Rubén Mettini – El abrigo

El abrigo

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Este relato está basado en un abrigo que fue de mi padre y que luego pasó a ser mío. Un sobretodo que viajó muchísimo y tuvo una larga vida. Los objetos conservan trozos de nuestros sentimientos y experiencias y una gran parte de nuestra alma.

En el invierno de 1949, un hombre con un abrigo marrón se paseaba en la bruma del amanecer por una estación de trenes con un bebé en brazos. El niño padecía tos convulsa y la sabiduría popular o la medicina de las abuelas recomendaba aspirar ese humo que dejan los trenes a su paso para curarlo.

Eso ocurría allá, del otro lado. Si el recuerdo de ese hombre, de su abrigo y de aquel bebé en brazos es nítido es porque se renueva ante unas fotos en la Plaza del Congreso donde aparecen esos dos personajes.

Pero no hablaré de ellos más que en sesgo. El abrigo era inglés. Era común encontrar esa ropa de importación en aquellos años, en aquel país.

En los 60 cambió la moda. El abrigo quedó abandonado en un armario carcomido en el fondo de la casa. El niño creció y el abrigo durmió sepultado.

En el año 74, cuando aquel bebé ya no lo era y emigró, el abrigo consiguió introducirse en una de sus maletas, sin permiso y a pesar del exceso de peso. Así, aquella manufactura volvió a Europa 25 años después.

Pero ya no era el abrigo del padre. El padre se había quedado allá. Envejeció entre injusticias y guerras civiles. El hijo ahora lo llevaba por las calles de Nápoles sintiendo la secreta continuidad de la especie, no por el esperma o la literatura, sino por un objeto que se resistía a ser abandonado o morir.

Si el recuerdo de ese hombre y de su abrigo y de su exilio se hace nítido es porque se renueva ante unas fotos de Fuorigrotta o de Caserta donde el joven lleva ese abrigo y tiene los ojos llenos de nostalgia.

El abrigo calentaba más allá de su tela, más adentro del cuerpo. La dictadura de los gustos y las modas lo rechazaban. Dictaminaban su decidida obsolescencia. Pero el abrigo continuaba poniéndose sobre aquel cuerpo. Se metió dentro de maletas. Se rozó contra los asientos, en largas noches, en trenes que iban hacia el Báltico o el Mar del Norte. A veces fue peso, molestia; otras tibieza, edredón.

Esa ciega obstinación por existir de ese objeto fortalecía la no menor ceguera del hombre por la existencia.

Si alguna vez él intentaba abandonarlo en un piso viejo o en un aeropuerto, el abrigo se amparaba en las mudanzas, buscaba la forma de atravesar la aduana y de llegar hasta el avión donde él ya no lo esperaba.

El símbolo nace detrás de cualquier gesto cotidiano. Probablemente cada objeto que nos acompaña –aunque nimio– sea un emblema de nosotros mismos. Tal vez, no.

Hoy entré. Le di dos besos a ella y dejé el abrigo tirado sobre su cama. Parece que duerme. Yo sé que él espera. Dentro lleva cientos de lugares, miles de imágenes y también a dos seres.

El abrigo traza una línea zigzagueante que nace en Londres y se detiene allí. Allí, detrás, donde él duerme y espera.

Facebook: Rubén Mettini

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2 comentarios

  1. Precioso Rubén… en especial me ha gustado “…sintiendo la secreta continuidad de la especie, no por el esperma o la literatura, sino por un objeto que se resistía a ser abandonado o morir”. Has conseguido abrigar nuestra curiosidad e imaginación con ese mágico abrigo. Un abrazo.

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  2. Gracias, macuflores, por tu comentario. En el momento que lo escribí tenía claro que no iba a colaborar con la especie y que tan solo heredaría objetos y algunos de ellos los dejaré en heredad.

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