Francisco Lezcano Lezcano – Adela Magenta o la cuadratura del círculo

Adela Magenta o la cuadratura del círculo

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Francisco Lezcano Lezcano

 

Después de explicarse, Adela Magenta fijó sus grandes ojos en la mirada del doctor Braulio que, apoltronado en un pomposo sillón de cuero, al otro lado de su barroca mesa, no cesaba de hurgarse la desvaída perilla con los dedos de la mano derecha, mientras con los de la izquierda jugueteaba a hacer girar su bolígrafo sobre la oscura superficie del mueble. Adela Magenta había visitado media docena de médicos y estaba hasta el mismísimo moño de tanta respuesta idiota y, sobre todo, de verse tratada como si hubiese perdido el juicio.

― Entonces, doctor… ¿pone usted en duda mis palabras? ― preguntó, arropando la voz con terciopelo para no transparentar la cólera hirviente que de consultorio en consultorio se le venía acumulando en el alma, y cuyas bridas empezaban a írsele de las manos.

― Repítame su historia, se lo ruego ― solicitó melifluo el doctor, esperando ganarse la confianza de su clienta y además darse tiempo para reflexionar.

La mujer suspiró fastidiada. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no salirse de sus casillas y comenzar por enésima vez.

― Pues, como le he descrito: ayer por la mañana, al despertarme, sufrí un agudo retortijón de vientre. Pensé en una crisis de apendicitis y me asusté mucho. A continuación sentí ganas de… defecar, entonces abandoné la cama a toda prisa para ir al excusado, no fuera a hacérmelo in situ.

― ¿Excusado?

―¡Retrete! ¡W.C!

¡Ah! Perdone mi despiste, señora.

― No tiene importancia. Bien: ya sentada en el retrete, me dije: ¡huy! qué estreñida ando…No obstante, al momento me sentí aligerada… sí, doctor, como un globo cuando larga su lastre… Disculpe mi lenguaje directo. Sigo…me puse en pie para subirme las bragas, y al volverme con intención de vaciar el agua de la cisterna… ¡oh! veo, en lugar de…excrementos ¡el susodicho huevo!

― Esta claro, señorita Adela Magenta…insiste en su convicción de haber ido al wáter… ¡pluf! ¡y un huevo fue hecho!…Así de simple…

― ¡De simple nada! ― protestó con energía. Respiró hondo buscando serenarse. A continuación, con mucho tiento, extrajo de su bolso la prueba que, con ceremoniosa delicadeza, depositó ante el doctor, a la vez que le espetaba:

― ¡Constate!

― ¡Pero señora, constate usted misma!.. Esto no es un huevo… ¡Es un cubo!

― ¡Bingo! y por eso le he dicho que de simple nada ¡Se trata de un auténtico huevo cúbico! Algo tan complejo como la cuadratura del círculo… ¿Ha intentado alguna vez poner un huevo cúbico? Yo le aconsejo abandonar el intento…

― Escúcheme bien, señorita ― solicitó el doctor abrigando sus palabras con algodón ― y no me interrumpa, aunque mis argumentos le parezcan necios. ¿De acuerdo?

Adela, que durante todo el tiempo había permanecido nerviosamente en pie, tomó asiento en el confortable sillón que el doctor le ofreció con un ligero gesto de su larga mano.

Bien, así estamos mejor.

La señorita Magenta esbozó una mueca reveladora de su descontento ante la actitud socarrona y paternalista del doctor, que la observaba por encima del grueso cristal de sus gafas apaisadas.

― Veamos, señorita Magenta, cada persona tiene sus psico-fantasmas. Usted exterioriza y fija uno de los suyos sobre ese objeto salido de no sé dónde.

Adela Magenta estuvo a punto de soltarle una ordinariez.

El doctor, adoptando aires de solemne erudición, prosiguió

― A veces, un gesto drástico es lo mejor para hacer la luz.

Mientras Adela descifraba el sentido de la enigmática frase, el doctor sacó discretamente de un cajón de la mesa, un martillo clínico y con rapidez de karateka, golpeó sobre lo que a su criterio sólo era una manufactura de Taiwan o de cualquier otro territorio de ojos almendrados. No tuvo tiempo de comprobar el resultado de su expeditiva iniciativa, porque Adela Magenta, apoderándose veloz del cenicero humeante en la mesa, le golpeó en la testa dejándolo kao, brazos abiertos y cabeza ladeada sobre la sólida mesa de caoba.

― ¡Asesino! … vociferó a los cuatro vientos, los ojos desorbitados fijos en el mini-feto, convulso en un fluido rosa de apariencia albuminoide bajo la cáscara espachurrada.

Adela Magenta se sentó para esperar indiferente la llegada de los fornidos hombres vestidos de blanco, jadeantes escaleras arriba, al asalto del consultorio.

― Seguro, la mema de la recepcionista ha dado la alarma. ¡Me es igual! En cualquier momento y cuando me dé la gana pondré otro huevo cúbico.

Francisco Lezcano Lezcano

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