Inma Flores – La libertad

La libertad

libertad

Uno de los regalos más difíciles de hacer es el de la libertad. Nos cuesta hasta autoregalárnosla. Es algo que está ahí, siempre lo ha estado, pero que quizás no hemos sabido utilizar bien, del modo adecuado. De hecho, nadie nos vino con el manual de instrucciones para su correcto uso.

Si se desea disfrutar de una buena libertad hay que educar en responsabilidad, empatía, respeto, etc. Es muy difícil el hacer coincidir a dos personas con los mismos valores, al 100%, y debido a ello puede surgir algún conflicto. Cuando la discordancia es amplia, salta a la vista, pero otras ocasiones son las más diminutas las que lastiman, esas a las que no prestamos atención, como sucede con  pequeñas piedrecitas que entran en tu zapato y a las que no vemos como posible peligro y  al final del día te han dejado el pie destrozado; así sucede con las relaciones interpersonales, quedan rotas por pequeñas minucias a las que no se les dio la atención adecuada, como sucede en el siguiente relato:

«Ella era una mujer curtida por la vida. Nació en un barrio humilde, entre gente de lo más común. Tuvo un nutrido grupo de amistades en su infancia que le enseñaron lo que era la camaradería, un primer amor en la adolescencia que la invitó a volar, un gallardo novio en la juventud que le robó un primer beso —para luego proseguir su camino robando otros muchos más que agregaría a su colección de besos improductivos—, un marido que la hizo sentir la dama del castillo para luego enclaustrarla en las mazmorras…

Era rebelde, en su corazón anidaban todo tipo de sentimientos aún dormitando, pero no lo supo hasta ese instante en el que se sintió morir en vida, perdiendo el pálpito y la alegría de disfrutar de las puestas de sol y los rojizos amaneceres. Entonces brotaron sus alas y voló, arrastrada por el aroma de otros sueños.

No sabe aún cómo sucedió, pero desde que abandonó las mazmorras del castillo no paró de correr hasta que halló un remanso de paz. Al principio le pareció un pequeño paraíso, pero con el tiempo las aguas estancadas olían a putrefactas, había muerto la vida, se había apagado el pequeño sol que iluminaba tenuemente sus sueños. A hurtadillas, con sus propias uñas, fue excavando la salida. Pronto se encontró nuevamente con la sensación de libertad.

Pero todo en esta vida, hasta lo mejor, lo más tranquilo,  también cansa. No se valora lo que se ha tenido hasta que ya es imposible volver atrás. Esta vez tomó aposento en un hotel de carretera. Estaba completamente iluminado, era bello, acogedor, y en su interior podía disfrutar de la música, de la poesía, del calor de una chimenea recién encendida para ella…

Desde la primera noche disfrutó de sus mejores sueños. Al despertar le esperaban dulces frutos, olor a pan recién horneado, mermelada de frutas de temporada y un sinfín de manjares. En ese “castillo” sí se sintió feliz. Una noche despertó en medio de una pesadilla, salió de la estancia y vio cómo se estaban preparando otras habitaciones para acoger a más huéspedes venideros, a pesar de que se le había dicho que hasta la llegada del invierno sólo ella moraría allí. Decidió que no quería estar compitiendo por la atención de alguien a quién había entregado todo lo que tenía de valor.

En el fondo de su corazón siempre buscaba ese lugar ideal que sólo había visto en los libros que leía con frecuencia,  pero que quizás no existía en la realidad.

¿Y si lo creaba?

Siguió caminando sola, disfrutando de los amaneceres, de las aves, de las flores, de las maravillosas puestas de sol sobre los prados y sobre el mar. Sólo miraba atrás para ver lo lejos que había llegado y lo hermoso del camino por donde transitaba ahora.

De repente descubrió un hermoso prado lleno de trigales y de amapolas. Tenía un maravilloso pozo desde cuyo brocal se podía escuchar el eco de las hadas que le contaban cientos de historias del inframundo. El viento le susurraba a su oído que debía permanecer allí, tumbarse sobre ese magnífico lecho y dormir arropada por un manto de titilantes estrellas. No le iba a faltar nada en ese lugar.

Se sentía tan feliz que ya ni siquiera soñaba con seguir recorriendo el camino trazado. ¿Por qué no dar ya por finalizado su viaje?

Una mañana despertó echando de menos la libertad de escalar montañas, bañarse en un río, cabalgar las olas que se acercaban a la playa…  Allí, donde estaba, en aquel prado, no podía hacerlo, sentía que algo la alejaba de la libertad que aún le quedaba por vivir, que aún anidaba, palpitante, en su pecho.

Tomó nuevo rumbo. Sintió que el rumor del viento la acompañaba. Habían aprendido a estar juntos, a respetarse sus espacios y sus miedos. Ella también aprendió a entenderle y a dejar que se expresara con toda su intensidad, con toda su dulzura. Esa sería la mejor parte del camino de su vida, y aún estaba por disfrutarse y también por crear el destino donde hallarían su estrella polar».

Facebook: Inma Flores

Foto: Fuente Internet, autor desconocido

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