Josefa Molina – El cazador

El cazador

Claudio César Montañés era de todo menos un romano aficionado a la cacería. Su madre había visto la serie Yo, Claudio mientras se recuperada postrada en una cama de hospital del parto de un bebé sietemesino. Con apenas viente años cumplidos, pensó llamar a su niño con el nombre de Claudio César; Claudio, por la película y César, en honor a un estudiante universitario italiano que jamás se enteró de su reciente paternidad.

Tampoco es que a Claudio César le gustara la cacería. Por eso, se extrañó que la vida, o bien la necesidad de buscarse la vida, le convirtiera en cazador furtivo en las montañas asturianas. Sin duda, se dijo, su único apellido le marcaba un curioso destino.

Claudio César no era un hombre de ambiciones desmesuradas. Hubiera preferido vivir aislado en una pedanía del interior asturiano a dedicarse a organizar cacerías furtivas para los ricachones que se trasladaban desde Santander o Madrid todos los fines de semanas, sedientos por sentir la subida de adrenalina que les provocaba la posibilidad de matar sin consecuencias. No les gustaban aquellos tipos pero los ingresos que obtenía de ellos eran bastante más sustanciosos de los que hubiera obtenido nunca trabajando como camarero en Avilés y como bibliotecario en Oviedo, sus dos empleos anteriores.

A Claudio César le revolvía el estómago la cacería injustificada de animales pero más le revolvía el estómago no poder comprar comida ni pagar las facturas que generaban una familia de esposa y dos hijas. Por eso, no se lo pensó mucho cuando Eustaquio, el pastor de su pueblo, le habló de la caza furtiva y le llevó un día a una montería con señoritos de la capital.

–Eustaquio, no sé yo, si apenas conozco los montes, le comentó al hombre.

–A ver, César, yo ya estoy mayor, eres el único hombre joven en toda esta pedanía sin futuro y sé por tu mujer, que te hace falta el trabajo. Tú pruebas y si te gusta, ya te enseño yo los entresijos de este negocio.

Claudio César aceptó la oferta. Al fin y al cabo, tampoco tenía nada que perder.

Eran las seis de la mañana de un sábado de octubre cuando se subieron al cuatro por cuatro del más joven en dirección al punto de encuentro con el grupo de cazadores que había contratado los servicios de Eutasquio, quien encontró en estas cacerías una forma de eliminar de los campos a los lobos que tanto daño hacían a sus rebaños de ovejas cuando bajaban de las cumbres en busca de alimentos.

Llevaban más de media hora esperando en el cruce de caminos rurales en dirección al coto de Pravia, cuando vieron aparecer un grupo de tres todoterrenos, cada uno ocupado por tres hombres. Cuando descendieron para saludar, César comprobó que vestían ropas caras que él nunca podría permitirse: botas altas de genuino cuero, chaquetas y pantalones de camuflaje, a los que sumaban todo un rosario de prismáticos y visores de caza. Lo más arrogantes se hacían acompañar de una pipa de madera a las que les daban pausadas caladas, como si su sola presencia añadiera un plus de aristocracia a las faldas verdes de aquellas praderas.

Se volvieron a subir en sus respectivos vehículos para dirigirse hacia uno de los puntos más altos del Pico de Andolinas, donde Eustaquio les indicó que la presencia de corzos y jabalíes solía ser abundante. Cuando llegaron, todos se dispusieron a escuchar las instrucciones del pastor.

–Vamos a ver, señores, yo iré delante con mi ayudante, César, y todos ustedes detrás. Estamos lejos de cualquier punto de civilización, cualquier accidente nos complicaría la existencia, a ustedes y a nosotros, así que, por favor, hagan caso de lo que les vaya indicando. Siento decirles que no estamos en temporadas de lobos ni de osos, así que no creo que nos topemos con ninguno pero seguro que veremos ejemplares preciosos de zorros, jabalíes y corzos y alguna que otra perdiz. Otra cosa: una pieza por persona; no más, para evitar problemas con las autoridades. Bien, señores, buena caza.

Tras dos horas de marcha, Eustaquio hizo una señal al resto para que se detuvieran. A lo lejos, vieron al primer jabalí. Uno de los hombres, el que estaba más cerca, apuntó y disparó un certero tiro que acabó con la vida del animal al instante. Los vítores y alegrías del resto no se hicieron esperar acudiendo todos a rodear el cuerpo del animal muerto para hacerse una foto.

–Por favor, señores, nada de subirlas a las redes si quieren repetir la experiencia, advirtió el pastor.

