Josefa Molina – Ser o no ser

Ser o no ser

Ser o no ser Lezcano

 

Su destino fue realizarse a medias. Todo estaba truncado en él: tanto su manera de ser como su manera de pensar. Un hombre de fragmentos, fragmento el mismo.

Emil M. Cioran

 

Pintura: Francisco Lezcano

Volvió a coger delicadamente el tornillo. Habían pasado varias jornadas desde que lo descubrió tirado sobre el suelo arenoso. Aún no había averiguado a qué parte de su metálico cuerpo pertenecía. Pero estaba casi seguro de que era suyo. Durante días se palpó la estructura metálica que conformaba su cuerpo con la vana esperanza de dar con el hueco vacío en el que debió de encajar en alguna ocasión aquel minúsculo tornillo. Pero no lo halló. Y eso lo tenía profundamente contrariado. Era como si una parte de sí mismo se hubiera desprendido para siempre de él, y de pronto, de forma mágica, el espacio de metal al que pertenecía hubiera dejado de existir. Como si se hubiera fundido con el resto del armazón dejando tras de sí tan solo un acendrado color metal.

Aquella situación le causaba cierta desazón. O algo similar porque aún no lograba ponerle nombre a esa especie de sentimiento que comenzaba a experimentar. Llegó a pensar que era lo que denominaban miedo y, sin embargo, sabía perfectamente que aquel era un sentimiento humano. Pero lo cierto era que, en el fondo, se negaba a aceptar aquella realidad. Era como si no saber a qué parte de su metálica estructura pertenecía aquel tornillo supusiera haber perdido una parte de sí mismo.

Además, se daba la circunstancia de que cada luna que pasaba, más lento y torpe se encontraba. Se sentía bajo mínimos. Un mañana descubrió con asombro el sonido que producían las piezas de su estructura al caminar. Era un crujido extraño, nuevo, insospechado. Pensó que quizá fuera la falta de aceite y presto engrosó sus extremidades con material de primera calidad. El retumbar continuó, haciéndose más estridente y desagradable cada día. Odiaba las sonoridades de las que desconocía su origen. Solo las que culminaban en una melodía suave y rítmica eran procesadas por su disco duro como algo hermoso. Por eso adoraba a Bach. Sin duda, el músico había sido la mejor construcción humana que había habitado la faz de la tierra, cuando ésta fue humana.

Hacía siglos que la tierra ya no era habitada por los cuerpos con latido. Aún recordaba al último humano con el que jugó al ajedrez. A pesar del empeño del humano, nunca llegó a vencerle en el tablero. Era evidente la supremacía de los cerebros artificiales sobre los cerebros humanos, pero le asombraba cómo aquellos seres tan efímeros eran capaces, por el solo hecho de nacer, de sentir. Siempre quiso saber qué se sentía al tener una estructura viva y latente que, sin embargo, creaban máquinas para no sentir nada.

Pero eso ahora ya no tenía importancia. Desde que acabaron con el ecosistema, desde que expoliaron la naturaleza, desde que ensuciaron los ríos, explotaron los campos y contaminaron el aire, los humanos ya no estaban, desparecieron sin más, poco a poco, dejando tras de sí una desbastada tierra solitaria en la que ahora habitaban seres de metal como él. Seres que habían reorganizado sus sistemas para readaptarse al medio y no desaparecer. Jugaban a ser humanos como el simio kafkiano buscó una salida humana para que evitar tener libertad.

Sin embargo, había algo que no iba bien. Intuía que un proceso desconocido se estaba apoderando de él. Quizá la erosión y el ambiente cada vez más húmedo de la atmósfera hacía que sus piezas metálicas estuvieran siendo víctimas de un progresivo efecto de corrosión. Lo cierto era que la intensidad de aquel sonido aumentaba a medida que disminuía su capacidad de movimiento.

Aquella mañana la aurora era especialmente hermosa. Le hubiera gustado llorar, mostrar alguna emoción externa frente a la agradable impresión que le producía aquel espectáculo. Entonces descubrió una sensación extraña en el pecho: una presión que aumentaba sobre su cableado interno. Cada vez que intentaba acercarse al estante de herramientas, la presión sobre sus mecanismos aumentaba. No pudo ya moverse y cayó rígido sobre el desolado suelo de piedras. Su cabeza rebotó justo sobre un enorme pedrusco gris ahuyentando a los escasos insectos que corrían sobre ella.

Sintió que algo descendía por el amasijo de hierro y cables que constituía su mejilla. Una gota de humedad resbaladiza caía lenta. En un último esfuerzo logró alzar su metalizada mano y tocar el viscoso líquido. Era sangre. Por fin, tenía sangre. Creyó esbozar una sonrisa. Dichoso, cerró los ojos y sus circuitos se detuvieron. El ser metálico simplemente dejó de funcionar.

El tornillo nunca encontró su lugar.

Facebook: Josefa Molina

Pintura: Francisco Lezcano Lezcano

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5 comentarios

    • Mil gracias, Ana, por tu comentario. Siempre es un motivador que lectoras como tú valoren mis escritos. Un abrazo enorme y gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla.

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    • Muchas gracias, Ana, me alegro de que te haya gustado este relato. Espero que te animes a leer y comentar el resto de historias de publico en este blog. Un abrazo enorme!! Besos

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