Rubén Mettini – Fuego en el mar

Fuego en el mar

Mar de besos que cubren

tus manos marcando

una huella.

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Un día Lucy me preguntó con mirada irónica por qué siempre que conozco a algún chico por la calle lo llevo a mi casa. Me quedé callada…

Creo que la pregunta de Lucy era malintencionada. Ella no sabe nada de mi vida. No comprende que a mí me gusta llevar a los chicos a casa para que me conozcan mejor, para que vean mi habitación cálida, el espejo, el pañuelo antiguo que pongo sobre la lámpara para que proyecte sombras maravillosas. Ella no entiende que los llevo para que descubran mis secretos y a mí misma tal cual soy: virgen y comunicativa, espontánea y pura.

Me gusta caminar por el barrio Gótico, sentir el olor de las calles, el tacto de los relieves y de las piedras. Ahora me acuerdo de esta historia que tenía tan olvidada. Un día encontré junto a la catedral a un chico que se sentía la mar de mal. Me puse muy triste al verlo así. Su frente sudaba. Mis manos en un movimiento casi angustioso abrieron el bolso buscando a tientas un pañuelo para secarle las gotas de su frente. Me pidió que me quedara a su lado hasta que se repusiera. Estuve unos minutos en silencio junto a él. Cuando vi que respiraba con más calma, le propuse tomar un taxi e ir a mi casa donde podría descansar y sentirse mejor.

Al entrar busqué a tientas la luz. Le dije que se estirara sobre mi cama. Velé las bombillas del cuarto y dejé una luz tenue para que reposara. Yo me desvestí. Me quedé solamente con una bata cómoda, la que uso siempre en casa. Me senté en un taburete frente al espejo. El señor de las imágenes me miraba y me veía blanca, pura. Me alegraba poder ayudar a alguien que me necesitaba. Lo observaba dormir. Observaba su piel morena, su cabello rizado muy oscuro, sus manos grandes que sujetaban, como las de un niño, la almohada con la funda de puntillas que me regaló mi madre.

Yo no pienso como Lucy. Me gusta conversar con la gente nueva, conocer a los desconocidos, pero no quiero que nadie tome esta particular locura por una manía erótica. No. Yo nunca. La compañía, la proximidad de esa otra persona satisface todos mis deseos. Todos lo comprenden. Paso unas horas preciosas junto a la persona que viene aquí y ella conoce mi intimidad a través de los objetos que tienen un lugar elegido con cariño en esta habitación. Ofrezco amistad no erotismo. Lucy no lo ha entendido nunca.

Mientras pensaba todas estas cosas fue pasando el tiempo. El chico se despertó preguntándose dónde estaba. Yo me acerqué. Supuse que un trago de coñac le vendría bien. Serví el licor en dos copas de cristas delicadas de cuerpo y bebimos.

Me estiré a su lado y conversamos como si ya hiciera mucho tiempo que fuésemos amigos. Íbamos enterrando las cenizas de nuestros cigarros en un cenicero de porcelana que nuestras manos sostenían en desequilibrio sobre el edredón, del que siempre digo que es la piel de la noche.

De la cajonera que me regaló mi madre cuando vine a vivir aquí, saqué un álbum de fotos de un viaje por el sur. A través de las fotos, él recordó la tierra donde había vivido hasta hacía poco. Al ver una foto del mar, comenzó a contarme una historia, un hecho extraño que él decía haber presenciado en aquellas tierras. Se incorporó y se apoyó sobre su codo. Su cara se trasmudaba hermosamente recordando aquellos momentos.

Un día el mar se incendió. Era una noche, no un día. No se sabe por qué fue, decía, pero toda la orilla, entre la arena y la espuma, se llenó de fuego.

Yo me quedé con los ojos sorprendidos, alelada ante una imagen tan maravillosa. Decía que aquella noche los peces saltaron fuera del agua. Se asomaron para ver las llamas. Los fuegos fatuos bailaban sobre la superficie ondulada. Las llamas se levantaban en colores rojizos, azules, verdosos. Mientras me lo contaba me iba dando besitos lindos, chiquitos, en la mejilla y en la frente.

Era absurdo intentar apagar ese fuego que ardía sobre las aguas. La gente del pueblo se asomó a la playa para ver ese magnífico espectáculo. Después decidieron hacer…

Cuando comenzó a contarme esa parte de la historia, yo me fui quedando dormida. Me ganó un sopor inmenso. Pensé que sería efecto de la copa de coñac. Me parecía no sentir mi cuerpo. Su voz era como un arrullo y sus besitos chiquitos como un revoloteo de mariposas.

En mi sueño seguí viendo fuego sobre el mar, vi una espada que salía de las aguas como Excalibur y un arco iris formado por las llamas.

En la noche creí reconocer –pero eso se piensa después, al despertar– el picaporte que encajaba en la cerradura, aunque el sonido entró dentro de mi sueño. Yo experimentaba el mareo de los mares, las olas se alzaban como en un maremoto y yo iba caminando por la playa con una copa de cristal llena de zumo de fresas, rompía la copa al tropezar y caía en el agua caliente.

Al abrir los ojos, él ya no estaba. Se había ido durante la noche. El ruido de la puerta fue lo único que quedó de la despedida. Intenté levantarme. Todo mi cuerpo se sentía cansado. Pensé que ese sueño, tal vez pesadilla, no me había dejado dormir bien. Me miré el cuerpo y vi en la entrepierna unas manchas rojizas, secas sobre la piel. Pensé que era como si realmente, no solo en el sueño, se hubiera derramado zumo de fresas.

Luego me duché y salí a la calle. Estaba segura que conocería a alguien para charlar. Lo invitaré como siempre a visitar mi casa. Lucy no entiende que solo los invito para que conozcan mis secretos y a mí misma tal cual soy: comunicativa, espontánea y pura.

 

Rubén Mettini

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