Sasa Sosa – Mariano el apolítico

Mariano el apolítico

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La reunión estaba convocada para las nueve de la mañana y aunque no le apetecía, tenía que ir para repetirles por última vez que no le interesaba entrar en la cooperativa, que no contaran con él, que prefería no tener que depender de nadie, aunque eso significara también no contar con nadie, que ya se bastaba él solito para trabajar sus tierras y vender su género, como lo había hecho toda la vida.

Mariano Mendoza, conocido por todos como Mariano el apolítico, siempre había manifestado una oposición animal a todo lo que tuviera que ver con la ‘gestión de lo pú-bli-co’, como a él le gustaba decirlo, separando las sílabas con retintín; nunca se había interesado por cómo se gestionaban las ayudas al campo que no llegó a recibir, ni por los impuestos que, gobernara quien gobernara, no dejaban de nunca de crecer. A sus 67 años se sentía fuerte como un toro, por más que su piel se le estuviera resbalando de ese cuerpo flaco y desgastado, retorcido por vivir permanentemente agachado, pero solo ante las verduras.

-Te digo, Mariano, que quedarte fuera no te conviene -dijo el secretario desde el otro extremo de la mesa en la que se habían reunido todos los miembros de la cooperativa.

La dueña de las tierras de más abajo, mujer montuna y dura como un callao, fue la siguiente en hablar: -Imagínate que este año vienen lluvias torrenciales y pierdes toda la cosecha; todo tu trabajo se iría al carajo. Pero si entras en la cooperativa tenemos un seguro que puede cubrir una buena parte de las pérdidas. No seas burro, Mariano, que estás solo y viejo, y te hace falta tener alguna seguridad en la vida, ya que no te ha dado compañera.

Todos miraban a Mariano mientras asentían con la cabeza, todos menos el presidente, que se mantenía con la cabeza agachada y las dos manos sobre la mesa. A todos les interesaba que entrara en la cooperativa, porque su género era bueno y lo vendía a un precio al que ellos no podían hacerle competencia, o no querían. Hablaban todos al mismo tiempo, intercambiando miradas de reproche o de cansancio, aburridos ya del carácter terco de aquel hombre que se negaba a ver lo evidente. Habían intentado convencerle en varias ocasiones, explicándole los beneficios de un frente común, la rentabilidad que suponía asumir ciertos deberes, pero él siempre se negaba. Entonces, el presidente de la cooperativa levantó la cabeza y empezó a hablar:

-Tranquilos, señores, tranquilos. Es evidente que aquí, el amigo Mariano, no ha comprendido en toda su magnitud, la importancia que tiene entrar en esta, nuestra  cooperativa. El presidente tenía por costumbre usar un lenguaje del que los demás se burlaban a sus espaldas, un lenguaje a la altura del cargo, como un alcalde, pensaba él cada vez que se preparaba mentalmente para una reunión. -Resulta, Mariano, -dijo levantando las manos en plan ciciliano, que aquí el compañero de las tierras de abajo es primo del concejal de Presidencia, un hombre de moral intachable dispuesto a cualquier cosa por ayudar a su familia y amigos, seguro que me entiendes. No seas majadero, Mariano,…y déjate llevar.

-¡Que no, coño, que digo que no entro y no entro! -protestó Mariano casi antes de que el presidente terminara la frase. -Ya me tienen cansado con tanta cooperativa. Yo no me junto con nadie y con políticos menos, prefiero la mierda de mis cerdos, que huele peor pero no engaña a nadie, todos sabemos que es mierda. Se levantó de la mesa, hizo un barrido visual rápido por todos los presentes, y después de un -adiós, señores-, dio media vuelta y se fue.

Regresó Mariano a su vida entre verduras, tomateros y frutales. Volvió a cuidar de los animales acompañado siempre por su perro Trampa, inseparable receptor de sus soledades. Una mañana, mientras contemplaba las verduras, grandes y brillantes, se dio cuenta de que aquella sería una muy buena cosecha y sacaría dinero suficiente para  aguantar una buena temporada sin pasar apuros. Mientras paseaba por los surcos de las coliflores y las berenjenas, se agachaba de vez en cuando para tocarlas y olerlas, cerrando los ojos y sintiendo un apego animal a la tierra. -De aquí me voy con los pies por delante -le decía al Trampa cuando se levantaba y se dejaba cegar por el color reventón de las naranjas.

