Josefa Molina – La Carta

La Carta

No era exactamente como lo recordaba. Lo cierto era que no tenía nada que ver con la imagen que mantenía de aquel muchacho con el que compartió tardes de estudio y besos en la biblioteca de la facultad. Mira que su amiga Helena se lo advirtió: no vayas a verle, ¿para qué? Ha pasado mucho tiempo, déjalo estar. Y quizás tuviera razón. Formaba parte del pasado, de ese tiempo que quedó atrás, mucho tiempo atrás, sin embargo, se sintió profundamente intrigada cuando descubrió un mensaje de él en la bandeja de entrada del correo electrónico. Le solicitaba un encuentro en una cafetería a miles de kilómetros de la ciudad en la que se conocieron, y eso le originaba, además de un revoloteo en el estómago, una poderosa curiosidad. ¿Cómo sabía él donde vivía? ¿Por quién se había enterado de que residía en Arlés? Solo las personas más próximas, las de su entorno más cercano, conocían su presencia en aquella ciudad del sur de Francia y, sin embargo, en el correo la citaba para dos días más tarde en una de las terrazas de moda de la ciudad, le café La Nuit, en pleno centro de la villa.

Cuando recorrió por primera vez las estrechas calles del centro urbano supo que aquel lugar tenía una magia especial. Sus calles, sus viviendas, sus muros repletos de historia mezcla de antiguas presencias de civilizaciones griegas, celtas y romanas, tan lejanos por diferentes a la estética arquitectónica de su ciudad natal, de su clima y de su gente, rebosando encanto en cada recoveco de sus calles….Todo ello hizo que, de inmediato, su corazón sintiera que aquel era su lugar en el mundo, su pequeño espacio en el planeta. Por eso, cuando le ofrecieron ampliar por tres años la beca de investigación en la Fundación Van Gogh aceptó sin dudar. De eso ya habían pasado siete y de su antiguo hogar al otro lado del mundo sólo echaba de menos los potajes de berros de su madre y los abrazos con adivinanzas de su sobrina.

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Cinco y media de la tarde. Un tenue sol de final de verano se resistía a marchar mientras teñía suavemente de dorado el conjunto de mesas y sillas del exterior de Le café La Nuit, todo él decorado de arriba abajo en un rabioso amarillo en honor al famoso pintor neerlandés. El encuentro era a esa hora pero él llegó quince minutos antes. Como era su costumbre, le gustaba acomodarse en una silla y elegir el mejor ángulo de visión desde el cual poder observar cómo se aproximaba su cita. Le divertía observar cómo entraba en el bar, miraba para un lado y para otro buscándole sin que él hiciera el más mínimo esfuerzo por señalar su ubicación. Su particular juego del ratón y el gato sentado tranquilamente frente a un café bien caliente manchado por unas gotitas de leche.

La descubrió días antes. Ella vestía la característica bata blanca con la que se uniforman los técnicos de la fundación del pintor postimpresionista. No había vuelto a saber nada de ella desde que cada uno escogió su propio camino. Cierto que fue él quien se distanció, quien decidió que tenía mucho futuro por delante, muchas ganas de volar alto como para permanecer atado a un primer amor. El departamento de Pintura de la Facultad de Bellas Artes le había ofrecido una codiciada beca de estudio en Londres y aquella relación tarde o temprano iba a sucumbir a la distancia y a la falta de caricias. Ella dijo entenderlo pero no pudo evitar llorar. Y ahora estaba allí, vestida de blanco, trabajando en una pequeña ciudad a más de 3.000 kilómetros de distancia. La vida los había vuelto a encontrar, pensó mientras la observaba desde la distancia, tan ajena de sus miradas, centrada en su labor de restauración. Al llegar al hotel, no se lo pensó y le envió un mensaje a su antiguo email. Quién sabe, quizá aún lo conservara. La respuesta llegó horas más tarde cuando en la pantalla un escueto ‘biensûr, je serai là’ confirmaba su cita en el amarillo café. En ese instante casi se arrepintió. Se maldijo por su inconsciente impulso, y casi estuvo a punto de mandar otro correo para anular el encuentro pero se frenó justo en el momento de comenzar a teclear las primeras letras. No tenía nada de malo unas risas frente a un café con una antigua amiga, tener la oportunidad de interesarse por su vida, dejarse llevar por los recuerdos, o tal vez, ¿se dejaba llevar por una desconocida necesidad de pedir disculpas por el pasado?

Decidió que no iba a vestirse en plan mira lo que tes has perdido todos estos años. Era una mujer adulta hecha a sí misma, no aquella chica tonta de la facultad que quizá él recordaba. No. Simplemente, iba a ser ella misma. Tomarían un café, se contarían anécdotas de sus vidas, pasarían un rato agradable y ya. Nada de pensar que aquello fuera a algo más. Hacía años que dejaron de conocerse. Eran unos completos extraños, el uno para el otro.

La observó llegar tranquilamente sentado desde de esas sillas metálicas que conforman el decorado de cualquier terraza turística. Aún conservaba esos andares melancólicos y esa deliciosa forma de recogerse el pelo en una coleta alta. La cara bien despejada porque la cara es el espejo del alma, recordó que le dijo una vez mientras hacía el gesto de recogerse el pelo. Vestía sencilla e informal con apenas un poco de lápiz de labios para resaltar su sonrisa. Se alegró. No le apetecía que pensara que aquella era una cita de amantes. Solo era un café entre antiguos compañeros de facultad.

