FOTO-RELATO Ventanas al cielo

Ventanas al cielo

ventanas al cielo

Trabajar bajo presión nunca había sido su fuerte, de ahí que las exiguas ventanas por las que, de vez en cuando, miraba al mundo, se habían convertido en verdaderas válvulas de escape para los ojos atiborrados de números de Ambrose. Un trocito de cielo desde nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, metamorfoseado caprichosamente al arbitrio de nubes cambiantes en función de la imprevisible meteorología del lugar junto a los colores resultantes de la combinación de horas del día, estación del año, etc, era lo único que le permitía alimentar al eterno soñador que siempre había sido…

Cada vez compartía menos el anquilosante sistema de vida en el que se hallaba inmerso. Dentro de sí, bullía el ansia  de libertad, acorralado, amordazado y reducido a su cerebro más primitivo. Algo se revolvía con exaltada virulencia en su interior, una llamada al origen, más allá de las obsoletas normas y convencionalismos incongruentes del tiempo de vida que le estaba tocando vivir. Las eternas preguntas del por qué y para qué, acalladas en su conciencia por respuestas autocomplacientes, sensatas y coherentes, le mantenían atado a una realidad insulsa, anodina, desgastante, envuelta en un cariz de insatisfacción no explicita, disfrazada de vivos colores con matices diferentes y distracciones varias, para no pensar, para no sentir, para no vivir… Una especie de anestesia autoconsentida para aliviar un dolor antiguo.

Sin embargo, esa tarde, justo cuando las manecillas del descolorido reloj de pared marcaban las cinco menos diez, en una milésima de fracción de segundo, condensando todos sus pensamientos de cincuenta años en el instante preciso, cayó en la cuenta de que la Verdad, aquélla que siempre había interpretado como ese incómodo inquilino que molesta, hace ruido y llama la atención en los momentos más inoportunos, no era otra cosa más que su auténtico Ser. Por eso, levantándose parsimoniosamente de su asiento, con la rutina de un gesto cien mil veces repetido, descolgó del perchero su raído abrigo gris perla, y, mientras se acomodaba sombrero y guantes, recogió de su escritorio los últimos documentos en los que había estado trabajando, a la vez que, como un náufrago agarrado a una tabla, sintiendo cómo ejercía mayor presión de la necesaria al asir el portafolios que colocó bajo su axila derecha, abrió, como cada tarde, la puerta que le daba acceso a la libertad. La única diferencia era que ahora sabía que jamás regresaría…

Facebook: Sonia Ramos

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2 comentarios

    • Muchísimas gracias por tu comentario, Rubén. Me halaga la comparación con el gran Pessoa, verdadero referente de la poesía sociológica del momento.Coincido con él en cuanto a la aparente realidad del mundo en que vivimos, la cual, como entonces, sigue siendo válida también para nuestros días. Esta nos lleva a engaños, pues nos hace conformistas, cercenando y ocultando los verdaderos motivos de la esencia de vivir. Un saludo.

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