piscina, bajo una bóveda de cerámica. Sin dejar de flotar, contempló el techado de la semicúpula. Diversas piezas de colores conformaban en ella unos dibujos surrealistas que no tenían sentido alguno. Sin embargo, le parecieron muy hermosos, realmente hermosos. De pronto, contempló cómo las pequeñas piezas de cerámica se movían dibujando diferentes pinturas que se alternaban entre sí,  a cada cual más bella, a cada cual más extraña. Sin forma definida alguna, sus formas simulaban las fotografías del sistema solar que había descubierto al ayudar a su hijo en uno de sus trabajos escolares sobre el sistema solar. Fantásticas Imágenes  de eclosiones de estrellas que daban lugar a estructuras gaseosas de forma multicolor.

No tenía sentido, aunque la verdad, tampoco lo buscaba. La visión era tan hermosa que recrearse en su contemplación era más que suficiente.

En ese momento, sintió como si se elevara poco a poco para fundirse con las formas del techo. Era como si unas manos invisibles tiraban de ella suavemente para introducirla dentro del techo lleno de estrellas. Se vio a sí misma flotando en el silencio del cosmos, inmersa en la ausencia absoluta de sonido, a pesar de que por aquí y por allá, sus ojos contemplaban perdidos meteoritos que chocaban con lentos planetas. En aquella inmensidad, no era nada más que un ser minúsculo e insignificante. Su cuerpo se transformaba de forma lenta en un haz de luz de intermitentes colores, azul chillón, suave rojo, furioso naranja, brillante amarillo, que flotaba ingrávido por el mundo estelar, sin rumbo, sin destino, sin fin. Era una sanción tan sumamente placentera, tan real, que la piscina y sus cálidas aguas desaparecieron sin más. No le importó. En aquel lugar, en aquel espacio exterior, dentro de aquel silencio, siendo parte de tanta belleza, se dejó llevar y se olvidó de todo. Incluso de respirar. De pronto, volvió a sentir, pero esta vez eran dos manos que tiraban de ella y le arrancaban del limbo universal.

Abrió los ojos al sentir en su espalda el terrible frío del suelo de las baldosas. Observaba cómo la masajista movía los labios. Volvió a cerrar los ojos. Despertó horas más tarde en el hospital. El médico le dijo que había tenido mucha suerte de que llegara la masajista justo a tiempo, un poco más tarde y hubiera muerto ahogada.

No entendió nada, y no quería entender, solo quería volver a la piscina y sumergirse de nuevo en sus cálidas aguas. Además, había quedado pendiente el masaje con piedras calientes, y eso, desde luego, no se lo iba a perder. Así que tenía que volver. Y pronto, muy pronto, porque, sin duda, aquel había sido el mejor regalo de cumpleaños que le habían hecho nunca.

Facebook: Josefa Molina

Blog josefamolinaautora.com

@JosefaMolinaR

 

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