Roberto Iglesias – Desear. Fracasar. Morir

Desear. Fracasar. Morir

Cada día accedía a la misma puerta por pasillos diferentes, infinitos. Agarraba el pomo con una fuerza renovada, embebida  por una certidumbre obsesiva, con  la certeza maníaca del creyente que  mutila en nombre del dios  sin remordimiento. Ese dios que tan solo habita en el alma de los sádicos a modo de convicción sin fisuras. Durante horas aprisionaba el pomo con una mano, con dos, sudadas, patinando. Sin efecto. La hiperhidrosis de sus palmas colaboraba insolente en sus caídas de espaldas. Se levantaba y volvía a girar el pomo, con una, con dos manos, con más sudor…hasta la sangre. Entonces paraba. Contemplaba sus palmas sanguinolentas, asesinas de tantos vanos intentos. Marchaba exhausto pero firme con las manos atrapadas bajo sus  axilas,  rumiando los planes del siguiente  intento.

Porque algo, ¿alguien?, le decía que tras aquella puerta encontraría la paz absoluta, la consecución de tantos años de esfuerzos,  el reconocimiento de una profesión respetable, de un sueldo holgado para derrochar en caprichos innecesarios, la capacidad irrebatible de un “no” cuando los demás se empeñaban en decir “si”, y viceversa. Eso poco importa. La consecución de tantas cosas que llevaba anhelando poseer y saborear , desde que verificó que carecía de ellas.

Regresó el día siguiente, como tantos otros, ilusionado, sano, alcoholizado por la euforia de su manía. Se encontró ante la misma puerta, esta vez sin pomo. Le esperaba una barra antipánico. Agarró la barra y la pulsó con la certeza de que no se abriría a la primera. Jamás sería así, a la primera. Nada en su vida había sido así. Y realmente le asustaría que así fuera. Quizá por ello no se abrió. Soltó la barra, en su brillo bruñido su silueta aparecía estirada, estrecha irreconocible salvo el blanco de sus atuendo sencillo. Blanco, blanco, siempre blanco, todo blanco: el vasito de plástico para el agua, las paredes, las sábanas, la colección de botes de pastillas, con la etiqueta  de su nombre arañada, también blancos. En su mente se imaginó otorgándose una tregua falsa, un descanso en forma de abandono de su intencionalidad absurda: abrir la puerta, salir, alcanzar los logros que aguardaban al otro lado. Ese era el limo basal y fangoso que alimentaba su existencia: llegar, alcanzar, poseer. Hacer sólido el humo de sus sueños y abrazarlos como los cínicos abrazaban, desnudos en invierno, las estatuas broncíneas de los héroes en el ágora.

Mañana será hoy cuando en el mismo instante repetido se percate de estar agarrando otra puerta, la misma puerta. Sí, algún día se abrirá.

Cuando lo haga dejaré de despertarme en urgencias tras ingerir todas esas  pastillas de los botecitos blancos que he arañado tanto. Algún día…la broma infinita.

Facebook: Roberto Iglesias

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