FOTO- RELATO Rosa, rosae

Rosa, rosae

rosal

Sin duda, el rosal, que ese año floreció tardíamente, nos obsequió con las más fragantes y hermosas rosas que jamás hubiésemos podido ni siquiera imaginar. La suave textura de sus pétalos color marfil, junto a su exquisitez, elegancia y aroma, impregnaron los recuerdos de las deliciosas veladas que compartimos al amparo de su sombra. Incluso la hiedra, que, acaparadora, había siempre dominado casi toda la pérgola extendiéndose por doquier, se batió en retirada ante tal despliegue de belleza. Todos convinimos en que nunca antes el jardín había lucido de manera tan subyugante bajo semejante esplendor…

Y, como pareciera que la vida misma quisiera ponerse en consonancia con el entorno ofreciéndonos dádivas infinitas, también mis mellizas eligieron venir al mundo en esa especie de paraíso. Como no podía ser de otra forma, decidí llamarlas Rose y Roxanne, las cuales crecieron como lo que eran: saludables rosas de aterciopelado cutis, soberbia presencia y no exentas de un carácter en ocasiones, sereno, en ocasiones, punzante como las espinas de dicho arbusto; defecto este último que quedaba en numerosas ocasiones solapado, minimizado o tratado de manera intrascendente llegando incluso a ser obviado,  pues el fulgor de la virtud que destilaban era infinitamente mayor que cualquier oscuridad que anidase en la personalidad de ambas. Indudablemente, eclipsaban a  todo el que se detuviese a su lado en cuanto a encanto y glamour.

Hoy, sabiéndome capaz de desvelar esa misteriosa serenidad que muchas veces pude admirar en determinadas personas y que sólo ahora sé que se experimenta al hacerse consciente del paso del tiempo por la propia vida habiéndola transitado con la mayor coherencia posible, observo detenidamente mis manos que sostienen con cariño un antiquísimo marco de plata. No las recordaba así. Ellas son puro reflejo del inexorable devenir que, junto a la despiadada artrosis, han ocasionado verdaderos estragos en su morfología. Mientras, simultáneamente, intento enfocar mi vidriosa mirada en la también ahora envejecida fotografía, amarilleada por el paso de los años, que reposa resguardada del mundo al otro lado del cristal enmarcado. Desde allí, unos ojos verdes, a la vez sonrientes y desafiantes en los que me reconozco, parecen retarme desde su posición enclaustrada como preguntándome:

-¿Quién mira a quién?… ¿Quién es la intrusa?…

Buena pregunta esa, teniendo en cuenta que cada vez paso más tiempo ahí, en esa realidad que vivo a través de un retrato que me recuerda ese atípico, mágico y feliz verano de mil novecientos cincuenta y tres donde brotaron, inesperadas, como un regalo, las postreras rosas nonatas de Abril…

Facebook: Sonia Ramos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s