Rosario Valcárcel – Doña Donelia

Doña Donelia

La tristeza no dura más que un momento/ Y cuando estamos despiertos, / La felicidad no ha sido más que un sueño Junichiro Tanizaki

Cuando doña Donelia cumplió los noventa años tenía aún un aspecto fantástico. Vivía sola, sabía afrontar la soledad. Pero sin saber cómo se le presentó una infección pulmonar. La trasladamos primero al Hospital. Los médicos le quitaron importancia. Sin embargo, pronto notamos que arrastraba las palabras, que no podía caminar. Entonces decidimos que era incapaz de cuidar de sí misma. Y sin aliados que lucharan por ella, concluimos que había que protegerla de su propia incompetencia.

Queríamos ampararla, salvarla ¿Salvarla de qué? No lo sé. La reubicamos en un lugar para personas de edad avanzada. El primer día que fui a verla me la encontré como apartada, sentadita en su silla de ruedas. Era un lugar humilde en donde estaba almacenado ese olor espeso que se siente en el estómago. Ese olor de casi un centenar de personas que habitaban en aquella especie de jaula. Y creo que pensé más o menos lo mismo que ustedes hubiesen pensado.

Lo peor es que, la mayoría de los pacientes; sombríos y amodorrados, sin esperanzas y sin deseos, indiferentes al futuro, derrumbados, dejan deambular su mente por los escalones más lejanos de su memoria. Una de esas tardes en que fui a verla, casi ni me miró, se limitó a sollozar, a apretar mis manos contra su rostro a besarlas una y otra vez, a gemir, a gemir.

-¿Cómo se encuentra? -Regular, dijo cabeceando, mientras desconfiada estrujaba una servilleta. Parloteaba consigo misma, escarbaba en la memoria, en el pasado. Tenía miedo de aquel mundo desconocido.

Le hablé del sol y de las flores, de un gato que dormitaba en un rincón. Y mientras nos tomábamos un helado expresó con una mirada vacía:


-¡Señor, llévame ya! Le resultaba consolador pensar que con la muerte acababa todo, pero enseguida recapacitaba, se santiguaba una y otra vez y resignada añadía:

-Sé que aún me queda lo peor por sufrir, que aún no he cumplido mi cuota de suplicio.

Cuando llegó el final de la visita tuve que dejarla de nuevo en la enfermería en donde la había encontrado. Le acaricié la cara, las manos, la besé. Entonces volvió a tener miedo, rompió a llorar y con frenética desesperación grito:

-¡No me dejes aquí! ¡No me dejes aquí! Al escucharla no supe qué hacer ni qué decir, me tembló el cuerpo, me sentí como una delincuente. Y recordé un párrafo de la novela “Desgracia” de Coetzee: “Este no es un país para viejos” De eso trata gran parte de la literatura, del modo en que los jóvenes se debaten por escapar del peso de los viejos, y todo en aras de la especie.


Hoy al recordar a D. Donelia, a los ancianos anónimos, a nuestros abuelos, tíos, padres que no oyen, que apenas nos reconocen, que no se les entiende, que bostezan, gritan o gesticulan, se me ha roto el alma y he pensado que, quizás no quieren decir nada porque sus bocas son ya como tumbas vacías. Seres que prefieren hablar consigo mismo o con sus muertos.

Rosario Valcárcel

(Del libro Cuentos gozosos, cuentos traviesos)

Deja un comentario