Sasa Sosa- Los disfraces de Celia (3ª parte)

Los disfraces de Celia (3ª parte)

Los disfraces de Celia 3ªparte

El día había sido intenso, como si se hubieran puesto de acuerdo los pacientes más molestos y quisquillosos para acudir todos el mismo día. Una vez se hubieron marchado, Alberto se despidió de su auxiliar y de su secretaria y salió de la consulta, situada en un moderno edificio tan limpio y aséptico como su despacho. Al salir a la calle recibió un brutal puñetazo de aire caliente que lo dejó paralizado, pues los 22º de su consulta le habían impedido ser consciente de la realidad atmosférica de la calle. Decidió ir directamente a su casa, sin pasar por la taberna en la que solía tomarse unas cañas antes de ir a comer; en su casa había también aire acondicionado y estaba deseando quitarse ese incómodo traje de chaqueta gris con el que hoy se sentía como envasado al vacío.

Cogió su elegante Mercedes negro y, mientras conducía, pensaba en lo afortunado que era por disfrutar de un trabajo de éxito y de una esposa inteligente y complaciente a la que amaba. Aparcó en su garaje y cogió al ascensor que lo conducía directo al ático, un hogar del que se sentía especialmente orgulloso, pues suponía la materialización de sus éxitos profesionales. Al abrir la puerta le extrañó no percibir el olor de la comida, algo que siempre había considerado una característica indispensable para hacer de una casa un verdadero hogar, eso de lo que algunos de sus colegas más triunfadores carecían; pero él no, él además tenía una mujer a la que no le importaba dedicarse en exclusividad a procurar que la vida de ambos fuera perfecta, por más que no paraba de apuntarse a cursos con la excusa de que quería volver a trabajar -lo único es esa nueva tendencia suya a engordar y a vestirse de un modo tan estrafalario, pronto se dará cuenta de que tiene que cambiar y la vida volverá a ser tan perfecta como antes- pensaba mientras dejaba la maleta y la chaqueta en el vestíbulo. Fue directamente a la enorme cocina, allí todo estaba tan impoluto como siempre, pero no había nadie, ni olores ni presencias, nada. Pensó que tal vez a Celia no le había apetecido cocinar y había decidido que salieran a comer, así que continuó caminando hasta llegar al gran salón en el que unas enormes puertas de cristal conducían a una terraza amueblada con unos enormes sofás blancos, tinajas con palmeras tropicales y un jacuzzi. Ahí se encontró a Celia, metida en remojo y tomándose una cerveza.

-Hola, ya he vuelto, cariño- dijo Alberto.

-Ya te veo, no estoy ciega, joder- contestó Celia mientras emitía un monumental eructo.-  Como si estuvieras en tu casa -continuó con tono burlón mientras le hacía señas para que se sentara en el sofá.

Alberto se quedó desconcertado, pero atribuyó su comportamiento a las cervezas, -quizás se haya tomado alguna de más- pensó mientras, de una forma un tanto cómica y forzada, como si estuviera de visita en una casa extraña, se sentaba en el sofá. Y se quedó allí, mirando a Celia como si lo hiciera por primera vez y con la expresión algo desencajada –algo raro pasa –pensó- no parece la misma. Se quedó un rato pensando, buscando, repasando el día anterior en busca de algún comportamiento anormal, de alguna actitud suya que pudiera haber molestado a Celia como para hacerla ahora reaccionar de un modo tan poco habitual, pero no encontró nada. De pronto Celia se alzó en toda su magnificencia y espetó un:

-¡Ala,! vámonos a comer por ahí, que no tengo putas ganas de cocinar hoy.

Salió del jacuzzi y, sin secarse, entró en su cuarto para vestirse. Cuando Alberto la vio salir de la habitación se quedó paralizado de espanto. Celia no se caracterizaba precisamente por su discreción a la hora de vestir, pero aquel estilismo estaba muy lejos de los atrevimientos habituales, Alberto ni siquiera tenía conciencia de que esas prendas hubieran algún día pendido de las perchas que escondía el cada vez más desconcertante ropero de Celia. Llevaba unos vaqueros muy cortos color añil, de los que sobresalían unos enormes bolsillos a cuadros de distintos colores, una blusa tremenda, de forma desigual y de un naranja que abrasaba la vista, medias de rejilla y unos taconazos de vértigo…una puta de manual. Se quedó mudo y hasta sintió un terrible rubor imposible de disimular que se alojó en sus mejillas. Consciente de lo que suponía salir con Celia en ese estado e incapaz de asumir una afrenta social de tal envergadura, con apenas un hilo de voz temblorosa, preguntó:

-Pero ¿Vas a salir así, cariño?

