Rubén Mettini – Sueño de Navidad

Sueño de Navidad

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Rubén escribió este cuento mientras dormía, en el amanecer del 25 de diciembre de 2015. No le resultaba raro soñar, pero sí escribir en el sueño un relato de Navidad. Hacía pocos días que vivía en Las Palmas de Gran Canaria y había pasado la Nochebuena solo, como es habitual.

  En la escritura aparecía Pablo, un niño de seis años, que vivía con su papá Marc y con su nueva mamá, Maite. Era muy querido por ellos dos. Desde el momento en que conoció a Marc, Maite deseó ser una buena madre para el niño. Los dos le compraban muñecos de peluche, juguetes y ya lo habían llevado dos veces a Euro Disney que era el lugar que Pablo prefería. Allí se encontraba con la Sirenita, con Blancanieves y el Rey León. Pero, sobre todo, a él adoraba a Minnie porque la enorme muñeca lo abrazaba fuerte, muy fuerte y, en esos instantes, a Pablo le venían a la memoria los abrazos que le daba Nelita. No se acordaba de ella, solo le quedaba la sensación de felicidad cuando ella lo estrechaba contra su pecho. Ya se había acostumbrado a su ausencia porque Nelita se fue cuando él era muy pequeño. No recordaba nada, solamente que él se quedó a dormir mucho tiempo en casa de Mercedes y la abuela le compró tantos chuches que quedó empachado Cuando Pablo cumplió cuatro años, Marc le contó que su mami se había ido muy lejos y que no iba a volver por un largo tiempo. Vaya, se hizo un lío y tampoco entendió mucho lo que le explicó su padre. Poco después llegó Maite, que era tan cariñosa, y ya no quiso preguntar más por Nelita.

  La casa de Mercedes era su lugar preferido. La abuela tenía un jardín en el fondo de la casa y él podía correr entre las plantas y los árboles. Desde el jardín se veía el mar que parecía un telón pintado, como las escenografías que hacían en la escuela. Le gustaban los árboles frutales y se hartaba de higos o mangos según la época. Además, Mercedes le preparaba un chocolate bien denso para merendar y le compraba chuches, cada vez que salían juntos a comprar al supermercado.

  Y lo que más le gustaba a Pablo era pasar la Nochebuena en casa de Mercedes. Esa noche Marc y Mercedes lo llevaban temprano para que pudiera jugar con las figuritas del pesebre. A él la cena no le importaba mucho. Esperaba ansioso que se terminara, porque después Mercedes traía los turrones de chocolate, de coco, de almendra, aunque lo que él prefería eran las figuritas de mazapán que tenían forma de enanitos y que se deshacían en la boca, dejando la lengua dulce y pastosa.

  Iba dando vueltas alrededor del árbol, muy nervioso, porque esperaba a Papá Noel. Tan nervioso que se hacía pipi y Marc cada año tenía que llevarlo al baño. De regreso, ya había pasado Papá Noel y nunca podía verlo. Pero no importaba porque le había dejado, junto al pesebre, los regalos que pedía. Había regalos para la abuela, para Marc, para Maite, pero siempre el paquete más grande era para él. Y se impacientaba sacando lazos y papeles de envolver hasta encontrar el regalo pedido.

  Y cuando se cansaba de jugar, se iba a dormir a la habitación que Mercedes dejaba preparada para él. Había sido el dormitorio de Marc, por eso a Pablo no le gustaban los pósteres que estaban pegado en las paredes. Eran muy antiguos. Fuera de eso, la habitación le encantaba, sobre todo porque tenía una ventana por donde veía las copas de los árboles frutales y, algunas noches, la luna reflejada en el mar. Otras noches, el mar estaba tan oscuro que él no distinguía nada.

  La Nochebuena de 2014 tuvo sueños inquietos. Aparecía Caruso y le rasguñaba la mano. Pablo lo apartaba, pero el gato seguía molestándolo. En el sueño él le decía «Caruso, déjame dormir», pero el minino no paraba de incomodarlo. Al final, Pablo lo ponía sobre la almohada y lo sujetaba fuerte para que Caruso se quedara quieto. Se despertó, a la mañana, sobresaltado porque el gato lanzó un maullido escandaloso. Mercedes le había puesto el nombre de ese tenor, que Pablo no conocía para nada, por tener ese maullido tan sonoro. Lo más sorprendente de todo era que Caruso estaba ahí, sobre la almohada, pasando su pata por la oreja de Pablo.

