Sasa Sosa – Quijote

Quijote

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Me encantó aquel edificio desde la primera vez que lo vi, con aquellos enormes ventanales para dejarse atrapar por ensoñaciones desde un alféizar cualquiera. Solo llevaba unas semanas en mi nueva casa y ya tenía la sensación de estar en un verdadero hogar. Por fin un hogar de verdad. Ella era maravillosa, se ocupaba de nosotros con total entrega, como si fuésemos los seres más importantes de la tierra. Su recién estrenado marido y yo éramos una prioridad en su vida y a nosotros se dedicaba con un amor y una ternura a la que fue muy fácil acostumbrarse.

Desde que dejó el trabajo porque él cobraba lo suficiente como para vivir holgadamente con un único sueldo, teníamos más tiempo para estar juntos. Desayunábamos los tres en la cocina y cuando él se marchaba, ella se dedicaba a las tareas de la casa; al terminar nos sentábamos un rato en la terraza y disfrutábamos del delicioso sol del invierno. La alegría estaba de nuestra parte.

Hoy todo olía a pastel de carne, los efluvios de la deliciosa receta inundaban todas las habitaciones otorgando a la casa la categoría de ‘hogar’. Como siempre, yo estaba tumbado en el sofá cuando él llegó del trabajo. Le dio un beso mínimo y pasó a mi lado ignorándome por completo. ‘Llegas un poco tarde, cariño’ le dijo ella mientras le ponía el plato delante. Entonces empezó todo.

-¿Que llego tarde? ¿Te crees que me levanto a las siete de la mañana para salir a jugar? No tienes ni idea de lo duro que es un día en mi trabajo, claro como tú estás todo el día mano sobre mano…

-Yo solo lo decía porque la comida ya está un poco fría, cariño…

-¡Pues la calientas, coño! ¿Para qué te compré un maldito microondas? Además, este pastel de carne parece una suela de zapato, ¿es que quieres envenenarme?

Entonces empezó a gritar que siempre le hacía lo mismo, que él llegaba del trabajo cansado y ella lo recibía con sus cantinelas, que era una egoísta y solo pensaba en sus vestidos y en su estúpido gato, que lo que tenía que hacer era ocuparse de la casa y de que todo estuviera perfecto para cuando llegara del trabajo, un trabajo que le pagaba los vestidos, las cenas y los viajes. Me di cuenta de que él hoy olía distinto, como ácido, y de que su forma de hablar era más atropellada, parecía otro siendo él mismo.

-¡Yo esta mierda no me la como! Prepárame una tortilla, pero a ver si eres capaz de no quemarla, que últimamente pareces atontada, ¡joder! ¡Mira que eres idiota!

Ella bajó la cabeza, le retiró el plato acercándose despacio y se fue a la cocina sin hacer ruido, como temiendo que el más mínimo sonido pudiera enfurecerlo más. Mientras tanto, el se sentó delante del ordenador de mesa, que estaba encendido y con el Facebook abierto. De pronto le cambió la cara, se puso rojo y se levantó con violencia tirando la silla al suelo. Luego cogió el ordenador, lo lanzó con furia contra la pared y se dio la vuelta, buscándola. En los ojos de ella había terror, en los de él desprecio y cólera. Ella estaba clavada en la puerta de la cocina, incapaz de reaccionar. Instintivamente empezó a retroceder, sin saber muy bien qué era lo que le pasaba a su marido. Al mismo tiempo, él se acercó a ella.

-¿Quien coño es ese tipo que te manda mensajes privados? ¡Dímelo ahora mismo, puta! Y mientras gritaba la zarandeaba cogiéndola por los hombros.

-No lo sé, es solo alguien que me pidió amistad, nada más, no es lo que piensas.

-¡Y cómo coño sabes tú lo que pienso, estúpida! Debes ser la única mujer del planeta que no sabe qué es lo que quieren los hombres…¡pareces idiota!

Entonces la agarró por el cuello de la blusa y le dio una bofetada que le dibujó un hilo de sangre en la comisura de los labios. Ella quiso zafarse y echar a correr, pero él la agarró por el pelo y la arrastró hasta el dormitorio, cerró la puerta…y ya no sé qué más pasó. Solo sé que varias horas después él salió de la casa con el pelo alborotado y no volvió hasta bien entrada la noche.

