Sasa Sosa- Los disfraces de Celia (1ª y 2ª parte)

Esta es una historia de siete partes. Aquí tienes la primera y la segunda parte de un relato sobre Celia, una mujer en proceso que prueba a ser muchas para alcanzar a ser ella misma…pero no va a ser fácil.

Igual te aventuras a leerlo y encima te gusta…Yo suelo venir por aquí, por si quieres decirme algo.….. Sasa Sosa

Los disfraces de Celia

Los disfraces de Celia

A los 43 años, Celia no sabía aún de lo que era capaz y andaba siempre cambiando de profesión sin llegar a probar ninguna. Durante los cinco años que llevaba sin trabajo, le había dado tiempo de transformarse imaginariamente en multitud de cosas: había sido veterinaria, informática, gestora de una gran empresa, organizadora de eventos y conductora de ambulancias. Llevada por esa tendencia suya a la metamorfosis, mientras estaba en la cola del paro tomó la nueva determinación de convertirse en escritora, lo que le permitiría tener una profesión más sin necesidad de pagarse otro máster, al menos eso pensaba. Ser escritora no se parecía a ninguna otra forma de ser ella misma, pero no le daba ningún reparo la idea de mudar a ese nuevo estado. -total, es gratis- pensó -esta vez no tengo nada que perder.

Esa conversación mental fue lo que se le vino a la cabeza en cuanto el ronquido de Alberto la obligó a salir del sueño sin poder despedirse de nadie. Se quedó allí, acostada boca arriba y mirando las imperfecciones del techo mientras se preguntaba qué haría ese día para ser una escritora. Por lo pronto levantó el brazo y tanteó la mesilla de noche hasta que alcanzó el boli y la libreta en la que escribió la palabra de la mañana, porque también había decidido que cada mañana escribiría la primera palabra que se le viniera a la cabeza, lo que para ella era como quitar el tapón de la bañera, una metáfora que la ayudaría a romper el ayuno creativo, como ella lo llamaba. Escribió la palabra disfraz.

Alberto era un tipo de éxito y, a sus cuarenta y cinco, había conseguido triunfar en su profesión, convirtiéndose en un reputado odontólogo (antes  vulgarmente dentista), en cuya consulta tenía siempre un éxito y un lleno absolutos. Era delgado, guapo y elegante sin intención de ser ninguna de las tres cosas. A Celia le parecía que era una persona demasiado inteligente para pasarse todo el día tratando con bocas que, para él, eran mucho más interesantes que las personas que estaban detrás de ellas y no precisamente por lo que decían. Pero Alberto adoraba su profesión y, aunque también adorada a Celia, se tomaba su trabajo con un entusiasmo que a ella le resultaba un poco mezquino. Se querían. Llevaban juntos algo más de doce años y los dos tenían la certeza de que ésta iba a ser la buena y de que ésta certeza era más cierta que las anteriores, así que vivían juntos sin cuestionarse, sin molestarse y aceptándose como lo hace la arena a la ola que viene a arrasarla, a refrescarla y a traerle novedades.  

Aparte de algunas reclamaciones a la compañía de la luz, hasta ahora Celia no había escrito nada pero, después de un máster en veterinaria, un curso superior de informática, la asistencia a 200 horas de transporte sanitario y algún que otro título que hacía de su currículum un recorrido vital difícil de entender, Celia quería ahora optar por algo que pudiera hacer sólo con proponérselo lo suficiente, al menos eso se decía a sí misma. Así que se le metió en la cabeza que a base de ejercicio y esfuerzo diario podría llegar a escribir medianamente bien. Recordó que cuando era pequeña, se había empeñado en que le tenían que gustar las aceitunas y no paró de comerlas hasta que un día, por fin, pudo disfrutar de su sabor; lo mismo le había pasado con el queso, así que dado que contaba con dos experiencias exitosas, no era descabellado suponer que podría volver a funcionar.