Le costó mucho trabajo recoger toda la verdura destinada a la venta, más de 185 kilos entre calabacinos, pimientos, cebollas, coliflores y unas zanahorias dulces como caramelos. Uno de esos días, después de cargar las cajas en el furgón, Mariano se quedó mirando el género, brillante y luminoso como un cuadro de Sorolla, y le pareció que el precio al que había vendido hasta ahora no era suficiente, más aún teniendo en cuenta que sus verduras eran ecológicas y eso significaba más caras. -Menos mal que no estoy en la cooperativa  -le dijo al Trampa- así no tengo que pagar ninguna cuota y puedo poner el precio que me de la gana, que para eso me trabajo yo la tierra. Al perro pareció darle igual la idea, solo movió el rabo, tal vez pensando en el hueso que el carnicero le regalaría, como cada día que su amo lo llevaba al Mercado Central.

A primera hora de la mañana, no eran aún las siete, el mercado ya rebosaba vida. Los  agricultores de la zona iban llegando cargados con su género, cajas y más cajas de fruta y verdura se iban juntando en aquella especie de gran almacén que empezaba a iluminarse por el amanecer que se filtraba a través de las grandes cristaleras del techo. El olor a café y ron de la cantina se mezclaba con el de la fruta creando una amalgama única que a Mariano le gustaba aspirar a la puerta del mercado antes de entrar, porque le recordaba a cuando era chico y acompañaba a su padre a vender la cosecha. Al mercado también iba el Trampa, un perro pequeño, peludo y gordo que caminaba junto a Mariano con altivez, tal vez sabedor de que era el único animal al que dejaban acceder a ese universo lleno de colores y de olores, por más que pocos eran de su agrado. Muchas veces habían intentado convencer a Mariano de que los perros no podían entrar en el mercado, pero él siempre salía con el argumento de que peores animales se encontraba él diariamente allí y nadie les decía nada, que el Trampa era su compañero y guía, y que a nadie molestaba. Por no oírle, al final, todos cedieron y sin que lo descubriera nunca el veterinario del Ayuntamiento, el perro se convirtió en la mascota del mercado, sobre todo del carnicero, que siempre le regalaban algún tentempié para pasar la mañana.

Cuando estaba haciendo la primera venta, Mariano le dijo a su clienta:

-Mira, Mercedes, he estado mirando precios por ahí y creo que, siendo mi género ecológico, lo estoy vendiendo demasiado barato. Además, tengo que gestionar mejor el esfuerzo de tener sobre mis espaldas todo el proceso de producción, desde la siembra hasta la zafra. Dicho esto, Mariano miró al Trampa, que también lo miró como con asombro, extrañado por las palabras que había usado su amo y que nunca le había oído decir. Mariano sintió la misma extrañeza, nunca había hablado de ese modo y ni siquiera sabía de dónde había sacado unas palabras tan raras. De todos modos, no importaba, habían hecho su efecto y Mercedes había consentido en comprar el género con el nuevo precio. ¡Todos contentos!

 Visto el éxito, Mariano siguió el mismo procedimiento con todos los clientes a los que solía venderles. Y con más suerte con unos que con otros, en un par de horas lo había vendido todo y tenía la cartera llena, gorda como la barriga del Trampa, que ya se zampaba un hueso que le había regalado el carnicero.

Mariano era hombre de campo en un sentido profundo, arraigado. No le gustaba hablar más que con su perro y las verduras le parecían más interesantes que las personas. Vivía sin pretensiones ni sueños, completamente libre. Pero no tenía mal carácter, era solamente que le cansaba y le aburría el diálogo vacío de la gente, siempre diciendo las mismas cosas y quejándose de los mismos dolores. Aún así, le gustaba su visita diaria al mercado, le gustaba hablar de su verdura y de su fruta, ahí si podía explayarse durante un buen rato, describiendo las bondades de un género que era ‘naturaleza pura’, como a él le gustaba llamarlo. Pero desde que utilizó las palabras “gestionar” y “proceso de producción” se había producido una transformación en él. No se molestó en buscar el significado de unas palabras tan raras, porque, de una forma natural las entendía, como si siempre las hubiera sabido y sólo ahora se hubieran atrevido a salir. Una semana después, cuando ya había pasado por el mercado varias veces, se preguntaba cómo había vivido tanta vida sin echar mano de esos términos, que ahora se habían vuelto tan necesarios. Gracias a ellos, Mariano había conseguido con esta cosecha muchos más beneficios que en todas las cosechas de su vida.

Motivado por el éxito, decidió que había que cambiar la manera en la que estaba organizada la tierra para poder aprovechar hasta el más mínimo espacio fértil. Calculaba que con la nueva disposición podría aumentar en casi un 20% la cantidad de verdura y, por tanto, en un 55% sus beneficios. Lo único malo es que eso suponía también un aumento en la cantidad de trabajo imposible de asumir solo con sus manos. Tenía que comprar maquinaria.

