FOTO-RELATO Julia y Coca

 

 

                                              Julia y Coca

 

–  Y hoy, ¿ de qué vas? ¿de psicóloga, cocinera o etnógrafa?

Ya no sabía cómo responder al inveterado sarcasmo de su compañera. Dudó entre responder a la pregunta y fortalecer su actitud provocadora y socarrona, o darle la espalda y hacer que no la escuchaba. Pero sabía que sería un error ignorarla pues no lograría otra cosa que estimular sus arrebatos mímicos de ironía.

Julia Lara se plantó frente a esa figura arrellanada en la mullida butaca, mientras se colgaba el morral a la espalda. Le dirigió una mirada afilada como si quisiera penetrar sus pensamientos, si es que pueden considerarse como tales, o más bien atravesar esos ojos redondos y azules que llenaban su cara, empequeñeciéndola. Observó sus estiramientos corporales, el brillo de su piel, la flexibilidad con la que escurre en el fondo de la butaca que guardaba un eterno olor a salmón ahumado.

– Está bien, está bien, no me respondas si no quieres, ya lo harás cuando regreses, aunque no quieras hablar, con ver tu expresión y el ánimo que traigas a la vuelta, sabré a dónde fuiste y con quién hablaste… Ve, apresúrate, no retrases tu mal día, no desperdicies tu poca paciencia conmigo… Respira, respira profundo, recuerda tus olores del pasado, retenlos en tu memoria, sabes mejor que yo, que esa memoria olfativa es lo único que te conecta con tu extra mundo y te ayuda a sobrellevar tu vida presente. Rememorar olores ha sido tu mejor estrategia para seguir viviendo, cambiaste los miedos por el aborrecimiento. Sí, no me mires así, sé que mientras más aborreces, mayores recursos tienes para seguir viviendo, te ayuda a no dejar el poco sentido que tiene tu vida en estos momentos…

Julia sólo miraba y pensaba…- ¿por qué la dejo que se exprese así, con tanta audacia, con tanto aplomo y temeridad?,  ¡¡¡pero bueno!!!, y a esta criatura, ¿quién le dio concedió tal poder y licencia? …y…

–  Sí, aborrecimiento, esa es tu energía, te mantiene viva y libre de culpas, por fin te has librado de ellas, claro, está muy claro, aborrecer no es odiar, ni despreciar, ni desestimar; cuestión ésta que también aborreces. Es un indulgente y compasivo,  aborrecimiento porque no lo diriges a una persona en particular, no traicionas, te permite mantener tu lealtad a los pocos amigos que te quedan…a ver, mira nada más, a quién podrías hacerle daño aborreciendo la comodidad (fíjate que ni yo, que no me muevo de esta poltrona me doy por aludida); igual como aborreces la obesidad, la mediocridad, la carne frita y todas las fritangas y la gente anónima que las consume, los ismos en general (consumismo, machismo, feminismo, comunismo, espiritualismo, fundamentalismo, fanatismo), el deporte y la mentalidad ejemplarizante y “pura” que promueve; aborreces la música pública e impuesta (pues para ti, la música es un acto íntimo y muy personal), sobre todo la de moda y la gente que la compra y la escucha en la calle. Aborreces casi todas las modas, pero sobre todo aborreces la exposición, el hacer partícipe al público de las extravagancias, el mal gusto y la uniformidad que te excluye de un mundo, al que por cierto no quieres pertenecer, pero que al mismo tiempo te irrita sentirte excluida de manera unilateral sin darte tiempo para declarar tu deseo de exclusión. Excluida por “rara”, por “mojigata”, por “ignorante”, imagínate, ignorante ¡tú!, sólo porque no sabes cómo se llaman esos reguetoneros imposibles de identificar pues son todos iguales, gorditos, calvos y con grandes cadenas y con el rostro cubierto por enormes lentes brillantes. Si, aborreces ese imperativo de la interacción social de la era “made in china”:  las uñas acrílicas, el pelo secado con plancha, hablar y vivir solo para el celular, mostrar tetas, las tengan como las tengan, no importa; sí, aborreces seguir las modas, la uniformidad, la lentitud… Dios mío, te revienta la lentitud, las mentes cerradas, los temas tabú, la falta de inteligencia y de sentido práctico, los monólogos y el “yoismo”, y en este punto sí que te has visto obligada personalizar tus aversiones, pero en el fondo no odias a nadie, sólo aborreces tener que aborrecer…uhhhh, me cansé…

–  Ya, ya, también me cansé, con los años he perdido  la paciencia,  mi aún querida Coca, se te olvidó incluir en tu lista que aborrezco escuchar sentencias… y sobre todo estas, las que llegan como ecos del pensamiento, que llegan bajito pero contundentes, bueno ahora sí me voy… y ya no sé a dónde ir, lo decido en el camino.

Al fin Coca se dio por satisfecha, se estiró y desenrolló a su antojo, saltó de la butaca al mesón  donde estaba el tazón con el atún que su ama le dejaba todos los días preparado y se dedicó a vigilar el ventanal  cerrado, sin poder evitar el disgusto sobrevenido por la desconfianza  de su dueña, quien, después de siete años de convivencia, pensaba que iba a saltar desde el balcón.

 

Niria Suárez 

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