-Joder, claro que sí – contestó Celia-  ¿Acaso me meto yo con tu ñoña y aburrida forma de vestir? ¡Mueve el culo y vámonos, que me muero de hambre, coño!

Sin esperar respuesta alguna cogió el bolso y se encaminó hacia la salida, mientras un Alberto completamente idiotizado caminaba detrás como en un sueño, como si sus pies no le obedecieran y sin poder volver a encajar la boca y los ojos en su sitio. Alberto visualizó la escena: una prostituta de casi dos metros que parecía una carroza del carnaval acompañada de un hombrecillo de traje gris. Mientras estaban en el ascensor,  pensaba que por fortuna el coche estaba en el garaje y no sería necesario que caminaran  juntos por la calle. Bastaba con conducir hasta encontrar un aparcamiento justo en la puerta de un restaurante lo suficientemente alejado del centro como para que nadie pudiera reconocerlo, y menos aún encontrarse con algún colega de profesión. Condujo en silencio con la inquietud de quien está a punto de cometer un delito y no está seguro de haber calculado todos los detalles. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando encontró un aparcamiento en la puerta misma de un pequeño restaurante de las afueras.

Cuando entraron, Alberto no pudo reprimir un suspiro de alivio al comprobar que estaba prácticamente vacío, apenas tres mesas estaban ocupadas. Era un restaurante de esos que quieren ser elegantes y sólo consiguen ser anticuados y rancios. Una moqueta verde oscuro lo cubría todo, las mesas eran de roble y tenían lamparitas individuales que lo hacían lúgubre y oscuro, justo lo que ellos, más bien él, necesitaba. De un rápido vistazo descubrió una mesa situada detrás de una columna y simulando el caminar distraído de quien busca el mejor sitio, condujo a Celia hasta allí.

-Buenas tardes ¿qué desean tomar los señores? Preguntó un camarero flaco y gris sin poder evitar desviar constantemente la mirada hacia Celia.

– Para mí una sopa de marisco y un entrecot poco hecho con puré de papas. Para picar un plato de queso curado, gambas al ajillo, jamón ibérico, aceitunas y queso frito.

El camarero dirigió una mirada cargada de interrogaciones a Alberto, pero éste disimulaba mirando el menú. Ante las dudas del camarero Celia dijo:

-¿Qué pasa, gilipollas? ¿Las gordas no podemos comer? ¿Acaso crees que debería pedir una mierda de ensalada? Trae lo que te he pedido si no quieres que pida también la jodida hoja de reclamaciones, ¡imbécil¡

Cuando el camarero se hubo marchado, sumido en un enorme desconcierto que le había incapacitado para reaccionar, Alberto había agachado tanto la cabeza que parecía que se había quedado dormido sobre la mesa. Entonces se inclinó acercándose a Celia y encontró el valor suficiente para preguntar, muy bajito:

-¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué te comportas de un modo tan grosero? ¿He hecho algo que te molestara?

Celia lo miró con desprecio e ignorándolo, levantó la mano al tiempo que gritaba:

-¡Eh, tú, el camarero pasmao, sí, tú! ¡Tráeme un gin-tonic! ¡Y rapidito, coño!  Cuando bajó la mano, Alberto no pudo reprimir en su cara la vergüenza que le produjo ver cómo Celia se rascaba el pecho sin pudor, metiéndose la mano por el escote y sin importarle haber dejado medio seno al descubierto,

-¡Tápate, por dios! Le dijo sin pensar.

En cuanto terminó la frase si dio cuenta del terrible error que había cometido, porque Celia, inmediatamente, se puso roja de ira y empezó a gritarle:

-¿Tú también? Te avergüenzas de mí ¿verdad? Piensas soy demasiado vulgar para una persona de tu categoría? ¿acaso crees que no me he dado cuenta de que ya no quieres salir conmigo? ¡Llévame ahora mismo a casa que ya me has hecho perder el puto apetito! ¡Seguramente, si dejo de comer te guste más, si me pongo en huelga de hambre puede que vuelvas a mirarme! ¿no? ¡Estás pidiendo a gritos que me convierta en anoréxica y acabe en un puto hospital alimentándome por una vía! ¡mierda! ¡Llévame a casa, joder!

