Rubén Mettini – Voce d’angelo

Voce d’angelo

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Volvía a comprar las flores como cada mes. El guardia de la puerta ya la saludaba como a una vieja conocida de la casa. Caminaba entre los árboles con el ramo de flores bien apretado en su mano. Contemplaba las tumbas. Había venido tantas veces. Le gustaba una que tenía un ángel de mármol colocado sobre la torrecilla. Leía las inscripciones, acercaba los ojos al vidrio y espiaba. Todo tan tranquilo, tan limpio y ordenado. Iba hasta la fuente y humedecía las flores. También mojaba su pañuelo y se lo pasaba por el escote y el cuello para refrescarse. ¡Hacía tanto calor esa tarde!

A Aurora le daba alegría ir a visitar cada mes a Joaquín. Se sentaba siempre en el mármol de la tumba de al lado y charlaba. Todos le decían que era muy charlatana. Aquella tarde le contaba como estaban los hijos, que Ana salía con un chico muy majo y que a Francisco le iba muy bien en el taller mecánico, que por fin se había podido comprar la moto y que todavía no pensaba casarse.

Tiró las flores marchitas, llenó de agua fresca el florero y puso el ramo que había comprado antes de entrar. Eso la entretuvo, aunque al fin y al cabo era un trabajo inútil, porque con ese bochorno las flores no duraban nada, se ajaban en dos días. Si hasta ella se sofocaba y se le cortaba el aliento por culpa de ese aire tan seco y asfixiante.

Le pareció oír una voz. Creyó escuchar la voz del guardia que le avisaba, como cada mes, que a las seis tenían que cerrar. Pero esta era una voz diferente. No era la del hombre que cuidaba la puerta. Parecía que se escapaba de la calima de la tarde. Una voz fresca, risueña, que la llamó por su nombre: ¡Aurora, Aurora!

Se distrajo de la charla con Joaquín justamente cuando le comentaba que ahora trabajaba en la lavandería y cómo le quedaban las manos. Se levantó del mármol que usaba como asiento. Pasó el pañuelo por la foto de su marido para quitarle el polvo, después le dio un beso, se persignó y murmuró un hasta pronto, Joaquín.

La voz aún la llamaba: ¡Aurora, Aurora! Ella se acercó a la voz, si es posible aproximarse a algo impalpable, invisible y que no se sabe de dónde viene. La voz huía y la llamaba y Aurora la perseguía por las callejuelas, bajo los árboles. La voz conocía toda su vida. Le traía a la memoria el casamiento con Joaquín, de eso hacía muchos años. Resultaba rara una conversación con una voz desconocida. A Aurora le parecía la voz de una amiga de cuando era joven. Juntas compartían la emoción del momento en que nació Ana y te acuerdas, Aurora, qué feliz se sintió tu hija cuando le contaste que iba a tener un hermanito. Ana había cumplido tres años y Francisco era un bebé tan blanquito y tan majo. La voz lo sabía todo.

Aurora se detuvo otra vez en la fuente a mojar el pañuelo y a beber un poco de agua. La voz volvía a llamarla. Vamos, Aurora, date prisa que todavía tenemos mucho de qué hablar, y ella no se atrevía a interrumpir una charla tan amena con una voz ya casi familiar.

La voz caminaba y luego se detuvo en un punto, aunque es una metáfora, y le habló a Aurora sin metáforas. Le dijo: tienes que saberlo, de aquí no saldrás nunca más. Aurora la miró, mejor dicho miró el espacio vacío de donde venía la frase. Detrás de la voz, ante sus ojos, un nicho preciso, cubierto con una losa y con una inscripción grabada en una placa de bronce. A cada lado dormían otros nichos con fotografías amarillentas, flores marchitas y hedor de muerte. Parecía que la voz se había quedado patinando sobre la inscripción.

Aurora acercó los ojos para leer las palabras. Allí decía Aurora Rovira, su nombre. Allí se hallaba la fecha de aquel día. Debajo de la fecha pudo leer: Sus hijos que la recordaran siempre. La voz ahora era muy dulce, como la de un ángel, y se reía. Escuchó nítidamente la voz del guardia que anunciaba que cerraba el cementerio. Aurora quería correr, desligarse de la voz y de la losa, desatarse de esa morbosa dulzura.

Caminó de prisa entre las callejas. Las hileras de nichos la confundían. El olor de las flores le provocaba mareos. Se perdía. Creía reconocer las tumbas pero eran iguales a otras tumbas. Corrió, percibió el corazón latiendo con mucha fuerza, se sintió cansada, el bochorno era atroz.

Ya pasaban de las seis. Ya habían cerrado. Después de cerrar, el guardia se iba enseguida. Se sentó sobre una losa de mármol idéntica a la que estaba junto a la tumba de Joaquín. Comenzaba a anochecer. Aurora se decía esto te pasa por ponerte a charlar con cualquiera. Enseguida la recorrió un escalofrío. Fue resbalando sobre el mármol hasta quedar sentada sobre las baldosas, con la espalda apoyada contra una lápida. Se fue muriendo como mueren la hierba o las moscas. Eso llegó con la noche cerrada. Se olvidó del mundo y se quedó allí profundamente dormida.

Después se hizo el velatorio. Por fin la dejaron en aquel nicho donde Ana y Francisco plasmaron el amor por su madre con el epitafio: Sus hijos que la recordarán siempre. Ellos dos no podrían olvidar a su madre, ni su inesperada muerte el día que visitó el cementerio, como lo hacía cada mes, para llevarle flores a su marido que había fallecido ya hacía 20 años.    

Facebook: Rubén Mettini

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