Josefa Molina – Desolación

Desolación

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Le miró la herida. ¿Te duele?, le preguntó cauta. Pues no, es una herida antigua, contestó. Una ráfaga de viento les envolvió justo en ese momento y una brizna de hierba cayó sobre el rostro de la chica. La miró despacio. Era ciertamente hermosa, tan hermosa que todos los hombres de la villa podrían permanecer largamente atrapados por aquellos ojos de color miel y aquella boca infinita.

Con suavidad, le aportó la brizna de hierba de la cara y le miró fijamente a los ojos. Por un momento, tuvo el impulso de besarla. Pero, ¿para qué?, él se marcharía en tan sólo dos días, era ave de paso en aquella isla. “No inicies algo que no vas a continuar”, se dijo a sí mismo. Así que optó por sonreír y bajar los ojos, evitando la mirada de la chica.

Ella permaneció pensativa mientras apartaba los dedos con los que momentos hacía apenas unos instantes recorría la herida cicatrizada de su torso, justo a la altura del riñón. Un frío le atenazó el cuerpo. Dio varios pasos hacia atrás y se alejó de él, decidida a no darle ni una oportunidad más de proximidad. El tiempo transcurre muy deprisa para perderlo en indecisiones y escaramuzas.

El la observó alejarse. Dudó entre si gritar su nombre o dejarla marchar. Su boca permaneció en silencio. A lo lejos solo podía ver la espalda de una figura que se alejaba hasta desaparecer entre los árboles. Entonces, escuchó nítido el sonido de las olas, el sonido se hizo uno con la congoja que se instaló en su pecho. Una sensación de melancolía y de abandono que le acompañaría durante años.

Habían transcurrido algo más de cuatro décadas de aquello y aún, cuando escuchaba el sonido difuso de las olas rompiendo sobre la arena, divisaba aquella espalda escondiéndose entre los árboles para no volver.

Hacía solo tres semanas que la volvió a ver. Ya no era la muchacha de torso suave y firme pero aún conservaba esa mirada altiva y sabedora de su poder. Ella no lo reconoció. O al menos, no mostró haberlo reconocido. Sus miradas se cruzaron levemente en la boutique de souvenirs, mientras él sujetaba la puerta y ella cruzaba el umbral. Llevaba de la mano una niña de unos diez años que tenía su mismo pelo rizado y rubio cayendo suelto sobre los hombros. La niña no paraba de parlotear ensimismada en el muñeco de trapo que acaba de adquirir en la tienda. Ella le miraba sin escuchar, con una sonrisa congelada en los labios, dispuesta a cobrar su momento de paz a cambio de la adquisición del muñeco. Tenía el pelo recogido en un moño atravesado por un palo de madera muy fino, tallado de motivos étnicos. Aún era hermosa, tan hermosa que bien podrían todos los hombres de aquella villa marinera estar locamente enamorados de ella. Pero los vientos ya no eran los mismos, ni los deseos iguales. El tiempo transcurre para todos. Y también había transcurrido para ellos.

La siguió con la mirada hasta el otro lado de la calle, donde la mujer y la niña se sentaron en la terraza de una cafetería. Los últimos rayos del sol del verano caían sobre el asfalto y los paseantes aprovechaban para sentir sobre su piel la calidez de un verano que llegaba a su fin. Dudó entre si cruzar la calle y hablarle directamente, u observarla desde detrás del escaparate de la tienda. Quizá ella recordaría aquella tarde entre los árboles…. Pero no se movió. Nuevamente, optó por permanecer impasible y en silencio.

El camarero llegó con el café para la mujer y la copa de helado para la niña. Desde la distancia, observó cómo la mujer sorbía tranquilamente el líquido de la taza. Entonces, se acercó a ellas un hombre de unos sesenta años, elegantemente vestido de blanco que besó en la mejilla a la mujer y le hizo una carantoña a la niña. Diez minutos más tarde, los tres abandonaron la mesa y se dirigieron despacio hacia la avenida que bordeaba la playa de arena.

El se quedó mirando nuevamente aquella espalda que se alejaba. Volvió a percibir el sonido de las olas que rompían serenas sobre la arena y su corazón se volvió a llenar de melancolía. Una segunda oportunidad perdida. Se autoconvenció de la deuda que la vida tenía con él: le debía una tercera. Quizá no en unos meses, quizá no en unos años, pero todo es circular, se dijo, volveremos a encontrarnos y entonces, no permaneceré quieto. Entonces, gritaré su nombre, entonces la abrazaré con ternura, entonces buscaré su boca, entonces la besaré.

Esta mañana leyó la esquela en el diario local. De sus ojos brotaron lágrimas. Pero no eran lágrimas por ella, ni siquiera eran lágrimas por él. Eran lágrimas de desolación, de saber que ya no existirían más oportunidades, de tener la certeza de que el reencuentro sería en otra vida, en otra dimensión, quizá en otro estado corporal.

Cerró el diario y se encaminó despacio hacia la playa, caminando sobre la misma avenida que recorriera la mujer el día anterior. El suave sonido de las olas rompiendo sobre la arena le recibió una vez más y su interior se llenó de sal.

Finalizaba el día cuando unos chicos, paseando por la playa, encontraron la ropa perfectamente doblada sobre unas rocas. Horas más tarde, la policía local las recogió y las llevó a objetos perdidos. Nadie las reclamó.

Facebook: Josefa Molina

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2 comentarios

    • Muchas gracias, Rito, por tu comentario. Sí, efectivamente, son sentimientos tristes, pero lo importante es que te lleguen y te hagan “remover” por dentro. En breve, publicaré en este mismo blog algún texto no ya tan triste, o eso espero. Saludos, y ¡feliz vida!

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