FOTO-RELATO El sueño de José

El sueño de José

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El chillido de  la cancela me hizo saltar de la cama sin muchas ganas. Pensé que vendría bien cambiarle el horario a José, un deseo recurrente cada sábado a las 7 de la  mañana pero que luego olvido. Ya son seis años los que le tengo contratado. Mientras me calzo las pantuflas y ajusto el batín, escucho ligeras zancadas por la escalinata, luego  un nuevo chillido pero ya no de gato rabioso como el de la cancela, sino el más aceitado del portón lateral. Entro en el baño con premura, sólo alcanzo a darme algunos enjuagues mínimos porque adivino el apetito que trae y que, sábado a sábado, satisface con fruición. Bajo a la cocina y desde el ventanal lo veo abrir el galpón de herramientas donde se cambia de ropa y me apresuro a prepararle el desayuno. No hace falta llamarlo a comer, nada más sentir el aroma del café viene sonriente a la cocina, se detiene en el umbral de la puerta y asoma de medio lado su pequeña cabeza rapada y saluda: ¿cómo amanece, doña?

Contengo las ganas de decirle que odio el trato de doña, que para él debe ser significar un profundo respeto pero que a mí me cae como un golpe en el tobillo. Siéntese aquí José, le digo señalando el taburete que da la espalda a la puerta de la habitación de Magda. Le sirvo un desayuno contundente-huevos revueltos con cebollino, queso blanco rayado, medio aguacate, mantequilla, dos arepas, jugo de lechosa, café con leche- que mira con una amplia sonrisa y después de hundir el pecho en un gran suspiro me hace la misma pregunta desde hace seis años: ¿todo para mí? Le respondo que sí con un movimiento de cabeza pendular, entre cansado y paciente, y me dispongo a lavar los platos. Aunque lo tengo de espalda, sé que su atención no está en el plato aunque lo degusta con denuedo. Está concentrado en la puerta de la habitación de Magda, pendiente de que se abra en cualquier momento.

-Desayune tranquilo, José; Magda no está, se fue muy temprano a buscar a su hijo para llevarlo de comprar los zapatos de la escuela.

Por el rabillo del ojo me doy cuenta que bajó la ansiedad y siguió comiendo más sosegado. Antes de salir al patio, dejó los platos en el borde del fregadero y toqueteándose el lóbulo de la oreja derecha, gesto al que estoy acostumbrada cuando no se atreve a expresar del todo lo que está pensando, me dice: ¿vuelve hoy o se fue hasta el lunes? Le respondo con esa mirada mía que va entre ay, ay José y un no se meta en aguas turbulentas; pero sólo le digo que comience el trabajo que se hace tarde.

A media mañana estoy en el estudio leyendo el periódico y escucho una especie de gemido nostálgico muy cerca de mí; miro por el ventanal y tengo enfrente a José,  en un amago de tocar con los nudillos el cristal pero al verme detiene el gesto, me brinda una amplia sonrisa y levanta de lado la mandíbula izquierda como quien dice ‘venga, un momento’. Dejo el periódico sobre la mesa y me levanto pensando qué nueva estratagema se ha inventado para saber de Magda, pero ésta vez su osadía subió un peldaño. Le hago señas que espere un momento y corro a prepararle una jarra de limonada pensando que tiene sed. Dejo la bandeja en la mesita del rincón sombreado del patio y le invito a sentarse para se refresque.

-Muchas gracias, doña

-Ande, tome que ya el sol se puso fuerte.

Mientras se lleva el sombrero de paja hacia en centro de la cabeza, me pregunta si tengo a mano el radio de pilas que le presta Magda, le digo que no, que esa radio no es mía, es de Magda e imagino que la dejó en su habitación cerrada con llave.

-¿Y la doña no tiene la llave?

-Debo tener una copia guardada pero no me parece prudente entrar en su habitación si no está en casa, no voy a invadir su privacidad, José

-¿Y si le pide permiso por teléfono?

