Rubén Mettini – Abuelo mago

Abuelo mago

(Basado en una foto con abuelo, niño y perro)

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Nunca entendí, cuando tenía tres años, como el abuelo hacía desaparecer objetos, ya fuera una moneda, una piña de millo o un martillo. Me decía que cerrara los ojos, contara hasta tres y el objeto se desvanecía. Incluso, a veces, los pollitos que corrían por el gallinero se evaporaban entre sus manos. Mamá me decía que mi abuelo Juanito tenía poderes especiales. Mi padre bromeaba comentando que era mejor que no le diera un billete de 100 pesetas porque se esfumaría y nunca más volvería a verlo. Yo no entendía estas bromas. Era muy pequeño.

Cuando cumplí tres años, mis padres me regalaron un cachorrito de perro labrador, todo blanco y con un pelo muy suave. Me dejaban dormir con él porque yo era un niño muy bueno. Me ponía contento, al despertarme, sentir que a mi lado latía el corazón de ese perro pequeñito y me entretenía acariciándolo. Mi madre había elegido Tenesor como nombre de la mascota. Así pequeñito no le hacía honor al apodo, pero cuando creciera, sería un verdadero guanarteme, un rey de mi casa, y espantaría a cualquiera que quisiera entrar a robar una gallina.

El susto me sobrevino cuando el abuelo quiso hacer desaparecer a Tenesor. Lo levantó hasta su cara. Desde mi pequeña altura, veía al abuelo tan enorme, con sus manos grandes, llenas de nervaduras, y a Tenesor tan lejano, aprisionado en esas manos, que pensé que perdería a mi labrador para siempre. Él insistió en que cerrara los ojos. Yo no quería que lo hiciera desaparecer, pero a un abuelo no se lo puede contradecir. Lo hice y conté hasta tres. Al volver a abrir los ojos, el perrito blanco y lanoso que yo adoraba se había desvanecido.

Miraba desconcertado al abuelo Juanito mientras pensaba que Tenesor se había ido al Cielo de los perros y que nunca volvería a dormir conmigo. Ya no lo vería nunca más. Cuando estaba a punto de ponerme a llorar desconsolado, el abuelo me ordenó que me secara las dos lágrimas que caían por mis mejillas, que volviera a cerrar los ojos y otra vez la cuenta hasta tres. Antes de que los abriera, Juanito me puso ese ovillo de lana entre mis brazos.

Salí corriendo a esconderme en un rincón del gallinero. Me quería hacer invisible y ocultar con mi cuerpo la pequeñez velluda de Tenesor. Acariciaba su pelo suave para comprobar que no había perdido nada de su hermosura. A partir de ese momento, temí que el abuelo Juanito volviera a visitarnos e hiciera otra vez su magia con mi querido perrito.

Tenesor creció y yo, inevitablemente, también. Nunca me interesé por los trucos de magia que utilizaba el abuelo. Les tenía más miedo que aprecio. Juanito nunca más fue capaz de hacer desaparecer al perro. No solo porque el labrador se hizo muy grande, sino también porque el abuelo se volvió muy viejo.

Juanito y Tenesor murieron por azar en el mismo año, con pocos meses de diferencia. Yo ya tenía 12 años y sentí, en aquel momento, más la pérdida del perro que la de mi abuelo.

Hoy, con 43 años, me puse a revolver la caja de fotos de mi madre. Ella y mi padre también me dejaron. Solo quedan estas fotos algo amarillentas que cuentan nuestra vida. Fijo mi mirada en esta imagen donde el abuelo tiene al labrador escondido en su espalda. Hoy capto el truco de magia que nunca entendí. Y lloro ahora por todas las lágrimas que no derramé cuando al abuelo se le ocurrió dejarnos, llevándose su magia.

Rubén Mettini

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