Rosario Ibrahím – Mi elixir

Mi elixir

“Apetito y sexo son los grandes motores de la historia, preservan y propagan la especie, provocan guerras y canciones, influyen en las religiones, la ley y el arte. La creación entera es un proceso ininterrumpido de digestión y fertilidad;…”

Afrodita… de Isabel Allende

 

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Cada vez que entro, percibo su aroma.

Huelo a comino, a perejil, a clavo de olor…olores que me hacen recordar la última vez que cocinó.

Intentando sacar el elixir más selecto, como de costumbre, me saluda con entusiasmo, mientras pela una montaña de cebollas. En su faena, y sin haberle preguntado, me espeta que había leído que la cebolla es un vegetal afrodisíaco.

Experto en cocina afrodisíaca, y amante fiel de la literatura erótica, me cuenta una singular anécdota que leyó en el libro “El jardín perfumado”. Con cierta ironía, me relata que el libro acontece que el miembro de uno de los personajes permaneció erecto durante treinta días sin interrupción porque comió cebollas. Con una risa aparentemente burlona, me afirma que aunque era cierto lo que cuenta el libro, las cebollas que pela son para la sopa.

Mientras la sopa empieza hervir, de pie y sobre el poyo, escribe apresurado en un pequeño bloc. Ingredientes, formas y sabores que le ofrece cada plato que cocina hacen posible su primer recetario erótico.

Su labia exquisita y el buen sentido del humor lo delatan. En aquel hogar, la risa y los festines de comida eran los principales invitados.

Proveniente de una familia de larga tradición de refinamiento culinario, a sus cincuenta años, Gabriel se convierte en el mejor chef de la zona. La tradicional cocina y su propia alquimia identifican sus platos.

Para conseguir una buena receta, lo principal es tener siempre alimentos frescos -decía mientras cocinaba.

Todos los días, y antes del amanecer, le acompañaba animosa a su rutinario paseo trayéndonos pescado fresco o marisco del pequeño puerto pesquero de la bahía de Portofino. Del mercado, lugar donde solíamos realizar nuestra última parada, traíamos la carne y la verdura.

Con el propósito de elaborar el mejor plato, desde el alba empezaba a trabajar con sus mejores armas, calderos y fogones empezaban a hacer su función.

Debido a su labor por la cocina afrodisíaca, solía curiosear en ciertos libros  eróticos el significado de algún alimento.

Señalando con el dedo algunos de los que allí estaban, me ilustró algunos conocimientos, que haciendo memoria de aquella estampa gastronómica, recordé a retazo.

Empezó por la carne de cabra del macho, que decía representa la energía sexual masculina. El marisco, la cebolla, los ajos (de los ajos, que lo tenían que comer los amantes porque el olor impregna hasta la piel), el perejil, hierbas como el laurel (símbolo de la virilidad), los huevos, vino blanco y tinto, el brandy, los limones, las manzanas (símbolo de la tentación), el membrillo (que junto con la manzana y la granada, es la fruta simbólica de Afrodita, la diosa del éxtasis sexual y la juventud), las ciruelas (símbolo de las partes íntimas de la mujer en el arte chino), el higo (que en algunas partes llaman higo a la vulva y en otra a los homosexuales),… Alimentos, entre otros, que se repartían entre la mesa y el poyo y que esperaban ser manipulados por sus manos y degustados por su buen paladar.

Entre tanta exquisitez, preparó el almuerzo.

Unos acostumbrados y sabrosos platos hicieron hueco para el postre. Una relación de frases y citas del libro “Afrodita” de Isabel Allende, endulzaron el que sería el último plato. De su bloc acartonado leyó que “el único afrodisíaco verdaderamente infalible es el amor”, que “el segundo más poderoso es la variedad”, que “los afrodisíacos son el puente entre la gula y la lujuria”, que “el vínculo entre la comida y el goce sensual es lo primero que aprendemos al nacer”, que “desde la lactancia hasta la muerte, la comida y el sexo tienen la misma garra”, que “la fuente del poder sexual es la curiosidad, la pasión”, y que “una de las pocas cosas que tienen en común hombres y mujeres es el sexo y la comida”.

En silencio, dejando reposar unos segundos el textual postre erótico, me revela ilusionado que llegó a su vida una receta especial. La mezcla de esos ingredientes afrodisíacos como es el amor, la curiosidad, la pasión, el misterio, las risas, las palabras, las lágrimas,…hicieron posible un plato inigualable, me cuenta. Ese plato se llama John. Me caso con él, María. Viviremos en París, puntualizó presentándome en foto a su nuevo amor.

Tras ese último acto con sabor a despedida, vuelvo de aquel recuerdo y observo la cocina vacía. Una realidad que ahora me huele a cerrado.

Ha pasado un año.

Su partida significó que el color, la alegría, las ilusiones, los sabores…desaparecieran e hicieran que abandonara la casa que habíamos compartido como compañeros de piso. Cuando se fue, sentí que mi vida estaba vacía al igual que mi estómago. Pues aunque comiera, mis sentidos no apreciaban ni el olor ni el sabor de los alimentos. Su ausencia me desveló, sin haberme dado cuenta antes, que estaba enamorada de él. Reconociendo mis emociones, y sabiendo que conquistarle era inviable por su homosexualidad, decidí cerrarla, y partir también.

Intentando rehacer mi vida, no puedo evitar visitarla de vez en cuando y percibir, a través de lo que mi memoria no puede olvidar, su aroma, mi elixir, la única cura que alivia mi angustia.

Facebook:  Rosario Ibrahím 

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5 comentarios

  1. Un hermoso cuento, Rosario Ibrahím. Por fin entra algo de homoerotismo en PyV. De todos modos, un ataque de priapismo durante un mes, no quisiera vivirlo jamas. Espero que sigas nutriéndonos con tus relatos y poemas.

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