TE RECOMENDAMOS… ‘Yo que nunca supe de los hombres’ de Jacqueline Harpman

‘Yo que nunca supe de los hombres’ de Jacqueline Harpman

Una reseña de Josefa Molina

No sé muy bien cómo llegué a esta novela pero lo que sí sé es que la palabra ‘distopía’ enseguida me interesó como lectura, porque las distopías, además de exponer un mundo lleno de caos que habla mucho de nuestra sociedad actual, nos enfrenta a un mundo que, por sus propias características, me suelen interesar mucho ya me invita a reflexionar sobre aspectos muy inquietantes como el fin de los valores sociales, la caída de los sistemas de convivencia, la ética ante el desastre y la conclusión de las sociedades tal y como las hemos vivido hasta el momento. De hecho, hoy, 17 de agosto de 2026, es observar un poco los telediarios y comprobar que lejos de estar viviendo en una distopía, el mundo actual ha dejado de serlo para convertirse en una realidad surrealista continua.

Algo así sucede en el libro que les presento ‘Yo que nunca supe de los hombres’ (Alianza, 2021) , una novela que me ha resultado del todo perturbadora, a veces asfixiante y otras tantas deprimentes, repleta de desesperación y falta de aliento. Y sobre todo, falta de esperanza, ese estado de ánimo que en esta obra de Jacqueline Harpman es un estado ausente hasta niveles casi insoportables.

Antes de adentrarnos en la novela, les cuento que su autora de origen judía nacida en Bélgica en 1929, ejerció como psicoanalista y escritora y tuvo la desgracia de vivir el asesinato de varios miembros de su familia en los campos de concentración nazis de Auschwitz. Esta condición vital de la autora, que fue reconocida en vida con varios premios literarios, se trasluce de forma contundente en el volumen que nos ocupa, donde la protagonista, una mujer entrada en los sesenta que relata su historia, inmersa en la más completa de las soledades, a una futura persona lectora, más por el deseo de dejarla por escrito que por el objetivo de que lo lea alguien en el futuro ya que la narradora-protagonista duda de la existencia de alguien más en el que mundo que habita.

Estamos ante un mundo postapocalíptico desconocido por la protagonista y por las demás mujeres que les acompaña en el camino tras salir de la opresión de una cárcel donde han sido recluidas durante años sin conocer los motivos ni saber dónde se encuentran. En este encierro, las mujeres, un total de 40, viven despojadas de cualquier dignidad, intimidad y respeto, más allá del que se profesan así mismas como partes de un grupo que solo aspira a subsistir. Vestidas con harapos reciclados de los antiguos vestidos con los que llegaron al lugar del que desconocen todo y alimentadas de forma irregular y sin horarios, las mujeres permanecen bajo la continua vigilancia de un grupo de tres hombres con los que no interactúan ni cruzan palabra en ningún momento, unos hombres a los que la protagonista solo conoce a través de las rejas fuertemente ancladas del recinto que les mantiene encerradas mientras los días pasan y pasan y ellas van envejeciendo.

No pude evitar suponer una suerte de paralelismos entre la recreación de Harpman del encierro forzado de estas mujeres y el encierro de las personas prisioneras de los barracones de los campos de concentración nazis. Me resta saber si en ellos se hacinaban cuarenta personas o muchas más… Por otra lado, en relación a esta cifra, la tradición de la religión judía señala el número 40 como el propicio para la realización pruebas y la ejecución de fases vitales de purificación y transformación, así como un período de reflexión y arrepentimiento. Tal vez sea ese el motivo por el que la novelista belga utilizó esta cifra: como reflexión y tal vez, incluso, arrepentimiento… ya que la novela no deja de ser una advertencia al devenir del mundo actual, en el que las mujeres siguen siendo maltratadas, asesinadas, violadas y utilizadas como moneda de cambio. Tal vez, en la novela se intente hacer ver que estos grupos de personas encarceladas son utilizadas como monedas de cambio por un sistema dictatorial y opresivo que los concibe como prisioneros pero alimenta y vigila, con lo cual se infiere que tienen utilidad para ese sistema por algún motivo que desconocemos.

Lo inquietante de la novela es la cantidad de preguntas que le obliga a formular como persona lectora, preguntas que, la mayoría de las veces, no obtienen respuesta alguna y, a pesar de ello, resulta fascinante y todavía por eso mismo mucho más perturbadora, la lectura de esta obra que devoré en apenas día y medio.

Por mi parte, espero haberles generado cierto desconcierto o al menos, algo de curiosidad para acercarse a esta novela, un texto que termina con estas frases: «Es extraño que me muera del útero, yo, que nunca he tenido la regla. Yo que nunca supe de los hombres». ¿No resulta demoledora?

Josefa Molina

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