Roberto Iglesias – La reapertura

La reapertura

biblioteca_bombardeada

En su reapertura, la librería exhibía en su amplio escaparate, una foto en blanco y negro de gran formato. Una instantánea antigua de una época en la que las  guerras se llamaban mundiales.  En ella, algo llama la atención. Es una casa sin pared frontal que permite contemplar su  interior, el techo se ha derrumbado por completo  y se pude ver el cielo con un campanario al fondo. El suelo de la larga estancia se encuentra ocupado por una montaña de escombros diversos: gruesas vigas de madera carbonizadas que parecen formar una equis, un par de escaleras de madera en perfecto estado, una silla ladeada y un montículo caótico de escombros que permanecen inertes en su abandono…y tres caballeros absortos, de pie, cara a la pared. ¿Qué hacen allí? Visten casi igual, si no fuese por su sombrero: el primero de la izquierda, un bombín, al fondo, una especie de Beachfield Fedora y en la pared de enfrente un Borsalino. Cada edad con su estilo. Todos están observando con atención magnética algo concreto. El gesto les delata: están mirando libros entre las ruinas, ignorando el eco de las bocinas antiaéreas que hasta hace un instante aullaban su canto de sirena.

En el fondo,  a la izquierda, el más joven sostiene sobre sus manos un libro a medio abrir, de modo que vemos su tapa pero sin adivinar el título. Su cabeza ligeramente inclinada le confiere un aspecto casi confesional. En su consulta, parece que estuviese observando algo que ha perdido y que desea recordar para siempre: ¿su casa donde vivía y donde encontró la muerte toda su familia? ¿Su ciudad natal tal como era antes del conflicto bélico? ¿Una iglesia gótica en la que se casó? Qué más da, él está ahí y el libro que sostiene entre sus manos le recuerda que no está muerto, tan solo embriagado por el lenitivo de la lectura.

A la izquierda del joven, próximo a la esquina inferior, está el hombre con bombín, con la pierna izquierda levantada como si pisara un peldaño elevado que en realidad es escombro negro. Su brazo derecho alza la mano estirada, con ese gesto propio del dedo índice seleccionando un libro para extraerlo,  por su cofia, de entre los demás ¿Ha encontrado lo que buscaba? ¿Qué desea alguien leer tras un bombardeo? Huir leyendo. Hallar la paz donde el papel no mata, hasta que no arde. Minutos de silencio con una voz hablando cabeza adentro, la que acalla la voz del recuerdo. Ha venido para volver a sentir eso.

A la misma altura pero en la pared opuesta se encuentra el  caballero del borsalino, inmóvil y tieso, casi rígido, con la barbilla alzada y las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina. Parece una estatua victoriana rindiendo su  pétreo culto al objeto de su mirada. Su rostro aguileño recuerda en exceso a James Joyce. Destila en silencio el respeto por algo que admira. Su extrema quietud sugiere el fulgor paralizante que brota cuando chocan los violáceos cumulonimbus que forman una nube contra otra: la admiración absoluta contra la pérdida temprana. Una estatua viva guardando armas frente a una estatua de sal: Lot ante su Edith. Su modo de rendir culto: su quietud y su silencio. Su mirada leyendo, son las flores depositadas sobre un título indemne entre las llamaradas. ¿Joyce ante su Ulises?

Al pie de la foto del escaparate se podía leer en letras góticas: La lectura: el único refugio inexpugnable.  

Facebook: Roberto Iglesias 

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5 comentarios

  1. Cuando leo un texto de Roberto Iglesias me fascina el dominio que tiene de la lengua, el conocimiento profundo de ese aparato verbal, la corrección con que escribe. Esta foto/relatopodría haber sido escrita por Enrique Vila-Matas, por como va tirando de un hilo descriptivo , lo retuerce, le da vueltas y nos lleva a una realidad que podría ser verosímil incluso prescindiendo de la foto, como comentó Rito Moreno. La última frase es un acierto, La lectura: el único refugio inexpugnable. ¡Magnífico escritor!

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  2. Mettini cuco! me lees con buenos ojos!!…citas a Vila-MAtas..puf puf..Gracias Rubén…calidad hay en tí también….algunos textos se les pilla cariño porque son forjados desde la emoción, la mímesis del momento. De veras muchas gracias, elogios así me impulsan a no abandonar la lector-escritura. De corazón ¡¡muchas gracias!!! tibi gratias ago!

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