Entré en la habitación con una extraña sensación en el estómago. Estaba acostada de medio lado con la ropa echa jirones, llena de arañazos y golpes. Lloraba. Me quedé en la cama con ella, acurrucado a su lado para que se sintiera acompañada y a salvo. Así pasaron las horas hasta que se calmó.

Cuando estábamos terminando de cenar, en absoluto silencio y con la tele apagada, oímos el sonido de la llave en la cerradura. Los dos nos quedamos paralizados y antes de que pudiésemos volver a respirar, él ya estaba en la cocina. Venía descompuesto, con la ropa sucia y un asqueroso vapor que le salía por boca. Se quedó mirándola, miró el plato de comida, volvió a mirarla a ella y entonces se abalanzó como un loco, con la mirada desencajada por la ira; la tiró al suelo y empezó a darle bofetadas con una mano mientras con la otra la agarraba del cuello. Estaba como ido, fuera de sí, gritándole que si no le habían dado ese ascenso que tanto merecía era porque ella le daba tantos problemas y no podía concentrarse, que ojalá no se hubiera casado nunca con ella, que era una puta despreciable que no servía para nada. Yo intenté ayudarla, pero me dio una patada que me estrelló contra la pared de la cocina y me dejó un sabor herrumbroso en la garganta.

Ella solo gemía, emitía sonidos terribles a cada golpe, y él seguía y seguía, a horcajadas encima de ella y dándole bofetadas hasta que, cubierta de sangre, perdió el sentido. Cuando se dio cuenta de que ya no se quejaba, paró. Entonces corrió al cuarto de baño en busca del botiquín. Durante varias horas la cuidó, le limpió las heridas susurrándole palabras de amor, diciéndole que lo perdonara, que nunca más volvería a suceder y le besó aquellas zonas que antes había golpeado violentamente. Luego la ayudó a llegar al dormitorio y allí se encerraron hasta el día siguiente.

Pero el día siguiente solo era un día más, porque cuando él llegó del trabajo cuatro horas más tarde de lo normal, sin avisar y con el mismo aliento de otros días, supimos que algo iba a pasar. No hizo falta nada para que todo volviera a estallar. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que desencadenó aquella oleada terrible de violencia y brutalidad. Lo primero que hizo fue cortarle la melena rubia de un solo tijeretazo, luego le arrancó toda la ropa y empezó a golpearla contra las paredes dándole unos empujones salvajes que resonaban en toda la casa. Cuando la tuvo de cara a la pared se bajó la cremallera y sacó algo que le metió entre las piernas, apretando violentamente una y otra vez hasta que un sonido gutural, que parecía de satisfacción, salió de su garganta. Ella ya no gritaba. Entonces la tiró al suelo y empezó a darle patadas brutales en el estómago, en las costillas, en la cabeza. -¡Tú tienes la culpa! -le decía con cada golpe- ¡Yo no soy así, pero es que tú me vuelves loco! -y seguía golpeando aquel cuerpo que un día había amado -¡Mira lo que me obligas a hacer, hija de puta! ¿Por qué no puedes hacer lo que yo te digo? ¿eh? ¿por qué?…Ella permanecía encogida en el suelo, intentando protegerse con las manos, llorando y gimiendo como un animal agonizante. Entonces él paró un momento para coger aire y yo corrí hacia ella para socorrerla, pero de una patada me dejó inconsciente durante no sé cuanto tiempo. Solo sé que cuando me desperté ella estaba inmóvil en el suelo, desnuda y con la cara tan desfigurada por los golpes que era imposible reconocerla. La casa estaba destrozada: cuadros rotos, muebles reventados, paredes salpicadas de sangre…y él sentado en el sofá con la cabeza entre las manos, unas manos en carne viva, llorando y mirando aquel cuerpo despedazado, como si fuera incapaz de entender lo que había hecho.

Supuse que mi vida en aquel lugar había acabado, que ya no había motivos para seguir allí, que tocaba buscar, otra vez, un hogar. Me llamo Quijote y solo soy un gato común, un gato cualquiera que busca un lugar tranquilo donde vivir en medio de estos animales racionales. ¿Acaso es mucho pedir?

FIN

Facebook: Sasa Sosa

Blog: Sasa Sosa – Cuentista Impenitente

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9 comentarios

  1. Excelente relato, tiene un buen ritmo que te atrapa desde el principio, una historia que desgraciadamente aún viven muchas mujeres. Te mando un fuerte abrazo. ¡NO A LA VIOLENCIA!

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