FOTO-RELATO La Tina

La tina

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¡Mírala a ella! ¡Qué guapa está y qué feliz parece!

Al alba, con el primer rayito de sol, la despiertan una bandada de pajarillos. Van y vienen en la buganvilla, que la mira desde la esquina del precioso patio azul, donde está por fin instalada. Allí, sobre el piso que figura el mar de El Agujero, el mar de Las Nieves, azul, celeste, blanco…¡hasta un borde de callaos donde rompe la ola!, como una barquilla pronta a navegar buscando emociones. Buscando vida. A navegar sin irse, porque La Tina tiene clara una cosa: quiere quedarse aquí.

Aquí, donde cantan los pájaros; aquí, bajo el granadero y el árbol de ramitos color lavanda. Sí, aquí, rodeada de flores y luciendo esos renovados colores con que la han pintado.

Aquella muchachita que se bañó en ella en otro tiempo, en otro lugar; hoy, medio siglo después, aun disfruta de lo lindo en su seno. Se acurruca, se estira, ríe y se deja enchumbar por el potente chorro que cae desde la manguera y la rocía convertido en miríadas de cristalitos que brillan al sol.

Porque sí, La Tina no siempre estuvo ahí, en el patio azul, ¡qué va!

En la casa, rodeada de plataneras, a la que llegó hace ya casi un siglo, le habían reservado también un lugar de privilegio. Por una luminosa ventana pintada de blanco, de forma intermitente (¡eso sí, no la abrían con frecuencia!), podía escuchar el canto de algún mirlo y el ruido del viento moviéndose entre las anchas hojas de las matas; como si viviera allí. Una puerta acristalada y coronada por un ventanillo de colores, daba al patio, que no era azul, pero sí permitía que el sol se colara y desplegara un arco iris, dentro, donde La Tina podía verlo.

Allí, aunque tamizados por los cristales, aquella muchachita podía también disfrutar, mientras se bañaba, del sol, de las plantas, del canto de los pájaros. Esa también era una buena época para La Tina. No siempre fue así. Es verdad que en el pasado, había vivido risas de muchachas que se dejaban fotografiar felices en el patio, en el pasillo bordeado de geranios y cafetos que separaba las plataneras; pero también llegó a percibir la zozobra que las sobrecogía con un hermano fuera, durante la cruel guerra. También, escuchó sus llantos, años más tarde, cuando la muerte, sin nadie esperarlo, se llevó, ¡tan joven!, a la más pizpireta de todas ellas. Y soledad sintió el día que la madre recogió la casa y se las llevó a todas, incluidas las tres chiquititas, huérfanas ahora, lejos de allí. Lejos de la casa en la que había ocurrido tamaña desgracia. Lejos de la casa en la que quedó La Tina.

Ella esperó años sin desanimarse. El blanco de su esmalte se fue tornando amarilloso y por contra, el amarillo, que en aquel entonces lucía en su exterior, había perdido ya un poco el lustre, cuando al fin volvieron. Y de nuevo las mismas risas, las mismas fotos, los mismos geranios; aunque las muchachitas eran otras ahora. Las pequeñas que un día se fueran huyendo del dolor.

Y sigue La Tina recordando, desde este luminoso rincón del patio azul que hoy ocupa, que no duró mucho ese nuevo periodo feliz. El periodo en el que se bañó en ella, gozando de la luz que coloreaban los cristales del ventanillo, la muchacha que hoy, medio siglo después, vuelve a usarla, para calmar su magua.

Nueva muerte (la abuela ahora) volvió a echar de allí despavoridas, a las que quedaban. Y ahora sí. Ahora abandono, deterioro, nostalgia. Personas que jamás había visto, se bañan en ella. Ya no es lo mismo. El cielo ya no se puede ver desde el patio y la luz se muestra remisa a entrar por los cristales. A La Tina le robaron el arco iris.

Siguen a estos tiempos, otros de desuso y soledad total. La Tina apenas siente algún consuelo recordando a las dos tandadas de muchachas que vivieron en la vieja casa con su apacible madreabuela. Sus risas, los geranios del pasillo, la vida que bullía en el patio, cuando aun la luz lo atravesaba, para regalarle a La Tina un iris con cada sol.

¡Quién le iba a decir a ella que su magua era compartida! Apenas dio crédito a su suerte el día en que, una de las muchachas, con muchos más años ahora, se armó de valor y acarreó con ella. Se la llevó de aquel lugar sombrío, justo antes de que compartiera con la casa el derribo al que estaba abocada. El ventanillo de colores también se fue con ellas.

Debieron pasar aun años de espera para La Tina, hasta que por fin le asignaran el lugar que ahora ocupa. Había de ser amplio, con flores que recordaran a los geranios del pasillo, con viento que viviera en las hojas, con risas cuando el agua salpica y sobre todo con sol. Con luz, que ahora la baña directamente, pero que quizás algún día, pueda prestar uno de sus rayos para que se cuele, habrá que idear cómo, por los cristales de colores del ventanillo que aun espera.

Texto y foto: Maruja Salgado

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