No se demoró ni un día en empezar con las gestiones, de modo que una semana después, una cosechadora, un arado de discos y una abonadora relucientes, estaban esperándole en las tierras. Le habían costado una fortuna, pero estaba seguro de que merecería la pena. Sin embargo, a mitad de la siembra, Mariano se dio cuenta de que él solo no iba a poder ocuparse de todo el trabajo, por muchas máquinas que tuviera, así que dejó caer en el mercado que estaba buscando a alguien para que le ayudara. En menos de un día ya tenía nuevo empleado en las tierras y cuatro más esperando por si acaso, que nunca se sabe cuando puede haber una baja. Antes, había tenido la precaución de contratar a un abogado para que redactara un contrato que, sin salirse de la ley, procurase el máximo beneficio con las mínimas prestaciones del contratante. Así se recordó Mariano aquel día que se convirtió en jefe de alguien, y era una sensación extraña, un desasosiego que no se le quitaba con nada.

Con la ayuda de la maquinaria y el nuevo empleado, en la siguiente zafra tres camiones de Mariano descargaban la fruta a primera hora en el Mercado Central. Y solo dos meses más tarde tenía a su cargo a cuatro personas a tiempo completo y otros dos eventuales.

A medida que Mariano iba contratando más personal dedicaba menos tiempo a estar en la tierra, hasta que llegó un momento en que solo iba por las mañanas a controlar que todo funcionaba y que los encargados se encargaban de todo. Las tardes las pasaba en una terraza compartiendo unas cañas con los amigos que había ido haciendo desde que no estaba enterrado todo el día en la tierra. La sahariana gris y los pantalones de hilo que siempre llevaba, desaparecieron de su ropero y en su lugar se instalaron varios trajes de chaqueta con corbatas a juego. Para más asombro, la curva de su columna desapareció como si le hubieran metido un palo por el trasero. Mariano ya no era el mismo. Ya no era el hombre silencioso, el huraño, el que solo quería hablar de su fruta y su verdura; ahora podía pasarse mucho rato hablando de cualquier cosa, y hasta podía estar toda una tarde hablando sin hablar de nada, dominando a la perfección el arte del discurso vacío y de la demagogia. Gracias a eso, en poco tiempo era conocido por todo el mundo, como si fuera un recién llegado y no un paisano que llevaba viviendo junto a ellos toda la vida. Ni Mariano se acordaba ya de ese otro tipo.

En la terraza del bar, a la mesa de Mariano todo el mundo quería sentarse.

-Estoy seguro de que más de una vez has pensado en vender las tierras -dijo sin venir a cuento el farmacéutico, levantando mucho una ceja y sonriendo a Mariano.

-Bueno, si te digo la verdad, estoy cansado -contestó interrumpiendo el ademán de beber y dejando la copa sobre la mesa- Ya estoy viejo, y el cuerpo y la cabeza van ya cada uno por su lado. Tengo que dejar esto, pero no sé que voy a hacer después…

El alcalde miró a todos los que estaban a la mesa, esperó unos segundos de tensión y dijo: -¡Tengo la solución, Mariano! Y hace tiempo que la tengo pero no había tenido la oportunidad ni el valor de proponértelo. Ya sabes que dentro de poco habrá elecciones y me gustaría que entraras a formar parte de mi partido, de mi proyecto, que no pretende otra cosa que gestionar lo mejor posible la vida de mi pueblo, que ha depositado en mí su confianza. Satisfecho de una frase tan efectista, el alcalde, iluminado por la emoción, se quedó mirando efusivamente a los demás esperando la aprobación y los halagos habituales que tanto le ayudaban a vivir. Aspiró los elogios y dirigió una mirada entusiasta a Mariano.

-¡Vale, vale! dijo Mariano pidiendo calma. -Que todo el mundo se tranquilice. Lo único que  puedo asegurar es que lo pensaré. Y levantó la copa poniendo punto y final a la conversación.

Como todo el mundo esperaba, Mariano aceptó el ofrecimiento y ganaron las elecciones. Las tierras funcionaban a pleno rendimiento y la Concejalía de Urbanismo estaba bien engrasada y caminaba sola, o al menos eso le decía el alcalde para que no husmeara demasiado donde no debía. Allí encajó como si llevara toda la vida ‘gestionando lo público’, ahora sin retintín. Se movía en las reuniones importantes como pez en el agua, consiguiendo el apoyo de muchos proyectos gracias a su labia y su actitud camaleónica, que pasada de adorar el tenis a afirmar que solo se podía disfrutar de la vida ante un buen Vega Sicilia. Así se convirtió poco a poco en un ‘hombre respetable’, alguien tan admirado como odiado, como le ocurre a todos los que consiguen destacar por un motivo o por otro, sea honorable o vil.

