Josefa Molina- El hombre que hacía bailar a los ratones

El hombre que hacía bailar a los ratones

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– Míralo, ahí está, le dijo sin mirar a su interlocutor- dicen que puede hacer bailar a los ratones….

– ¿Cómo bailar?, le preguntó el otro en tono incrédulo.

– Sí, sí, bailar – aseguró el otro a la par que tiraba de él por la camisa con tanta fuerza que casi le hizo caer al suelo mientras lo arrastraba hasta donde el hombre se hallaba sentado.

Los dos niños se pararon precavidos junto a él. El hombre levantó la cabeza y les miró interrogantes. El más valiente le miró desafiante.

– Éste dice que usted sabe hacer bailar a los ratones, ¿es verdad? – le espetó.

El hombre le observó quedamente, tomándose su tiempo para elaborar la respuesta adecuada. En sus manos, unas tiras de plataneras le servían como entretenimiento mientras probaba a hacer diferentes nudos con ella. Le encantaba jugar a hacerse el interesante, elevando la tensión de espera de los niños que se acercaban a pedirle que hiciera magia para ellos. Transcurrieron más de dos minutos y no hubo respuesta. Un eterno tiempo de espera para dos niños que le miraban impacientes, preguntándose por qué no contestaba.

Entonces, de una estrecha caja de madera extrajo una lata que utilizaba para transportar pequeños aperos de labranza. Una pequeña navaja, un mechero zippo herrumbriento y gastado por el tiempo, una bobina de tanza para pescar y un par de latas que antaño fueron utilizadas para conservar el pescado.

Los niños observaban con absoluta atención la escena, a la espera de que aquel hombre de tez marrón y de piel curtida por tantas horas y horas transportando racimos de plátanos al hombro, les respondiera. Pero el silencio de sus labios bajo el cachorro de tela negro que cubría su cabeza no parecía tener intención alguna de romperse.

El más grande de los niños comenzó a desesperarse y empezó a dar golpes contra las piedras que conformaban la calzada de la calle, en cuyo lateral izquierdo se ubicaba la casa construida con bloques de picón y sin encalar, en la que vivía el hombre con su esposa.

No te impacientes, chico – le aconsejó el hombre mientras le ofrecía una sonrisa pícara- lo verás muy pronto con tus propios ojos.

Lentamente, sujetó una de las cajas metálicas con una de sus manos, mientras con la otra escarbaba en la caja de madera como buscando un misterioso tesoro. Entonces, de su interior, extrajo una caja metálica de color rojo con varios orificios en la tapa.

– Ábrela y mira dentro – le ordenó al incrédulo niño. Este obedeció mientras tiraba de la cubierta metálica lentamente.

– Con cuidado, no te vayan a saltar – le aconsejó el hombre.

Entonces, los vio. Dos pequeños ratones grises le observaban fijamente desde dentro de la caja con sus asustados ojillos negros.

La cara del niño se iluminó. ¡Eran los ratones que bailaban!

– Ven, dámelos – le ordenó. El niño le acercó la caja de metal. Los animalillos comenzaron a dar vueltas por los laterales de la caja metálica intentando huir en vano de ser atrapados por la mano del hombre.

– Ves, ves, ¿cómo sí hacía bailar ratones? – le gritó alegre su amigo.

-¡Ja!, yo solo veo dos ratones corriendo en una caja, nada más- masculló sarcástico.

– La magia está en los ojos del que mira- terció el hombre del cachorro negro sobre la cabeza.- Recuerda, todo es magia. Solo hay que saber dónde mirar.

Y entonces, como por encantamiento, los dos ratones comenzaron a bailar.

– ¡Mira, mira cómo bailan! – exclamó el más pequeño. Su entusiasmo atrajo rápidamente al resto de niños que jugaban en las cercanías del callejón. En un instante, una decena de pequeños de todas las edades rodeaban al hombre que hacía bailar a los ratones. En su rostro, una amplia sonrisa de satisfacción crecía a medida que las exclamaciones de sorpresa de los pequeños iban en aumento.

– ¿Cómo lo hace? – le preguntó el mayor, aún reticente a aceptar lo que sus ojos estaban viendo.

– Pero, ¿es que no lo ves?, ¡hago magia! – le gritó el hombre- ¿Aún no me crees? Te lo voy a demostrar: ¿ves ese el vaso que hay sobre la silla? Verás cómo hago que se mueva con el sólo poder de mis ojos.

Casi al unísono, todos los niños miraron hacia el vaso que yacía inmutable sobre una silla de madera desvencijada y cansada de aguantar el peso de tanto cuerpos. De pronto, el vaso comenzó a moverse. Apenas unos milímetros primero, después unos centímetros más. Los niños no daban crédito a lo que veían. El vaso se movía sin que nadie lo sujetara. ¡Era magia! El hacedor de bailes de ratones además de hacer bailar a los ratones, podía mover las cosas con la vista. ¡Increíble!

El hombre sonreía satisfecho mientras introducía con disimulo su herrumbriento mechero zippo en el bolsillo lateral de su gastado pantalón.

– Esto es magia, ¿verdad? – volvió a preguntar el niño.

– ¡Por supuesto!, ya te dije que la magia está en los ojos de quien mira – le contestó mientras devolvía a su lugar a los ratoncillos bailarines, que no paraban de correr por la base de la caja buscando alivio en el frío  metal para sus calientes patitas .

– A veces, lo mejor de la vida está ante nosotros, chico, pero hay que saber dónde mirar – afirmó el hombre, dándose la vuelta para entrar en su casa.

– Sí, tiene razón, hay que saber dónde mirar – susurró cuando sus ojos descubrieron el mechero que yacía en el suelo justo en el lugar donde había estaba sentado el hombre. Lo recogió y, sin que ningún otro niño le viera, lo depositó suavemente detrás la puerta de la vivienda.

– Y aunque se sepa dónde mirar, sigue siendo magia – le dijo a la difuminada sombra que se perdía vivienda a dentro.

El pequeño se dio vuelta para salir corriendo en dirección a casa. Estaba deseando contar a sus padres las proezas mágicas del hombre que hacía bailar a los ratones.

Facebook: Josefa Molina

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