Roberto Iglesias – Los acantilados de Gironella

Los acantilados de Gironella

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Ese hombre robusto y desaliñado que deambula arrastrando sus enormes pies sobre el esponjoso tapiz verde del  musgo, es un escritor famoso. Huye tempano de su hogar, hipnotizado bajo el intenso sopor de una inquietud que le alimenta una manía inextinguible y que, desde su última obra, lo consume con la misma seguridad con que la llama derrite la vela sobre la que ésta danza. Se  yergue así constante e inmóvil quizá a sabiendas de haber sido abandonada en una estancia cerrada y deshabitada donde la quietud impone su eco de silencio y la ausencia de corrientes de aire regalan a la llama su forma  de ser perfecta, casi imaginada.

Con la convicción de no ser extinguida, así arraigó aquella mañana esa extraña manía de caminar hacia el mar, en la costumbre del reconocido escritor. Hacía años que se fue a vivir a aquella isla, que vista en un mapa, tenía forma de cabeza de cabra. Huyendo de una fama que durante años se había obsesionado en perseguir con el mismo ímpetu como el trastornado y lascivo anciano transita, en silencio, tras unas nalgas juveniles que mecen sus curvas embutidas en unas mallas ajustadas y algo transparentes. La pasión que alimenta un oficio se transforma en obsesión cuando se pierde el rumbo de tanto esfuerzo dedicado, cuando el don se transforma en técnica exprimible a fuerza de repetición monótona…entonces se convierte en un envase desechable.

Era bien temprano cuando los senderos fueron barridos por aquellos pies arrastrados, fueron los almendros en flor  y algún que otro anciano insomne los que le contemplaron recorrer la senda que lleva del pueblo hacia el acantilado. Llevaba los ojos vidriosos, borrachos y ciegos de una finitud inevitable, mascullaba en su boca pastosa una letanía indescifrable pegajosa y adquirida de tanto exprimir vidas ajenas en relatos fingidos para no ser inventados. Porque la fama del ahora es el último estertor del cadáver olvidado del mañana. Esa certidumbre le abrazaba con tal fuerza que aquella misma mañana pergeñó el plan de confortar su recién adquirido sentido de la nada ante el ventoso abismo de vacío que media entre los pies del que se asoma a un risco, y allí abajo, en la distancia miope que todo lo engaña, el mar que bate feroz la espuma blanca que escupen las olas cuando éstas abaten su ciego impulso contra unas rocas que, mudas, callan el secreto de soportar el inagotable odio de un vaivén del que no son responsables.

Asomado con su semblante absorto permaneció durante un lapso de tiempo inmensurable, imaginando cómo sería adelantar un pie sobre el etéreo peldaño del precipicio que lo aguardaba. Su mirada clavada en las rompientes olas, el viento enmarañando un pelo que disimula una calva, su boca rumiando una convicción excretada por las entrañas y la memoria barajando al trasluz del recuerdo las conmovedoras instantáneas de todos esos momentos congelados en los que se resume una vida cuando uno decide que la existencia no sirve par a nada.

Distinto a sí mismo a cada instante, sin estar cambiando, en realidad, nada. Esa es la diferencia entre conservarse en la decrepitud o adentrarse en un instante final sin marcha atrás. La enorme punta de su zapato derecho asomaba sin vértigo en el deleznable borde del terreno, piedrecitas diminutas agotadas por un extraño desconsuelo decidían brincar pellizcadas por la presión temblorosa de una pisada que rehúsa tener tiento como excusa perfecta para encontrar valor ante lo irremediable.

Aun así no fue la falta de convicción ni de valor la razón de su quietud, porque ni el convencimiento ni el valor nutren la decisión que sostiene lo horrible o lo absurdo. Fue una voz. Aquella voz que durante años había alimentado el ardor de una pasión por tanta letra ahora impresa y muerta. Era su voz, era ella. Sonaba como siempre sonaba en las ocasiones inciertas: como una palmada amistosa y seca en la espalda. “¿no pensabas despedirte”?. La suela de su zapato retrocedió como la manita de un niño cuando la acerca demasiado a una claro que, sin distancia, quema. Hubo un silencio que sonó a reloj de péndulo y sala de espera vacía. Él dejo de mascar sus falsas certezas y parpadeo con la lentitud con la que desciende el  telón tras una obra excelsa pero que nadie ese día aprecia. Ella se apartó de su frente, con su mano pequeña y blanca, los grises mechones de una melena que la furia del viento había liberado del redil de su coleta. Tragó, en forma de saliva, unas lágrimas disimuladas que se habían negado a brotar por sus ojos de color avellana. Su voz casi no tembló cuando asiéndole suave por su ancho brazo derecho le susurró: “vamos para casa…aquí nadie te espera”. Y él se giró dócil esta vez hipnotizado por una voz que ya no brotaba dentro de sí, si no fuera. Era un muñeco grande, un maniquí roto vestido con una moda obsoleta y fea que retiraban al desván donde se almacenan los objetos que estorban porque ya nadie observa.

De regreso al pueblo los lugareños les saludaban interrumpiendo sus faenas de campo, con la mano deteniendo por un instante la gimnasia agotadora que impone el uso de los aperos de labranza, otros , los menos, saludaban en el dialecto de la isla acompañando sus palabras con un gesto sudoroso de agotamiento: “bon dia tingui, Sr G.”!. Pero ninguno de ellos había leído jamás ninguna de sus novelas, tan solo tenían por cierto que debía ser algún famoso adinerado porque era dueño de  una “possesio” amplia  y con tierra de labranza, llena de almendros olivos y algarrobos. No será la única mañana en la que el Sr. G. y su mujer vengan como abrazados del sendero que conduce a la cala del acantilado. Porque solo ella va a saber apartar un abismo de otro abismo, que con su vacío, lo reclama.

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