Luis León Barreto – Clapham South

Clapham South

La vio sentada con tres amigas en una discoteca cerca de Piccadilly Circus, había una tenue luz roja y la bola de espejos giraba una y otra vez, la música a todo volumen. Amy era linda y le pidió salir a bailar, enseguida aceptó. Charlaron y ella quiso una granadina, él un refresco. Era noche de viernes lucía flaca y espigada, preciosa con su minifalda. Sus labios –que le parecieron muy grandes– dificultaban la aproximación al beso. Bailaron hasta que se le hacía tarde para llegar a su casa en el último metro, pero prometió que la siguiente semana podrían verse en el mismo sitio.

Se volvieron a ver varios fines de semana, y pasado un tiempo lo invitó a conocer a su familia en el modesto piso de Clapham South, un enjambre de viviendas sociales fabricadas a toda prisa. En aquel barrio humilde, una fea colmena para inmigrantes de las colonias, vivía ella. En medio de calles de aspecto residencial se levantaban enormes bloques de viviendas, porque el gobierno municipal quería evitar los guetos raciales que incendiaban los ánimos en los días del carnaval veraniego de Notting Hill, pero, a fin de cuentas, estaban construyendo nuevos guetos.

Amy le presentó a sus padres y a su tío, que en la mañana de los domingos tocaba la trompeta en el trayecto entre la Iglesia de la Congregación y la mezquita.

Esas mañanas de septiembre caminaban de mano por la ciudad, recorrían los puentes y los parques, compraban cucuruchos de fish and chips, baratos y calientes, mientras el Ejército de Salvación se empeñaba en redimir a los vagabundos de la noche.

Iba mejorando su idioma y se adaptaba a aquella ciudad con edificios de ladrillos rojos, sus palacetes decadentes, su niebla y su luz tenue, la algarabía de souvenirs con toda la familia real, el río con toda su historia y el solemne Big Ben, los pubs con cerveza al tiempo y música en vivo. Por desgracia cerraban temprano.

Después de varias citas, cuando él le anunció que volvía a su país y que probablemente nunca volverían a verse, ella accedió a que pudieran tener un encuentro a solas. Y aquella única vez que tuvieron intimidad se quedó sorprendido por dos cosas: al quitarse la peluca parecía otra persona y al verla desnuda le impresionó su mutilación porque habían amputado su vagina de forma salvaje, le faltaba la mitad de sus órganos genitales pero no quiso preguntar, supuso que, además de las guerras civiles y los golpes de Estado, en su país natal perviven los ritos de las viejas tribus, tradiciones de muchos siglos que son inamovibles.

Ella le sugirió el sexo anal pues en la religión de su gente era fundamental preservar el himen. Él era joven y despistado, no sabía qué hacer y se limitó a agradecerle aquel ofrecimiento. En realidad, sintió cierta pena por ella.

Entendió que tenía que luchar por todos los medios para llegar a ser médico y su gente ya le tenía asignado un marido adecuado, un marido con posibles, un primo segundo que estaba a punto de titularse como ingeniero.

Cuando ya estaba lejos le mandó una tarjeta en la que se veía una recua de dromedarios montados por turistas rubicundos que cruzaban las lavas. El que guía los camellos soy yo, bromeó. Brillaba el cielo y la tierra requemada parecía recién descendida de un desierto lunar. Bye bye, love. Y que tengas toda la suerte del mundo.

Luis León Barreto

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