Juan Francisco Santana – Caricias inolvidables

Caricias inolvidables

Aquella entrañable viejecita me dijo, toda cubierta de negro (siendo niño la escuché): me aferro a la desmemoria para evitar arañazos de gatos que a mí me rondan. Rodeados de tuneras y lagartos que observaban, atentos, desde los huecos de aquellas pétreas paredes…¡así lo recuerdo!, Victoriana, ese era su nombre, mi bisabuela, me acompañaba y su mano me tendía, amorosamente, y yo agradecido y deseoso le daba, sonriéndole, la mía. Podría afirmar, sin equivocarme, que cada día, al sol, aquellos lagartos salían a esperarnos aunque, en ocasiones, no llegáramos, como se esperaba, pues nuestras visitas se espaciaban, cada vez más, en aquel tiempo inolvidable que como chocolate al sol se derretía, diluyéndose, sin percatarme, entre las finas líneas que separaban mis dedos. ¡Ya  nos conocían! A mis azucaradas goteantes sonrisas, ¡de emociones no contenidas!, se acercaban. Se acostumbraron a nuestro lento paso y muy tranquilos ellos se sentían cuando en la palma de la mano se les ofrecía miguitas de pan y, en raras ocasiones, trocitos de María. ¡A cientos los golosos se acercaban!…a la dulce anciana y al curioso niño que, con delicadeza, les acariciaban y no les temían.

Posiblemente de manera literal no fuera, aquella frase que yo entonces no entendiera y que al oído me decía aquella bondadosa mujer, mi bisabuela, pero me percato cada día, ¡es obvio!, de que me acerco, de forma inevitable, a entender lo que aquellas sabias y dulces, pero también tristes, palabras contenían. Arrugas y tersuras, tersuras y arrugas…¡qué bien se entendían! ¡Cuánto se querían!

Los cambios progresivos que conlleva el caminar, bajo el peso del Sol y de la Luna, por las sendas elegidas, y también por las no elegidas, van dando las respuestas que antaño no tenías. Las ausencias de seres queridos, de amigos, de vivencias…de recuerdos (los que tienen la suerte de tenerlos aún consigo) van haciendo que, en algunas ocasiones, la desmemoria sea un bálsamo, una manera de evitar el tormento de sentirte cada día más solo…igual que los ancianos que lloraban sin saber realmente la razón de su desdicha. ¡Simplemente lloraban!

No es sólo soledad, también es abandono y olvido y tristeza y desdicha y escarchada espera, es la renuncia a conversar con Nix; es el pavor a encontrarse de frente con Hestia y no poder evitar el estrecho pasillo que nos conduce al Descampado; es el no poder escuchar una voz amorosa que te acerque a tus recuerdos pues, a modo de disculpa, te dan las buenas noches, desde lejos, o no desean compartir tu humilde cena a pesar de encontrarse, ¡tan cerca!, al final de la escalera, tras una puerta cerrada, a cal y canto. ¡Cuánto te añoro…mi querida amiga! ¡Cuánto dolor siento al pensarte de manos con el miedo…!

Se te acerca, de puntillas, la Memoria silenciada por banales mezquindades, aunque algunos quisieran confundirla, para que siga margullando en el mar de las dudas, con aquella desmemoria que otrora se impusiera. ¡Cuánto añoro las caricias de mi bisabuela Victoriana!

Facebook: Juan Francisco Santana 

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Un comentario

  1. Muchísimas gracias por compartirlo y así traer, ese domingo, a mi memoria el amor de Victoriana y, desgraciadamente, el terror a la soledad de una queridísima amiga. Muchos besos y abrazos.

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