En ese momento apareció el camarero con el gin-tonic, lo puso sobre la mesa y dijo:

–Aquí tiene, señora, pero le agradecería que la próxima vez se dirigiera a mí con un poco más de respeto.  

Celia cogió mecánicamente el vaso y lo vació directamente sobre la cabeza del camarero mientras le gritaba:

-¿Pero quién te crees que eres para hablarme así, imbécil? ¿Nadie te ha enseñado que el cliente siempre tiene razón? ¡Llama ahora mismo al responsable de este puto antro de mierda antes de que avise a la policía por acoso, estúpido hijo de puta!

Sin saber muy bien cómo, Alberto se vio agarrando al camarero antes de que éste derribara a Celia, que mientras tanto había empezado a tirar todo el menaje que estaba sobre la mesa al tiempo que gritaba todo tipo de insultos. Unos minutos después un coche de policía llegaba armando un enorme alboroto. Dos agentes, tras mucho forcejear, consiguieron sacarla del restaurante y meterla en el coche de Alberto a empujones, mientras éste se disculpaba nervioso y les explicaba que había olvidado tomar su medicación. Una vez en el coche, Alberto no pudo evitar preguntarse qué había pasado con su esposa y su ordenada vida, qué había sido de aquella compañera tranquila e inteligente de la que se había despedido con un beso por la mañana.

El viaje de vuelta fue tan silencioso como el de ida, solo que ahora Alberto se sentía como si estuviera viviendo la vida de otro, como si esa que viajaba a su lado fuera una desquiciada que acababa de fugarse de un manicomio -esto no me puede estar pasando a mí- pensaba mientras reprimía un llanto que le rebosó por dentro . Ese día ya no hablaron más, llegaron a casa, se asearon y se fueron a la cama a compartir el silencio y la soledad. Ninguno de los dos consiguió dormir esa noche.

La mañana siguiente Alberto se despertó más temprano que de costumbre, como queriendo alejarse cuanto antes del recuerdo de la noche anterior. Al ver que Celia se removía en la cama pronunció muy bajito un temeroso:

-Buenos días, cariño- al que Celia respondió:  

-Ya, vete a presumir de tu mierda de vida con tus pacientes, que yo tendré tu comida preparada y tus calzoncillos lavados cuando vuelvas- dicho esto dejó salir una ventosidad que dejó a Alberto impresionado y perplejo.

Ese día desayunó en una cafetería cercana a la consulta, sin poder dejar de pensar en el modo tan radical e inesperado en el que había cambiado su vida. Durante toda la jornada trabajó sin pasión, sin la entrega y la simpatía que demostraba siempre con sus pacientes, hizo unas cuantas revisiones y hasta estuvo a punto de sacar un diente antes de haber puesto la anestesia; estaba en otro lado, en otro lado en el que ya no quería estar, en su casa. Una enorme desazón se había instalado en su estómago quitándole por completo el apetito y el deseo de llegar al que, hasta hace sólo un día, había sido su hogar.

Cuando llegó a casa se la encontró en medio de un enorme desorden, la cocina parecía haber sido tomada por una horda de vikingos, el salón estaba lleno de ropa tirada por el suelo y restos de comida que desprendía un olor ácido. Siguiendo la estela del  desorden, llegó hasta el dormitorio. Celia estaba tumbada en la cama boca abajo, rodeada de bolsas de papas y envoltorios de chocolatinas, viendo la tele; como única prenda llevaba la parte superior del pijama a cuadros, dejando su enorme culo al descubierto. Llevaba los pelos recogidos en una coleta alta a modo de palmera y se comía una pizza directamente de la caja, con las manos pringosas y la boca manchada de salsa de tomate.

–Hola- dijo tímidamente Alberto sin poder volver a cerrar la boca.

–Hrogrrumn- gruñó Celia con la boca llena de comida mientras se rascaba ostensiblemente una nalga llenándola también de tomate.

El resto del día se ignoraron como pudieron y, como pudieron, volvieron a dormir juntos pero igual de solos.

 Facebook: Sasa Sosa

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