Mientras escudriñaba una mancha de humedad en el techo, se preguntó cómo había llegado al terrible estado físico en el que ahora se encontraba; había engordado más de veinte quilos en dos años, lo que sumado a sus 182 centímetros de estatura, hacía de ella una gran mujer a la que le resultaba imposible pasar desapercibida, pese a su, también enorme, timidez. Su pelo largo y rizado, tremendamente voluminoso, acentuaba, aún más, su presencia allá por donde iba. Apartó un poco las mantas para verse desnuda en toda su magnitud, algo que cada vez hacía menos, se tocó la tripa y la trinchó entre los dedos hasta que la carne se le llenó de hoyos -da igual –dijo- para ser escritora no es necesario, ni siquiera, tener cuerpo, bastaría una cabeza pensante conectada a un ordenador.-  Celia solía pensar en voz alta, eso la ayudaba a centrarse en lo que tenía que hacer de manera más inmediata. Y hoy le tocaba empezar a ser escritora. Pero ¿cómo se hacía eso? ¿Notaría algo? Tal vez empezaría a hablar de otra manera, utilizando más adjetivos, quizás empezase a disfrutar en las convenciones a las que asistía con su marido y que ahora la aburrían profundamente, puede incluso que comenzara a adelgazar sin querer… Se miró los pies redondos y enormes que tanto daño moral le causaban a veces, esas uñas ya inalcanzables, los tobillos que parecían patas de elefante y unos pechos que, boca arriba, hacían vida independiente uno a cada lado…y sintió otra vez esa incapacidad para volver a conectar físicamente con algunas partes de su cuerpo. Durante algunos minutos solo se miró, hasta que no pudo más y el nudo que tenía alojado desde hace años en la garganta se le deshizo en un torrente de lágrimas silenciosas que le duró más de lo que merecía el momento porque, ya puestos, aprovechó para llorar también lo viejo. Tengo que hacer algo -dijo de repente secándose las lágrimas con las sábanas- esta vez voy a hacer algo…DE VERDADvoy a ser una escritora profesional…¡y de las buenas!

Celia no era una mujer convencional, ni por dentro ni por fuera. Nunca había entendido que la gente gorda (sí, ¡gorda!, ella era gorda, no tenía ningún inconveniente en afirmar algo que era obvio) vistiera siempre de colores oscuros, por eso, desde que engordó, su ropero se había convertido en una constante celebración del orgullo gay, de manera que cuando caminaba por la calle, una mujer de casi dos metros y más de cien kilos a todo color, todo el mundo volvía la cabeza; la gente se paraba para mirarla, sin comprender muy bien qué era lo que estaban viendo. A Celia le parecía que tanta expectación tenía que ver más con su capacidad para combinar colores de un modo creativo y original que con su peso específico, así que disfrutaba muchísimo sintiéndose observada y se vestía buscando siempre subrayar su supuesto talento como estilista. A Alberto esto no le hacía ninguna gracia y empezaba a sentirse violento esas tardes en las que paseaban juntos y sentía cómo todo el mundo les observaba, por eso últimamente había inventado varias excusas para no salir a la calle con ella. La quería mucho, pero Alberto era un hombre para el que la discreción era una virtud y sólo estaba dispuesto a destacar entre sus colegas por sus éxitos profesionales.

Conoció a Celia cuando estaba en un bar y ella, algo borracha, se precipitó sobre él y no pudo evitar la inercia del beso, un tipo de beso apasionado y liberador que él, siempre algo frío y comedido, nunca había probado. Ese día se enamoró de ella y, desde entonces, había sido muy feliz, al menos hasta que, hace dos años, ella  empezó a comer. A medida que iba engordando, se sentía cada vez más decepcionada e incapaz, y eso hacía que comiera cada vez más. Completado el círculo, Celia se sentía incapaz de salir de él, hasta que llegó a aceptarlo como una particularidad más de su carácter, como un sí misma digno de conservación y respeto. Alberto, en cambio, percibía esa aceptación como un abandono y en lugar de alegrarse de que ella pudiera conservar  su amor propio, se sentía, en un lugar recóndito y abisal de sí mismo, silenciosamente decepcionado.

Parte dos

Hoy Celia sentía una enorme desazón en el pecho y el estómago le daba violentos vuelcos, porque hoy era el día en el que había decidido probar otro proceso vital definitivo. Era un día importante, pero prefirió no verbalizarlo, no contarle nada a Alberto ni a nadie, porque eso suponía un nivel de implicación que le daba miedo volver a asumir. Si no lo contaba, siempre podía retroceder sin tener que soportar ningún reproche, aunque también sabía que no hacerlo podría hacer mermar sus esfuerzos y, con ello, peligrar también los resultados. Prefirió asumir de antemano el posible fracaso y empezó a darle vueltas a la tarea que se había impuesto. Será mejor empezar por un cuento corto -dijo-  pero ¿cómo empiezo? ¿tengo que saber el argumento antes de empezar o me dejo llevar por la inercia de las palabras?