Un día, su contable le informó de que los números no cuadraban y sospechaba que los trabajadores, hartos ya de reclamar un aumento de salario, le robaban poco a poco el género; fue entonces cuando decidió que era el momento de desprenderse de la granja y dedicarse a tiempo completo a la política. Se declaró en quiebra y, sin pagar finiquito alguno, disolvió la empresa, a la espera de que los tribunales pusieran en marcha su lenta maquinaria, que podía demorarse durante años y que para nada garantizaba que tuviera que pagar dinero alguno. Mientras tanto, tocaba vivir, -y que cada cual aguante su vela -solía decir en las reuniones privadas que celebraba en el restaurante más lujoso de la ciudad. Con todo su dinero a salvo haciendo turismo, era ya incapaz de recordar a aquel infeliz que vivía con cuatro perras, aquel descreído que prefería comer tierra antes que tratar con políticos. La moral era una idea persuasiva muy útil a la hora de hablar con el pueblo y poco más, puro concepto.

Varios meses después, Mariano se acercó a las tierras para valorar un futuro proyecto. Todo estaba seco, muerto; ni mala hierba había. Entonces se acordó de que desde hacía tiempo los trabajadores eran los que se ocupaban del Trampa, que ya estaba viejo y apenas corría. El corazón le dio un vuelco cuando pensó en el tiempo que llevaba la granja cerrada, sin nadie, y empezó a buscar mientras sentía una losa de responsabilidad que le caía encima. Entonces vio una masa de pelo en una esquina, con una cadena al cuello y un cuenco para el agua lleno de hormigas. Se quedó mirándolo y se agachó a acariciarlo. Estaba duro y seco, acompañado solo por las moscas. Algo se le murió dentro. Muy hondo, una oscuridad nueva se depositó para siempre en él. Se acordó entonces de los años de compañía que aquel perro le había regalado, de los lametones en la cara cuando amanecía, de las visitas diarias al mercado. -Perdóname, amigo -dijo mientras se levantaba y se dejaba secar las lágrimas con la brisa de una noche que ya venía avisando la negrura.

Pero Mariano no era ya aquel agricultor que tenía un perro, no era el hombre solitario que hablaba con las verduras, no era ese. Ya no quería saber nada de aquellas tierras que le traían un recuerdo tan amargo, que siempre le recordarían que había sido otro con el que no se atrevía a compararse, así que aprovechando sus contactos consiguió recalificar el terreno y construir un centro comercial que el pueblo ni necesitaba ni deseaba, más bien todo lo contrario. A él poco le importaba el pueblo, ignorantes que le molestaban continuamente con tonterías y que harían cualquier cosa por un mísero puesto de trabajo; lo que él quería era seguir con un ritmo de vida que, por muy rápido que fuera, no le llevaba a ninguna parte. Bebía más de la cuenta, eso sí, whisky escocés del bueno; a sus 69 años no se acostaba nunca antes de las tres de la mañana y era amigo íntimo de toda la gente de bien de la ciudad, aquellos que antes ni lo veían cuando vendía la fruta en el mercado o  se apartaban cuando iba al banco a pagar sus impuestos.

Un buen día, a Mariano le dio un infarto. Estuvo en la mesa de operaciones luchando por su vida durante más de cuatro horas. El cirujano, amigo íntimo desde hacía tiempo, nunca quiso contar detalles de aquella operación de la que el desgraciado salió con vida de puro milagro. Cuentan las malas lenguas que el infarto se debió a que cuando trabajaba en las tierras, una garrapata había quedado agarrada a su tímpano durante meses, produciéndole una fuerte infección que con el tiempo acabó saturando su corazón hasta colapsarlo. Mariano, de naturaleza camaleónica, y esa garrapata, habían sido un único ser, un mismo organismo; criaturas chupadoras, parásitos siameses compartiendo la misma avidez inagotable.

Una vez recuperado, vendió todas sus cosas y se marchó para siempre, huyendo del recuerdo de ese alguien del que nunca lograría desprenderse del todo y que siempre quedaría pegado a la memoria de los otros, como una garrapata cuyo único objetivo es chupar y chupar hasta hartarse. El alcalde ha vuelto a ganar las elecciones.

 

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