Josefa Molina – La muerte de un poeta

La muerte de un poeta (asesinado por un ataque ninja)

Frases-celebres-Oscar-Wilde

– Oscar Wilde –

Lo encontraron tumbado en el salón de su piso rodeado por cientos de folios escritos a bolígrafo azul. Cuando el inspector jefe giró su cuerpo, descubrió la causa probable de la muerte: una estrella de acero tipo ninja se encontraba incrustada en medio de su frente.

Hacía semanas que no lograba escribir nada bueno. Lo cierto era que tampoco sabía si lo que había escrito hasta el momento era bueno o no. Sus intentos por emular a Rilke, a Whitman, a Lorca o a Miguel Hernández no terminaban de fraguar. Su editor le insistía en que siguiera escribiendo. Bueno, más que insistir, le animaba sutilmente a escribir sin prisas, con tranquilidad, que ahora el mercado literario está fatal. No sabía si tomarse aquella flagrante falta de apoyo por parte de su editor como muestra de un absoluto desinterés o pensar que realmente su editor era uno de esos tipos inteligentes que sabían que las musas no se presentan cuando quieres, sino cuando a ellas les da la real gana. La duda le reconcomía. En el almuerzo familiar previsto para el siguiente domingo le preguntaría a su hermano, su flamante editor, el motivo de su huidizo interés.

Y es que tampoco la familia parecía entender su misión. Su madre siempre quiso que fuera periodista pero él no terminaba de encontrar el lado romántico en las aburridas historias de la Moncloa así que, un día, harto de tanto politiqueo barato, decidió que su fin en la vida pertenecía a una esfera superior. Sin duda, él había nacido para añadir un poco de luz y color a la oscura existencia del resto de los mortales, sumidos y avasallados por una vida que los periódicos se empeñaban en oscurecer y deprimir día a día.

Cuando su mente y su alma se conjugaban en ese ámbito tan ajeno a los vulgares humanos, él flotaba, dejándose llevar por el éxtasis metafísico de la creación literaria que durante horas le llevaba a emborronar decenas de folios en busca del poema perfecto, el poema que lo consagraría en los anales de la historia de la literatura como el mayor de los poetas jamás conocido. ¡Él era ese poeta! Estaba seguro de ello. Y sin embargo, por alguna extraña razón, su hermano, el editor, y su madre, la profesora de literatura, no terminaban de verlo tal y como él se veía.

Hacía algo más de dos años que había publicado su primer poemario: la mayor antología de poemas sublimes y perfectos que se podrían haber escrito jamás y que, inexplicablemente, las librerías de la ciudad se empeñaban en ocultar de sus escaparates. ¡Panda de analfabetos! Así iba el país, lleno de incultos, de personas desapasionadas que desconocen el poder integrador y místico de la poesía, de la buena poesía como la que él escribía.

¡Pero si era leer los primeros versos de sus poemas y rozar al orgasmo intelectual! El solo hecho de tocar su libro era como alcanzar la verdad, la luz, algo que tan solo Platón, de estar vivo, podría apreciar. Claro que para eso habría que ser Platón y no toda esa panda de analfabetos indocumentados que solo ponen un pie en las librerías en navidad para comprar el último éxito de ventas. ¡Lectores alienados, consumidores iletrados, eso es lo que eran! Lo que él escribía era para unos pocos, para los realmente entendidos, sus iguales, los que obtendrían un merecido espacio en las futuras enciclopedias de literatura universal.

Su poesía era para los elegidos, su poesía era la imprescindible, o al menos así se lo explicó su hermano cuando tras el primer poemario, le invitó amablemente a tomarse un tiempo para volver a crear otros veintes poemas tan intensos, tan profundos, tan sublimes. Su hermano sí que parecía entender su misión, no como el resto de los compañeros de su empresa editorial. No comprendía cómo aquellos mequetrefes podían trabajar en algo tan serio como una editorial. Claro que eso explicaba la calidad de los libros que editaban: pura bazofia literaria, mediocridad construida a base de juntar párrafos y más párrafos sin sentido alguno con el mero objetivo de vender entretenimiento para asnos.

Y luego estaban los juntaletras, ésos eran otros incultos que por más que enviara su obra a las redacciones no le hacían ni el más mínimo caso. Claro, ¡qué sabrán ellos de lo que es literatura!

Indignado con las empresas editoriales, con los periódicos, con su hermano, con su madre, con el mundo, así estaba el día en que llegó a la tienda de ‘Todo a un euro’ de la esquina de su calle para comprar otra docena de bolígrafos. Al viejo chino que regentaba la tienda se le cambió el gesto cuando vio aparecer al poeta por la puerta de su local. Éste se dirigió rápidamente a coger un paquete de bolígrafos azules y se plantó con una amplia sonrisa frente al viejo. Tengo un nuevo poema, te lo voy a leer que sé que te gustan mis poemas, dijo el aspirante a afamado poeta sin darle la oportunidad de negarse al pobre comerciante.