-A ver, José, hoy es su día libre, está con su hijo, ¿no le parece inoportuno?

-Está bien, doña, disculpe si la ofendí

-No me ha ofendido, José, pero entienda que no se puede entrar así en las habitaciones de la gente. Y por el baño no hay problema, puede usar el de las visitas, el que está en el pasillo, como bien sabe. Ande, refrésquese y siga con la poda de la hiedra, sabe lo grande que es el muro.

Me levanto para regresar al estudio pero algo ronda en mi cabeza que no me deja tranquila, me vuelvo a sentar y es de allí le hago señales a José que se acerque.

-Espere un momento, doña; voy a lavarme la cara

Cuando regresa lo invito a sentarse.

-Ahora dígame, José, ¿qué se trae con Magda? No quiero problemas; además usted es un hombre casado con un chorro de hijos pequeños, que se tiene que fajar en serio para llevarles la comida a la mesa. Dígame, ¿qué hace un hombre en su situación rondando a una joven, que si bien no está casada tiene un hijo del cual hacerse responsable? Y hasta donde sé, a ella no le interesa una relación con usted, o ¿me equivoco?

José se queda mirando la losa del piso, la cabeza inclinada como un monje trapense en oración, y los brazos estirados hacia abajo intentando aferrarse a sus rodillas. Cuando levanta la cara un ligero temblor de los labios lo hace sonrojar, en medio de un ostensible sofoco apenas logra mascullar:

-No se imagine lo peor, doña. Llevo aquí seis años, me acuerdo clarito desde el primer día lo bien que me siento en esta casa. Es muy raro, tengo conciencia que no es mía, que no pertenezco a ella, pero la tengo metida en el cuerpo, como puedo tener a Magda, pero…por favor no me miré así; cuando digo que los tengo metidos en el cuerpo no es en el sentido sádico, es como si la casa me llevara a mí dentro de ella, como si anduviera conmigo, como una presencia.

-¿Eso le alegra o le entristece?¿ lo deprime?

-Pues, es cierto que no es normal vivir así, a veces pierdo la conciencia de mí mismo; es como si la casa me llevara todas partes, conmigo adentro, entre paredes de cristal; es muy raro todo; como un sueño continuado.

-Lo que entiendo José, es que una vez que sale de aquí, no cierra el ciclo, sigue  rememorando los episodios del día y ya se entretiene en el recuerdo, ¿es algo así?

-Ese es el problema, que no lo vivo como un recuerdo, es como soñar despierto. Llego a mi casa y mis ojos ven desorden, suciedad; escucho gritos y reclamos, hay oscuridad, humedad, mal olor, pero nada entra mi conciencia. Entro en el baño angosto y destartalado y nada más me cae el chorro de agua fría, ya estoy de nuevo transportado, entonces me llegan los olores de esta casa: el aroma del jazmín, de los malavares y de las rosas, el olor de los bizcochos y las galletas que hornea Magda en las tardes, la música suave que pone usted cuando llegan sus amigas a jugar cartas; escucho las risas alegres de las conversaciones y sobre todo los perfumes que usan, porque aunque no me les acerco, esos olores se le quedan a Magda en sus manos, en sus ropas, en su pelo, y ella me los pasa cuando me lleva la merienda de la tarde; esos olores se quedan sólo un rato, pero en mi cabeza siguen estando.

-Me ha dejado sin palabras, José

-Mejor así, con todo respeto mi doña, si me va a retirar del trabajo que no sea hoy

-¿Por qué?

-Porque Magda no está y no me dejaría su último olor para llevarlo conmigo.

-Está bien, José, no le voy a despedir, pero su vida aquí queda mucho más comprometida porque usted seguirá siendo el único responsable de que los olores de éste jardín perduren; ande, hombre, siga con la poda antes que el sol se ponga más caliente.

Me levanto de la silla y no se me ocurre otra cosa ir a oler las flores de jazmín.

Nira Suárez

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