Rosario Ibrahim – Raíces

 

Raíces

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Corrían los años cincuenta cuando lo conoció. Le pasaba diez años, de sus dieciséis. A pesar de las muchas prohibiciones sociales y políticas que soportó por las raíces de su cultura, aquel hombre le cambió su forma de vida, pero sobretodo, la anamoró por siempre. Se sentía como la Julieta, pero de su época. Su Romeo la hechizó de tal manera, que no podía dejar de sentir ese ardiente deseo por él, pase el tiempo que pase. Revelándose con todo y a todos, a escondidas, cada luna llena, en la vieja casucha de campo, abandonada, derruida por el tiempo, alejada del pueblo, desnudaban sus poesías convirtiéndolas en una rima única, de las que solo esas cuatro paredes fueron testigos. Han pasado cuarenta años y que cada vez que regresa, la observa más agrietada, como arrugas tiene su cara. Pero, sin importarle, embelesada, mira la ventana, imaginándole apoyado en ella, como salía hacer. Así, como las hojas nuevas que asoman en su marco, cierra los ojos y vuelve a dar vida a la que fue su mejor poesía. Sí, en cada luna llena necesita volver a las raíces de aquel amor que, aunque efímero para ella, ya no está. La ventana es el espacio entre él y su mundo. Como ella, nunca tuvo puertas que cerraran sus limitaciones. Como ella y como él, iluminó su vida, ventiló su alma, y ahí sigue, haciendo lo mismo que solía hacer, guardarle el secreto y hoy, permitirle revivirlo en cada plenilunio.

 

Rosario Ibrahím

Fotografía de Judith Kimber

 

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