  Enseguida entró Mercedes y se quedó asustada. No podía creer que su gato hubiera vuelto de entre los muertos. En la Navidad del año pasado, la abuela estaba muy triste porque hacía dos meses que Caruso había muerto de una intoxicación. Al verlo allí, Mercedes especuló que tal vez Caruso se había escapado con una gata soprano y no había fallecido tal como ella había pensado, pero eso no podía ser. Se puso muy contenta con la reaparición. Le dijo a Pablo que era un milagro de la Nochebuena y que, por ser una noche tan especial,  él había tenido el supremo poder de volver a la vida al gato Caruso. Pablo no entendió bien eso de “supremo poder”, pero se puso loco de alegría de poder devolverle el gato a su abuela que estaba tan sola.

  Rubén despertó por un momento del sueño y dejó la escritura del cuento. Tocó la almohada. Ahí no había más que pelusas de la funda. Volvió a caer dormido y retomó el sueño. Buscaba más hojas blancas para seguir con su relato. Tanto en los sueños como en la realidad, Rubén siempre escribe en hojas blancas y con un bolígrafo negro.

  Pablo estaba reunido, junto a la familia, en la mesa de la Nochebuena de 2015. Había pasado un año desde la aparición de Caruso. El gato daba vueltas, esperando que Mercedes le tirara un trozo de queso. Marc le dio la noticia de que iba a tener un hermanito y Maite le dejó tocar su panza. Ya hacía unos meses que veía que su nueva mamá se engordaba más y más. En esa cena le contaron que en la barriga estaba su nuevo hermano y que, en unos meses, iba a llegar. Pablo no pudo alegrarse. Estaba pensando en las cajas grandes que recibía para Navidad. El año próximo las cajas iban a ser la mitad de grandes. Una para él y otra para el hermanito, así que se puso a comer las figuras de mazapán para olvidarse del hermano, de la panza de Maite y de los regalos.

  Esa Nochebuena el paquete fue realmente pequeño. Adentro había un teléfono móvil, pero era de mentira. Ese teléfono no se lo merecía un niño que tenía seis años y que ya jugaba con el ordenador. Intentó disimular el disgusto, aunque sintió que le habían tomado el pelo. Les dio besos a todos, dijo que estaba muy cansado y se fue a dormir. Dejó el móvil falso en el cajón de la mesilla de noche. Se quedó bastante enfadado con Marc, con Maite y con Mercedes, aunque el regalo debió de ser idea de su padre. Lo tomaba por un chiquilín y no por un niño de seis años. ¡Qué rabia!

  Se durmió enfadado. En el sueño, aparecía mágicamente Nelita y lo abrazaba como lo hacía Minnie, vaya, como lo hacía Nelita antes de irse, cuando él era muy pequeñito. Antes no hubiera podido, pero esa noche ya tenía la fuerza de un niño de seis años y había comido muchas figuritas de mazapán. Hacía fuerza y agarraba con toda su energía los brazos de Nelita para sacarla de su sueño hacia la cama. Daba un estirón tan impetuoso que se despertaba. Y allí estaba Nelita, a su lado, abrazándolo y acariciando su cara. «¿Tú no te habías ido?», le preguntaba. Y ella respondía: «Así es, pero tu supremo poder de Nochebuena me ha hecho volver. Gracias, Pablo». Y Nelita le daba un beso muy suave en la mejilla.

  Él se quedaba muy contento entre sus brazos. Pensaba que iba a ser un problema con Marc y con Maite, ahora que esperaban a su hermanito. Le iba a pedir a Nelita que se fuera por un tiempo al sur de la isla y él iría a verla cada fin de semana. También pensó en el susto que se llevaría Mercedes cuando viera a su nuera en la habitación de soltero de Marc. Pero todo se arreglaría. Esa mañana de Navidad solo quería deleitarse con las caricias de Nelita a quien tanto había echado de menos. Ya no necesitaría pedirle a Minnie que lo abrazara…

  Rubén puso punto final al cuento y se quedó en una extraña duermevela, rememorando todo lo que había escrito. Quería que se fijara en su memoria el sueño y el cuento para, luego, ya levantado, apuntarlos en su cuaderno.

  Aunque Pablo recuperó a su madre, Rubén no pudo dar vida a la suya. Cuando abrió definitivamente los ojos ese 25 de diciembre de 2015 en Las Palmas estaba solo. Otra Navidad más, solo. El sueño que daba vida a seres extintos era eso, solo un sueño.

Facebook: Rubén Mettini

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4 comentarios

  1. Gracias, Carmela Linares. Creo que es un cuento bien logrado y tiene la particularidad, tan cara en la literatura, que fue un cuento escrito en un sueño.

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