Rubén Mettini – Dermatoglifos

Dermatoglifos

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El coche se desliza insensible por la carretera. Una nube densa de humedad pesa sobre la tierra y el sol la resquebraja apenas. El techo del coche arde y también su cabeza. El paisaje es monótonamente similar a sí mismo. Repite una misma extensión parda, terrosa. Un poco más allá unos montes pelados, como colocados al azar no lejos de la carretera.

Estira las piernas, sin abandonar el peso del pie sobre el acelerador. Los pantalones se pegan a su piel húmeda. El elástico del eslip hiere su entrepierna. La camisa se funde con el cuero del asiento. Aún lleva en la boca el gusto del vino y regurgita la comida de hace media hora. El movimiento de sus humores y el zumbido del motor lo acercan a un sueño ligero.

De tanto en tanto, los ojos se le cierran y hace un esfuerzo para abrirlos. Lejos, el pavimento se vuelve agua. La velocidad lo devora y el agua se desvanece. El espejismo se desplaza, ahora aparece más lejos.

Los ojos se le cierran y hace un esfuerzo para mantenerlos abiertos. Quizás ha sido un momento breve. Muerde la manzana verde que no había tomado en el restaurante. La come ahora para que el movimiento de los maxilares anime a los ojos a mantenerse atentos.

Debe de haber sido un momento breve.

Y ahora sabe que aparecerá un río. Lo presiente por la hilera de sauces inclinados. Al acercarse, inexplicablemente, descubre a una comparsa de comediantes de feria que hace cabriolas y volteretas. Un payaso con las mejillas blancas y una nariz redonda mete los pies en el agua, se moja un tupé de filamentos plateados y bebe agua. Dos malabaristas disparan al aire sus cuchillos en perfecta sincronía. Mengua la velocidad para verlo todo. Un forzudo, con pesas de cartón piedra, hace muecas y gestos obscenos en dirección al coche. La bailarina con la cara blanca lo mira y ríe como podría reírse una esfinge. Al ver el rostro de luna de la chica, sale de la carretera. Cuando detiene el coche, un músico con camiseta levanta dos platillos y los golpea con fuerza. El sonido retumba entre los sauces y parece que va flotando por el río.

Entonces, sentada sobre un tronco, descubre a una gitana vieja, adornada con collares, pendientes y brazaletes. La mujer se levanta lentamente, se sacude las enaguas y las faldas de hojas secas, lo mira fijamente a los ojos y se acerca al coche. Cuando está cerca, él percibe una fragancia de sábanas blancas, limpias. La gitana quiere leerle la mano. No tiene tiempo de negarse porque lo invade una extraña emanación que proviene del cuerpo de la mujer, sus cabellos desprenden una esencia macerada con éter. La anciana le arrebata la mano del volante, te echaré la suerte dice y él no se niega porque se siente ocupado por el efluvio de la adivina, un tufo parecido al que flota en los hospitales y en los enfermos.

La gitana mira la mano, la estudia, después lo mira a los ojos, atónita. La mujer lo observa fijamente y calla. Vuelve a mirar la mano y entonces habla. Le dice que no haga el viaje, que se quede con ellos, cerca del río, que su mano pronostica que tendrá un terrible accidente, que el sueño lo vencerá en la carretera y, entre tanto, él sigue sintiendo en la piel de la mano de la gitana, cada vez más claramente, ese olor de quirófano.

Quizás ha sido un momento breve. La mujer se aleja, parece fundirse entre la sombra de los sauces o hundirse en el río. Todo se vuelve impreciso y borroso.

Tal vez debe de haber sido un momento breve. Percibía que algo le tapaba la boca y la nariz, aunque respiraba con calma. La parecía no tener cuerpo. Le llegaban voces que hablaban de él. Un trapo húmedo le secaba el sudor de la frente. Todo era oscuridad. Los párpados dejaban filtrar una titilación suave, casi imperceptible.

El olor continuaba allí, aún más fuerte, áspero, acre.

Comenzaba a comprender. Comprendía que no había sido un momento breve, que habían pasado muchas horas. Comprendía que la carretera se había oscurecido, que se había quedo dormido mientras conducía, que la comparsa no había estado nunca, ni tampoco la profética gitana junto al río.

Entendía que el coche debía estar destrozado y que el cuerpo era insensible a las agujas que lo atravesaban, indiferente a los cortes y suturas.

Simplemente el olor había sido cierto, real. Una cosa palpable como una hoja de árbol. Ese olor que aún perduraba en todo y en sí mismo.

Comprendía que no había sido un momento breve, pero prefería dejarse llevar por el sueño que lo invadía.

Rubén Mettini

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