-Lo más difícil- pensó -es encontrar una buena idea, no se puede escribir sobre nada, al menos yo no puedo- así que suponiendo que los escritores profesionales tenían una vida llena de experiencias que, sin duda, les ayudaba en esa complicada tarea, se le ocurrió que tenía que buscar la manera de vivir diferentes vidas con la suficiente discreción como para que su entorno cercano no lo percibiese como algo ficticio, pero con el atrevimiento preciso como para que resultase una fuente de riqueza creativa. Aún no sabía bien cómo, pero tenía que conseguir que cada día fuera una persona distinta la que ocupara su casa, la que hiciera la compra, la que hablara con sus vecinos y la que se acostara con su marido. Curiosamente, la idea de que otro sí misma ocupara su puesto al lado del cuerpo de Alberto le arañó un poco el alma causándole celos, pero decidió dejar ese episodio para cuando tocara enfrentarse a él. Necesitaba variar su perspectiva, ocupar distintos roles, para encontrar la creatividad y la inspiración de la que carecía. Este disparate le pareció una idea magnífica, así que en cuanto Alberto se marchara al trabajo se le había ocurrido un plan que le permitiría multiplicarse tantas veces como fuera necesario, llevándola a un empirismo creativo y desfigurador que, sin duda, la conduciría a otros muchos mundos posibles.

Como cada mañana, Alberto se levantó temprano, se puso un sobrio traje gris que le hacía parecer más un abogado que un dentista, se tomó un café cargado de azúcar de dos tragos y se marchó al trabajo. Celia saltó inmediatamente de la cama, se puso su bata rosa chicle y se sentó delante del buró del salón. Se sentía muy excitada y nerviosa, pero no tanto como para dejar de desayunar, así que volvió a levantarse, corrió a la cocina y salió con un sándwich de mortadela, un zumo y un plato de galletas. Dispuso todo sobre el buró, sacó unas tijeras, un par de folios y empezó a cortarlos en trocitos. Luego escribió en ellos los distintos roles que tendría que adoptar: inteligente, mezquina, divertida, grosera, ordinaria, dulce, sexy, inculta, elocuente, sumisa, irónica…. y los metió en una bolsa de papel con la promesa inquebrantable, so pena de morir torturada mentalmente por sí misma si no la cumplía, de sacar uno cada dos días y comportarse de acuerdo al calificativo que le tocara en suerte, pasara lo que pasara. El sí misma de hoy aceptó el reto sin sopesar siquiera de qué manera esto llegaría a trastocar su vida y la de Alberto.

Pasado el frenesí, Celia se quedó quieta, paralizada delante de la bolsa de los papelitos, dudando, aterrorizada ante la incógnita de no saber quién sería hoy la que viviría su vida, sin tener ni idea de si esa Celia pondría la lavadora o estaría dispuesta a hacer la comida para cuando Alberto regresara a casa, porque lo que sí sabía era que, una vez empezado, lo llevaría hasta sus últimas consecuencias. Ya le había pasado otras veces, si se decía a sí misma que tenía que hacer algo, cualquier cosa, y no lo hacía, la asaltaban unos remordimientos que no la dejaban descansar; si se olvidaba de ordenar un cajón que había decidido limpiar, se torturaba con ideas oscuras que nada tenían que ver con el hecho en sí y que no la dejaban disfrutar de nada hasta que hacía lo que ella creía que tenía que hacer, evitando así desgracias mayores. Por eso era tan importante estar completamente segura de querer empezar esto, porque el compromiso era firme y serio, como todos los que diariamente se imponía, haciendo de su vida una constante batalla contra sí misma. Abrió el armario y se quedó mirando la ropa, sopesando la posibilidad de tener la vestimenta adecuada para cada nuevo sí misma, porque todo tenía que ser absolutamente creíble para ella, la de ahora, la que había armado el tinglado y que estaría siempre detrás, en el otro nivel de la realidad, aunque sin intervenir directamente en el desarrollo de la trama. Se dijo a esa sí misma que tendría que hacer algunas compras, pero no sabía si su siguiente sí misma estaría de acuerdo con eso, así que pensó que lo mejor sería ir tomando decisiones dependiendo de quien tuviera que hacerlo. De cualquier modo, pensó que había llegado el momento de poner en marcha su particular ruleta rusa, que, en este caso, no conducía a la muerte sino a muchas vidas, así que cogió la bolsa con indecisión, metió la mano un poco temblorosa y sacó, mientras instintivamente miraba para otro lado con los ojos apretados, uno de los papelitos. Aún lo mantuvo durante un momento en la mano sin atreverse a abrirlo, respiró hondo, lo abrió y leyó en voz alta  –grosera.

Facebook: Sasa Sosa

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2 comentarios

  1. Cuando Celia decidió ser escritora lo tenía fácil porque ya lo era… y buena, divertida, imaginativa y con una cuidada expresión que hace la delicia de cuantos la leemos. Felicidades Sasa Sosa, por este entretenido relato. Me ha gustado mucho.

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