Le descubrió mirándola fijamente y con una sonrisa inmutable en los labios, apaciblemente sentado frente a una mesita situada en un rincón de la terraza. Sintió que el corazón le latía con fuerza. Desde luego, no tenía nada que ver con el chico que ella recordada. Ese hombre al que acababa de dar dos besos a modo de saludo no era el joven cuyo recuerdo atesoraba en su memoria. Se preguntó qué demonios hacía ella allí.

Se contemplaron a los ojos por unos instantes. Reconociéndose. Buscando los vestigios de aquellos que fueron y ya no eran. Hacía años que ninguno de ellos eran los chicos ingenuos que un día soñaron en hacerse adultos juntos. Eran un hombre y una mujer que fueron cumpliendo años y sueños, algunos con mayor éxito que otros, pero ambos satisfechos con la vida que habían tenido hasta el momento. Ella se enteró de que tenía ex-mujer y dos hijos en la ciudad inglesa de Crawley, y él descubrió que ella aún no había encontrado al hombre con quien compartir un proyecto de futuro y familia. Vidas aparentemente normales, tranquilas, sin grandes sobresaltos, previsibles. Vida, sin más.

Al café le siguió un paseo entre las estrechas callejuelas de fachadas verdes y malvas hasta Les Thermes de Constantin, para terminar con la contemplación del atardecer sentados sobre los diques que bordean el río Rhône. Se despidieron con dos besos en las mejillas y una promesa de estar en contacto que ninguno de los dos cumplió. ¿Para qué? Se habían contemplado a los ojos y se habían perdonado. Poco o nada les quedaba por añadir.

La siguiente primavera, ella se casó con un profesor de literatura de Avignon y él le escribió una carta que nunca envió. Cuando varios años más tarde su hijo mayor descubrió la carta aún cerrada dentro de un libro de poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, pensó que quizá su padre querría que terminara lo que él empezó pero no se atrevió a concluir.

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Se citaron en el mismo café del centro de Arlés. Ella llevaba el pelo recogido en una coleta y le acompañaba una niña de seis años. Él iba con su novia con la que estaba recorriendo las ciudades del sur de la Provenze francesa. En la radio de la cafetería sonaban los acordes de Je vais t’aimer comme on ne t’a jamais aimée, je vais t’aimer, en la voz triste y dulce de Michel Sardou. El joven le entregó la carta mientras le explicaba que su padre había fallecido unos meses atrás. Ella recibió la carta con un pudor que rozaba el miedo. No estaba segura de qué hacer con aquel sobre en blanco, así que lo guardó en el bolso mientras se decía así misma que algún día leería su contenido.

La carta con su nombre escrito en tinta negra estaba cerrada. Y así lo encontré yo, aquella niña de seis años, cuando comencé a colocar en cajas las pertenencias de mi madre hace tan sólo unos días. Ella no quiso leerla nunca. Yo tampoco lo haré.

Por eso, ahora, mientras escribo estas letras, la carta, aquella que nunca se leyó, está siendo devorada por el fuego, el mismo fuego que devoró el cuerpo de mi madre hace algo más de una semana.

 

A faire pâlir tous les Marquis de Sade,

A faire rougir les putains de la rade,
A faire crier grâce à tous les échos,
A faire trembler les murs de Jéricho,
Je vais t’aimer.

A faire flamber des enfers dans tes yeux,
A faire jurer tous les tonnerres de Dieu,
A faire dresser tes seins et tous les Saints,
A faire prier et supplier nos mains,
Je vais t’aimer.

(…)

Facebook: Josefa Molina

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8 comentarios

  1. ӬEs de esas historias que no puedes dejar de leer hasta el final , que te vas imaginando una escena y un final que al terminar te sorprende . Me encanto !!!!
    p.d. no sé poner las tildes con el ordenador ¡¡¡¡ perdón !!!!

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    • Infinitas gracias, Marisa, por tu comentario. Siempre es una satisfacción saber que tus textos gustan, eso ayuda a crecer. Un abrazo muy grande y no dejes de comentar los escritos que se publican en el blog, porfavor. Graciasss!!!

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  2. Estimada Josefa, voy a ser sincero, en este tipo de publicaciones o facebook, soy partidario de relatos de medio o un máximo de un folio, no he visto exactamente cuanto tiene este, pero me ha encantado la historia, que me recuerda algo a la Penélope de la canción que cuando su amor llegó no era lo que recordaba o había idealizado.Enhorabuena.

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    • Amigo, Juan, gracias por tu comentario. Resulta reconfortante que te lean con interés y cariño. Sí, efectivamente, algo de Penélope tiene la protagonista, aunque no lo había visto así. La lectura de otros te abren las puertas a nuevas interpretaciones. Un abrazo enorme, y reitero el agradecimiento por tu comentario.

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  3. Me parece un cuento magnífico. Llama la atención que en tanta brevedad se pueda contar una historia que exigiría la extensión de una novela. Además, cuando suena la canción de Michael Sardou en el café, uno puede escucharla. Desconocía la canción y el cantante, pareciera que tiene el tema del Concierto de Aranjuez en la introducción. El todo es perfecto. Mi enhorabuena.

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    • Muchas gracias, Rubén, por tu comentario. Me motiva mucho saber que te ha gustado. Sí, Michael Sardou es un gran desconocido pero, en mis próximos relatos, tengo previsto sumarlo poco a poco. Muchas gracias por comentar!!

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