Otra vez el pesado éste, no lo soporto más, pensó el viejo, tengo que buscar una solución, quitármelo de encima. ¿Sabes? Creo que tengo algo que te podría ayudar, le aseguró tomándolo del codo mientras le invitaba a pasar a la parte trasera del local. Durante los siguientes cinco minutos, el poeta escuchó alucinado los secretos que el viejo chino le contaba en voz baja, unos secretos en los que le mostraba cómo cambiar la suerte para alcanzar el reconocimiento literario tan merecido. La receta era sencilla: unas cuantas palabras en chino mandarín que el viejo escribió en un papel y que el escritor debía de declamar en voz alta tres veces al día durante dos semanas. Pasado ese tiempo, la magia tendría lugar sin más convirtiéndolo en el poeta más reconocido y admirado no sólo de su ciudad sino de todo el país.

Sí, sí, por supuesto, tendría un reconocido lugar junto a los más grandes. Después de Hölderlin, no había habido ni habría nadie más grande en el panorama literario universal que él. Solo había una condición: por nada del mundo, ni aunque corriera peligro su vida, debía abrir la pequeña caja que le entregó secretamente el viejo indicándole que dentro de ella se escondía un arma única de gran poder que debía de permanecer así, oculta dentro de su envoltorio, porque de lo contrario, le enfatizó, su carrera literaria podría llegar a su fin.

Algún día te lo recompensaré, dijo el poeta al viejo a modo de despedida al abandonar la tienda. Ya en su piso, buscó el lugar ideal para ubicar la caja. En el salón, por supuesto, donde todos sus amigos y conocidos podrían admirarla sin saber que en ella se contendía la razón de su reconocimiento internacional. Cierto era que hacía mucho tiempo que nadie lo visitaba y la señora de la limpieza, que era la única que acudía a la casa desde hacía dos años, un buen día dejó de hacerlo. Quizá habría encontrado otro trabajo donde le pagaran por limpiar, claro que eso no era lo importante en ese momento. Lo importante era que iba a regalarle más de su poesía al mundo y éste, al fin, se lo iba a reconocer. Le entregaba a la humanidad su belleza, su creación única y sin igual, su éxtasis creativo…¿que más podrían pedir? Qué hermoso era sentir que hacía lo más bello por los demás: ¡escribir poesía!

Pasaron los días, las semanas y nada había cambiado. Por más que miraba el móvil, no habían llamadas nuevas. En el mail no entraban nuevos correos y hasta su hermano, ya aburrido, dejó de contestar a sus mensajes. Comenzaba a pensar que aquel viejo chino le había engañado y decidió ir a hablar con él. En el local donde antes se encontraba la tienda de ‘Todo a un euro’ descubrió una pequeña peluquería canina. No, no sabían quién era el viejo, pero si tenía un perro podrían hacerle un descuento especial por ser él.

Indignado y deprimido, el poeta regresó a su piso sintiéndose un estúpido ingenuo. ¿Quién podía ser tan cruel como para aprovecharse de los sueños de una persona tan sensible como él, el mayor escritor que había parido mujer alguna en los últimos doscientos años?

Al borde de la histeria se sentó en el sofá y de pronto la vio. Allí estaba la caja que le había entregado el viejo. No la abras, le advirtió, si no quieres ver peligrar tu carrera literaria. ¡Vaya estupidez! La cogió con furia y la abrió. En ese instante salió disparada como de un resorte una estrella de acero de cuatro puntas que se fue a clavar justo en mitad de la frente del escritor. Al poeta no le dio tiempo de reaccionar y, al caer directamente en el suelo, la estrella se incrustó aún más profundamente en la frente causándole una herida mortal.

ninja

Su madre le halló así, boca abajo, en medio de un extenso charco de sangre, cuando acudió a su piso una semana después, intrigada por el reiterado silencio a sus llamadas telefónicas.

Durante semanas, el caso del poeta asesinado por un ataque ninja ocupó las principales portadas de todos los periódicos del país y abrió más de un telediario como noticia de primera. El misterio de su muerte fue objeto de debate en los principales programas televisivos de sobremesa y la prensa se llenó de artículos de opinión que analizaban lo sublime de su exigua producción literaria. De pronto, todos en el mundillo literario conocían sus poemas e incluso hubo quien propuso convocar un certamen poético para jóvenes talentos en su honor.

Tres meses más tarde, su segundo poemario ocupaba los escaparates de las  principales librerías del país y su nombre se barajaba como uno de los mayores poetas jamás descubiertos.

Al fin lo había conseguido.

Solo tuvo que morir para lograrlo.

Facebook: Josefa Molina

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8 comentarios

    • Muchas gracias, Juan. Bueno, lo deseable sería que para llegar a ser reconocido no tengas que morir antes, jajaja, pero entiendo la ironía de tu comentario. Un abrazo, y muchas gracias por pasarte por aquí a dejar tu comentario.

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  1. Es un relato muy bueno. Me parece una reescritura libre y breve de La piel de zapa por la tienda de antiguedades de Balzac y la tienda china de este cuento. Y el objeto mágico: la piel y la cajita. El final está muy bien hallado. Felicitaciones a la autora.

    Le gusta a 1 persona

    • Pues no, no conozco el relato de Balzac al que aludes, pero si te lo he recordado, ¡cuánto honor para mi!, jajaja. Un beso enorme y muchas gracias por comentar, Rubén.

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