Josefa Molina – La espera

La espera 

hombre esperando

Era la quinta vez que miraba el reloj. Y no habían pasado más de diez minutos. Aun así resultaba extraño. Ella decía ser puntual. Ya no debería tardar. Pero comenzaba a desesperarse. Para matar la espera, leía sin concentrarse el periódico. Noticias de tramas y corrupciones en las que la clase política era protagonista indiscutible, leyes que no llegaban a aprobarse o que se aprobaban a pesar de la oposición ciudadana, más fallecidos en accidentes de tráfico, un nuevo caso de violencia doméstica, las bolsas que no lograban recuperarse del desplome de las inversiones chinas….un amasijo reiterado de informaciones que, en este momento, no le interesaban en lo más mínimo.

Se retrasaba. Ya era la décima vez que miraba el reloj. Pasaban más de veinte minutos. Qué habrá pasado, por qué tarda tanto. Volvió a intentar centrar su atención en el papel tintado. A su alrededor, decenas de personas que iban de un sitio a otro, con destino indeterminado; de regreso a casa tras salir del trabajo, de compras aprovechando las últimas rebajas, o simplemente, de paseo, dejándose llevar por la inercia perdida de los pasos que no llevan a ningún lugar. Triana se prestaba mucho a eso. En sus terracitas era frecuente observar la presencia de grupos de señoras de mediana edad que conversaban mientras bebían un cortadito con un croissant; de amigos adolescentes que quedaban para ir a comer una hamburguesa o a hacer botellón a San Telmo; de rubios turistas perdidos que tomaban un descanso hartos de buscar la Catedral de Santa Ana y su famosa plaza de perros, o de parejas que cariñosamente se daban la mano mientras se miraban a los ojos entre confidencias y sonrisas. También él había disfrutado de ese coger de manos y sonreír dulcemente. Pero eso era antes, hacía mucho tiempo, cuando rondaba los quince.

Miró por décima quinta vez el reloj. Comenzó a desesperarse. Quizá le había pasado algo. Cogió el teléfono móvil. Ningún mensaje. Hacía dos horas desde la última vez que se conectó. Dudó. Y si le mando un mensaje, se preguntó. Quizás si…. Pero desistió de la idea. Habían quedado, habían hecho un pacto, y no sería él quien lo rompiera. Volvió a mirar el móvil. Sí, era el día, el mes y la hora acordada, con un solo problema: que ella no había aparecido aún.

De pronto un perro que se le acercó moviendo el rabo. Lo sujetaba un joven que iba acompañado por una chica, que portaba a una niña de apenas unos meses en brazos. Tierna escena familiar. Una pareja con bebé paseando un perro. Todo un clásico. Una imagen que le recordaba todo de lo que él carecía. Hasta el momento. Porque no quería que fuera siempre así. Su intención era, si encontraba a la mujer adecuada, cambiar esa situación. Ya tenía 33 años, la edad de Cristo, como decía su madre, y tu aún sin casarte como él, mira tú, si al final vas a ser hasta cristiano, le gritaba irónica. Bueno, es que todavía no ha aparecido la mujer perfecta, madre, pero ya aparecerá, ya, le repetía a una madre de hijo único que no entendía cómo a esa edad aún no era abuela.

Como quien no quiere la cosa, miró el reloj por veintiuna vez. No podía ser. Ya habían pasado casi cuarenta minutos. Sin mensajes. Se habría equivocado de lugar. No, estaba seguro, habían quedado en aquella esquina, en aquel banco de madera, frente a aquella tienda de ropa, junto a aquella sucursal bancaria. No, estaba completamente seguro. No se había equivocado. El día, la hora, el lugar, todo según lo acordado.

Un señor mayor pasó a su lado. Apoyado en un bastón arrastraba con escasas fuerzas sus cansados pies. Quién sabía qué destino tendrían sus pasos, pensó. ¿Y los de él?, ¿qué destino tendrían los de él si ahora, ya aburrido de esperar, se levantaba del banco y se marchaba?. Porque no podía ser que le hicieran esperar tanto. ¡Vamos, ni que fuera la última mujer del mundo!. La última no, sin duda, pero sí una de las que más le habían agradado en los últimos dos años. Al menos por fotos. Porque en ellas parecía ser inteligente, culta y simpática. Además, compartían muchas aficiones, el gusto por la playa y las pelis de Woody Allen, escuchar música en directo, las lecturas de escritores latinoamericanos, de esos que hacen que te reconcilies con el ser humano o que lo odies para siempre. Y en este momento, él era de los que comenzaban a odiarlos. No podía entender cómo el ser humano, como aquella mujer con la que parecía que tenía tanta afinidad, no cumplía con su palabra. Si haces una promesa hay que cumplirla, ¿no? ¿Qué es eso de dejar esperando a los demás? Hay que ser muy desconsiderada para actuar así. Muy irrespetuosa con los demás. Muy, muy…. Detuvo el diálogo interno de su mente. Comenzaba a no gustarle los sentimientos que aquella mujer hacía aflorar en él.

Había ya mirado el reloj treinta veces. Más de una hora y cuarto desde la prefijada para la cita. Comprobó la cobertura. Perfecta. Sin embargo, ningún mensaje. En fin, iba siendo hora de levantarse. El viejo sentado en el banco del otro lado de la acera le observaba fijamente, con una de esas miradas de entendimiento y compasión, que sólo pueden ofrecer quien ha sufrido en sí mismo el resquemor y la indignación de sentirse menospreciado. La herida ya estaba hecha y no había visos de poder contener todo el desprecio y la rabia que salía a través de ella.

Se levantó del banco indignado con el ser humano, con el mundo, con los perros que menean alegremente la cola, con las parejas perfectas y con sus bebés perfectos pero, sobre todo, con aquella mujer que lo había dejado esperando sin consideración alguna. Comenzó a caminar mirando fijamente el suelo mientras en su cabeza iba diseñando, una a una, la amplia lista de palabras malsonantes e insultos que iba a volcar en el chat privado que mantenía con la chica, nada más llegar a su casa

Miró el reloj por quinta vez. Se había retrasado algo más de una hora pero ya estaba allí. Esa maldita manía de la jefa de hacer la revisión de material justo antes de salir del trabajo, le volvió a arruinar la cita. Era el lugar prefijado. Era aquella esquina, en aquel banco de madera, frente a aquella tienda de ropa, junto a aquella sucursal bancaria. El día, la hora, el lugar, todo según lo acordado. Tendría que haberle escrito un mensaje pero se quedó sin saldo. Y luego, la guagua, siempre tan puntual…

Disimulando, volvió a mirar el reloj. Miró a la pareja que paseaba con un bebé y un perro. La imagen perfecta de la felicidad. Entonces, le llamó la atención el andar firme y decidido, se diría que hasta enfadado, del joven que se levantó del banco situado justo al lado del suyo y que comenzó a caminar con la mirada fija en su suelo.

Ojeó nuevamente el reloj. La décima vez. Mejor se marchaba. Estaba muy cansada como para seguir esperando. Otra oportunidad perdida de ser feliz.

Sonrió a la viejecilla que empezó a andar justo en dirección contraria. Quién sabe qué destino tendrían sus pasos. Quién sabe.

Texto y foto: Josefa Molina

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