cita Josefa Molina – Esther

Esther

La última vez que vi a Esther, dio un salto por la ventana después de gritar que unas pesadillas no la dejaban dormir. Mi madre pensaba que estaba un poco loca. Con aquel pelo engurruñado y esa extraña forma de terminar las frases alargando las sssss finales en una interminable batalla de sonidos de la no lográbamos atrapar más que alguna palabra suelta.


Yo siempre pensé que lo que le pasaba es que era un conejo y el mundo, nuestro mundo, el de los humanos, no le gustaba. Por eso andaba siempre perdida cada vez que salíamos de casa, especialmente cuando íbamos a visitar al abuelo. Se quedaba mustia, como sin aliento, y cuando mamá paraba el coche delante de la puerta de la casa del abuelo, me cogía de la mano y me llevaba dando saltitos a la zona más alejada del jardín. Allí comenzaba a escarbar en la tierra para hacerse madrigueras.

Un día le dio por comer zanahorias a todas horas, para desayunar, para merendar, para cenar. ¡Y hasta restregárselas por el cuerpo! Mi abuelo se enfadaba mucho porque él odiaba las zanahorias.

Un domingo se negó a entrar en la casa del abuelo y se escondió en lo profundo de una de sus madrigueras. No tuvimos más remedio que regresar a casa sin haber comido con el abuelo. A mí me alegró. Tampoco me gustaba aquel desván maloliente donde el abuelo se empeñaba en subir con nosotras.

Yo creo que por eso Esther comenzó comer zanahorias y a untarse con ellas toda la piel. Porque el dolor es menor si eres un conejo y no sientes. Al menos eso decía mamá. A ella también le gustaban las zanahorias aunque ya no se acuerda. Ella nunca se atrevió a saltar por la ventana…

Pero Esther, sí. Por eso ahora le traigo este regalo: unas zanahorias muy limpias, recién compradas en el supermercado, aunque no sé si podrá masticarlas con todos esos cables que la rodean.

Josefa Molina

3 comentarios

  1. Genial. El suspense no se apiadó de mi y estuve tras el conejo unos buenos renglones a ver si por asomo aparecía Esther con su pelo enmarañado o era otra de mis pesadillas del sábado noche. No tienes remedio, me dije, no tienes remedio Pepa de mi corazón. Por tu culpa hoy toca: crema de zanahorias.

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  2. Me llevaste a un recuerdo de mi infancia, amiga. Cuando era pequeña tuve conejos y me metía en los jaulones que les habían hecho mis abuelos (sus madrigueras). En mis bracitos sentía el colorcito de sus cuerpos, el abrigo cariñoso que me daban. Precioso relato. Un besote!!

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    • Uffffffff…
      ¿Qué puedo decirte?

      Jajaja… Eres increíble.

      Con taquicardia por un conejo.

      Lo del nombre, Esther, ¿Eh?,
      Jajaja, genial para mantener el suspense.

      Y seguirá…
      Porque ya estoy deseando leer el siguiente.

      Felicidades.

      Besotes

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