FOTO-RELATO La narradora

La narradora

Los ecos de mis pasos son llamadas
que reverberan en toda la sala,
que resuenan entre las cubiertas,
que despiertan a los que allí habitaban.
Nombres de oro, bronce y plata,
que esperaban mi llegada,
ahora mi atención reclaman
y promesas exclaman:
-¡A mí, aventurero!
-¡A mí, caballero!
-¡Yo viajes cargo!
-¡Yo esperanza traigo!
Entre los muertos ando,
entre voces de un lejano pasado.
Entre desconocidos ando,
aquellos que están lejos los tengo al lado.
¿A quién hago caso?
¿Qué descubriré a su lado?
En mi paso una voz no respondió,
una voz no me correspondió.
Ese silencio ensordeció
el parloteo de nuestro alrededor.
Sabiendo que ella me esperaba,
acudí sin tardanza.

Tras las puertas de cuero había una dama,
esperando mi llegada.
Era ella,
mi amiga de la infancia.
Era ella,
mi compañera de armas.
-¿Y cómo era?
-¿Y cómo se llamaba?
Eso qué más daba.
Siempre cambiaba.
Algunas veces de piel clara,
como escarcha.
Otras morena,
de color sepia.
Pero era ella,
su voz la delataba.
Una palabra,
y me desarmaba,
me rompía
y reconstruía.
Algunas veces dulce como la miel
otras dura como una nuez.
Algunas veces su nombre me decía,
otras ni tenía.
Pero era ella,
pero era ella...

Siempre tenía una historia que contar
y yo solo la podía escuchar.
Lugares lejanos,
tiempos olvidados.
A nuestro alrededor vuelan sombras,
que ella lentamente dota de forma.
Ante mi mirada 
ella los transforma,
en lugares,
en personajes.
Detalle tras detalle,
cual hilos de un tapiz,
se entrelazan sin enredarse
y sus formas comenzaron a latir.
Empiezan a hablar,
y solo yo los puedo escuchar.
Empiezan a soñar,
y solo a mí me lo pueden confiar.
Otra vez empiezan
a afectar a mi ser.
¿Su ira?
Me encrispa,
¿Su tristeza?
Me golpea.
¿Su alegría'
Me ilumina.
Y todo mientras ella habla.
Y todo mientras ella canta.
Y todo mientras ella narra.

Las estaciones se suceden,
los años se retuercen,
en el espacio de un suspiro,
en el espacio de un punto.
Y el tono de ella sube,
y el tono de ella baja.
Y el tono de ella hace crecer,
y el tono de ella todo mata.
En ocasiones habla
y no dice nada.
En ocasiones calla
y dice más de mil palabras.
-¿Y qué haces tú?
Me embarga una curiosa quietud.
Siempre digo y hablo,
hablo y digo,
y aunque cien palabras haya dicho
sigo como al principio.
Por ello callo,
disfrutando,
esperando,
temiendo.
Temo este inevitable final,
con el que tenga que volver a lo real.


Jerónimo Santaella





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