Marlenis Castellanos – La última cucharada

Hasta la última cucharada

La Gula

De pequeño pasé hambre. Mucha hambre. Siempre quedaba con ganar de comer más, más y más. En casa éramos muchos hermanos y entiendo que dar de comer a todos no era fácil. Los años de la postgrerra fueron duros y difíciles para mi familia. Y en especial para mi, que siempre veía el plato medio vacío…

De adulto, casado y con hijos, me empecé a dar cuenta que mis niños y mi mujer siempre dejaban restos de comida. No hubo formas de que entendieran que eso no se hacía. Que había que dejar el plato muy limpio, comer todo, como lo hacía yo, cuando tenía la edad de mis chiquillos… Les explicaba la técnica: “hasta la última cucharada”  les decía, pero, ellos tan orgullosos, cerraban la boca y se negaban a seguir comiendo.  Entonces empecé a predicar con el ejemplo; garantizaba que cada plato quedara resplandeciente, sin una miga de nada. Comía de sus sobras y de las de  mi mujer. En las reuniones familiares, especialmente las de fin de año, iba de comensal en comensal,  comiendo y encargándome que las vajillas relucieran.

Los primos de América, en un viaje, me ripostaron que era de mala educación dejar el plato totalmente limpio. Eso de la mala educación nunca lo entendí. Para mi, mala educación fue cuando me dijeron, entre risas y tragos, que tenia hambre atávica. Me pareció un irrespeto, pero sonreí, fui excesivamente amable y seguí rebañando sus viandas mientras les arropaba con mi visionaria teoría de la última cucharada.

Con mis hijos, ya adolescentes, visitamos todos los restaurantes de la ciudad, pero desde el episodio de la pizzería, hace más de un año, ya no quieren acompañarme a cenar fuera de casa. En aquella ocasión, me percaté que en la mesa vecina, todos dejaban residuos en sus envases de  plástico.  Con la simpatía que me caracteriza, les expliqué el significado de la última cucharada y acto seguido engullí su comida y dejé sus platos relucientes, listos para lanzarlos al cesto de la basura. En los meses sucesivos, cada salida fue una prueba a mi capacidad de superación. En el chino de la esquina, dejé todos los platos pulcros, ningún paisano dejó de oírme con respeto y consideración. Y desde entonces, a cada restaurante que voy, todos me obsequian sus restos para que les demuestre mi teoría de la última cucharada.

Ayer leí en la prensa que acaban de inaugurar un  local de platos contundentes, con capacidad para 100 usuarios. Voy a invitar a mi familia para ir el próximo fin de semana, ojalá me acompañen, la verdad es que últimamente he comido algo solo…. aunque la soledad, como el tiempo, es relativa. No estoy del todo solo cuando estoy rodeado de tantos comensales, todos esperando que vaya de mesa en mesa para enseñarles la teoría de la última cucharada.

Facebook: Marlenis Castellanos

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2 comentarios

    • Un precioso relato. Yo también, aunque no pasé ninguna guerra, tengo tirria a dejar comida en el plato para luego verla en la basura. Y dicen que, en nuestras sociedades occidentales, tiramos toneladas de alimentos al cubo de basura.

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