La jornada culminó con la caza de tres cabezas de jabalíes, dos corzos y un zorro.

A Claudio César no le gustó la experiencia de ver matar animales pero los tres mil euros que se llevó por solo una jornada de trabajo, dulcificó el amargor de boca y acalló su conciencia. Aquella fue la primera de muchas cacerías con Eustaquio. Meses después el pastor cayó enfermo y decidió dejar el negocio en las manos de su ayudante, quien, en pocas semanas, ya conocía como la palma de su mano las principales zonas de montes con mayor concentración de animales.

Claudio César a pesar de su reticencias iniciales, se hizo cargo del negocio aunque, eso sí, impuso sus propias reglas: nada de cazar lobos. Siempre le gustó ese animal. Además, había visto varios reportajes que alertaban sobre su desaparición de los montes asturianos.

En aquella ocasión, habían acudido a la cacería un grupo de tres ejecutivos que querían deshacerse del estrés de la ciudad a costa de derramar sangre animal. A Claudio César no le importaban sus razones, tan solo quería que le pagaran lo pactado.

Eran los días previos a Navidad y uno de ellos había manifestado su empeño en llevarse una cabeza de lobo para regalárselo a su hijo en Reyes.

–No, imposible, ya les he dicho que conmigo no se pueden cazar lobos. Además, en esta zona dudo que vean alguno, están casi extinguidos…

No habían pasado tres horas de caminata montaña arriba, cuando dispararon al primer jabalí, luego a otro seguido por un corzo de tamaño medio. Con el trabajo cumplido, César dispuso al grupo en retirada, camino al punto de encuentro con los vehículos. Fue entonces cuando el animal apareció justo frente a ellos enseñando sus imponentes fauces.

–Quietos, no hagan ni digan nada, susurró muy bajito. El lobo se irá por donde ha venido.

Sin embargo, antes de que terminara la frase, el hombre que quería un trofeo con forma de cabeza de lobo, disparó al animal que cayó sin emitir sonido alguno. César no daba crédito

– Pero, pero,…¿qué ha hecho? ¿Sabe usted los problemas que podemos tener por esto?, le preguntó enfadado.

-Hombre, ya que estaba ahí, no iba a perder la oportunidad, además, matan a los rebaños, las gentes del lugar lo agradecerán, contestó el que disparó con una mueca de satisfacción y triunfo.

Claudio César se dirigió hacia él con el puño cerrado pero se detuvo. Entonces, se dio la vuelta y con un cuchillo de grandes dimensiones, le cortó la cabeza al animal.

-No quiero volver a verles, a ninguno de los tres, les dijo mientras arrojaba la cabeza del lobo a los pies. Bajen hasta los coches. Siguiendo el sendero, llegarán hasta una vía secundaria que les conducirá hasta Oviedo. Yo me quedaré aquí para enterrar el cuerpo. No quiero tener problemas con el Seprona. Pero antes, páguenme y no vuelvan a llamarme, ¿me han escuchado bien?

-No seas tan tiquismiquis -le dijo le que disparó al lobo, arrojándole un sobre con dinero que fue a caer justo encima del cadáver del animal. Seis mil euros por cuatro animales creo que bien te merece la pena.

César Claudio lo miró con desprecio pero bajó la cabeza. Sabía que era aún más culpable que aquellos malditos ricachones de ciudad.

Se disponía a cavar una zanja para meter el cádaver del lobo cuando escuchó unos ruidos similares a leves gruñidos. Miró al animal. No podía ser: ¡era una hembra! y debía de estar casi recién parida, por eso se les enfrentó. Encontró a las crías escondidas en un pequeño agujero excavado en la tierra, bajo una gran piedra. Metió la mano y extrajo a tres crías que depositó, una a una, en el zurrón en el que llevaba el agua y los víveres para el día.

Con el cuerpo del animal enterrado y las crías en una caja en la parte trasera de su cuatro por cuatro, se dirigió hacia la reserva en defensa del lobo ibérico de la comunidad. Una vez allí, contó que se había encontrado a las crías mientras paseaba por el monte y que no divisó a la madre por ninguna parte, tal vez le habría muerte algún cazador furtivo…

Aquella fue su última cacería. Claudio César Montañés descubrió al fin por qué su único apellido lo ligaba para siempre a las montañas.

Dedicado a todas las personas y asociaciones que defienden la naturaleza y sus habitantes.

Josefa Molina

josefamolinaautora.com

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