Esther Santiago – Mujer díscola

Mujer díscola

Noto cómo clavan en mí sus miradas de desaprobación cada vez que paseo por el pueblo con mi criatura en brazos. Nunca van a perdonarme que no haya salido de mi vientre, lo noto.

Las otras mujeres pasean cada domingo con sus mejores galas por las calles de adoquines, con sus bebés en sus carritos y sus maridos al lado, con el semblante serio, orgulloso. La gente las mira con admiración y les ceden el paso a ellas, que renuevan la simiente del pueblo, ellas que traen nuevos obreros y nuevas madres que continúen el ciclo.

Yo soy un error del sistema, una gorrona, un cáncer incluso. Paseando mi barriga yerma por las calles, restregándoles en la cara la posibilidad de mi fertilidad desaprovechada. Moviendo unas caderas anchas que no van a dar paso a ninguna criatura de mis entrañas. Vistiendo chándal un domingo, cargando en mis brazos con mimo a una criatura que no es de mi vientre.

Las miradas que me clavan son duras. Primero se posan sobre mi criatura, luego sobre mí. Se dan cuenta inmediatamente que esa cosita no pudo salir de mi vientre. Entonces la mirada se hace dura hasta convertirse en piedra. Me lapidan por ser díscola. Colaboradora silenciosa de la invasión de los inmigrantes, los moros, los negros, los sudacas. Eso piensan al mirarme, puedo verlo en el gesto de sus caras. La sangre blanca se pierde, se lamentan para sus adentros, las mujeres díscolas salen hasta de debajo de las piedras, ninguna quiere reproducirse. Mientras las moras, las negras y las sudacas paren como conejas niños que saltarán todos los muros, todas las rejas, nadarán todos los mares y cruzarán cualquier desierto, solo para venir a invadirnos. ¡Ah, cómo les quema la sangre al verme!

Noto cómo clavan en mí sus miradas de desaprobación cada vez que paseo por el pueblo con mi criatura en brazos. A mí, la verdad es que me resbalan, se deslizan por mi cuerpo hasta el suelo y caen por las alcantarillas, donde debe estar la mierda. Con arrogancia les sostengo la mirada mientras le planto un beso entre las orejas a mi perro. 

Esther Santiago

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