TE RECOMENDAMOS…Mediodía eterno de Santiago Gil

Mediodía eterno, de Santiago Gil

Una reseña de Rubén Mettini

Santiago Gil ganó el Premio Internacional de Novela Benito Pérez Galdós con Mediodía eterno (Cabildo de Gran Canaria. 2021), una obra que nos cuenta la vida del pintor grancanario José Jorge Oramas. Gil ha querido reivindicar la vida de una figura prácticamente desconocida que, nacido en 1911, murió en 1935 con apenas 24 años.

Daré algunos apuntes sobre la vida del pintor. Los padres de Oramas mueren de tisis cuando el niño tiene apenas un año de edad. El pintor pasa a vivir con su abuela materna, en el barrio de La Isleta. Esa enfermedad que se llevó a tantos creadores fue llamada también la peste blanca o «la enfermedad de los artistas».

Autorretrato de Oramas

A los 17 años, comienza a trabajar como peluquero en una barbería del barrio de Alcaravaneras. El profundo cambio en su vida se da en 1929 cuando se apunta a la Escuela Luján Pérez, creada en 1918, donde descubre el dibujo y la pintura. Allí se vincula a los jóvenes artistas que se introducen en el conocimiento del arte, en un ambiente de libertad creadora que dará nacimiento al indigenismo, una corriente artística que pretendía desmitificar la idea romántica del mundo indígena y del campesinado canario. La intención de estos nuevos artistas era desterrar el regionalismo folclórico y generar una estética que conectara la cultura canaria con la cultura universal, entroncando con la asunción de las vanguardias europeas. Entre los artistas que frecuentan la Escuela Lujan Pérez en ese momento se hallan Juan Ismael, Felo Monzón, Santiago Santana o Plácido Fleitas, todos ellos amigos de Oramas.

La tuberculosis lo persigue desde niño. El pintor es ingresado en el Hospital de la Ciudad de las Palmas, conocido con el nombre de San Martín. En 1934, es trasladado al Centro Psiquiátrico de Tafira, lugar donde conviven dementes y enfermos de tisis o lepra Aquí aparece un tierno personaje, Don Rafael, quien intenta que los enfermos del manicomio se interesen por la pintura o las labores agrícolas. Considera que estas actividades permiten superar o al menos aliviar los sufrimientos de los pacientes. Ayuda a Oramas, estimulándolo a que pinte, a que se sumerja en ese mundo creativo que es de tanta ayuda al pintor. Rafael O’Shanahan, médico doctorado en Psiquiatría y escritor, fue posteriormente el gran difusor de su obra.

Ya en una avanzada fase de su enfermedad, a los 22 años, el artista cuelga por primera vez sus pinturas en una muestra individual, en el Círculo Mercantil de Las Palmas. Le queda poco tiempo de vida. La tuberculosis se lo llevará pronto. Tanto Gil como la crítica en general subrayan la presencia de la luz en sus cuadros. Oramas quiere huir de la oscuridad y las sombras, asociadas a sus noches de sufrimiento. Su pintura resalta la luz de la isla. Son cuadros llenos de sol y luminosidad.

Lavanderas

Santiago Gil, con el uso de la primera persona, en un largo flujo de conciencia, elabora la voz de Oramas. Se introduce en la piel del pintor y, a su vez, ofrece un fresco de la ciudad de Las Palmas –el puerto, Alcaravaneras, Vegueta–, a principio del siglo XX. Profundiza en un personaje que, a pesar de la miseria y la enfermedad, vive ilusionado por los cuadros que crea. El arte posee el poder de dar un sentido a la vida del pintor, que existe amenazado por la proximidad de la muerte, insinuada en sus toses y esputos de sangre.

En la trama, entre biografía y ficción, Gil nos muestra al pintor que, aunque nunca saldrá de la isla, sueña con las grandes ciudades europeas. Se refugia en la fantasía, imaginando que camina por París, Viena o Venecia con su joven amada Pepita, hermana del artista Juan Ismael. La pintura y la imaginación lo ayudan a huir de la realidad, una realidad dura, de pobreza y hambre. El personaje se complace en pensar que va vestido con elegancia y se lamenta de llevar siempre los pelos de los clientes de la barbería en su camisa y chaqueta.

En el Centro Psiquiátrico, Oramas conocerá a Cecilia Blisse, una joven inglesa de buena familia, sometida al consumo de opio, quien tendrá una tierna relación con el pintor. En la Segunda Parte de la novela llamada: La vida de Cecilia Blisse, el autor enriquece su obra dedicando unas cuantas páginas a contar qué fue de esa mujer que dejó Gran Canaria en un estado lamentable y que en Oxford consiguió desintoxicarse de la droga. En su juventud, Cecilia había estado vinculada al grupo de Bloomsbury, fue amiga de Vanessa Bell, hermana de Virginia Woolf. En esas páginas, nos narrará la serena vejez de Cecilia en Londres.

Volviendo a Oramas, Gil reivindica la actitud positiva de un pintor que tiene todo en contra: pobreza, hambre, enfermedad… En la presentación de la novela, el autor comentó: «En ‘Mediodía eterno‘ hay un proceso mágico y para mí es un honor y una satisfacción inmensa reivindicar la figura del pintor José Jorge Oramas, porque es alguien que demuestra que el arte y la luz es el camino de la vida. Alguien que tiene la muerte a la vuelta de la esquina con 24 años y que sabe que va a morir, y en lugar de pintar negruras y quejarse, lo que hace es pintar cada vez más claro y luminoso, cada vez con más belleza».

En el 2003, el Museo Reina Sofía y el CAAM dedicaron una exposición al pintor. En esta muestra se presentaron veintinueve de los apenas setenta lienzos realizados por Oramas. Datados aproximadamente entre 1932 y 1935, en su mayoría son representaciones del paisaje canario cargado de luminosidad con intensos tonos y claridad esencial. Ello le lleva a ser denominado «metafísico solar». La vegetación autóctona de cactus y palmeras y el mar de la isla son motivos recurrentes en sus pinturas que no conocen la oscuridad de la noche.

Aún postrado en la cama por la enfermedad, Oramas se esfuerza por levantarse y pintar. Cito un fragmento de la novela para subrayar esa fuerza que lo motivaba para olvidar sus dolencias:

«Ellos no lo entienden, solo don Rafael sabe por qué pinto aun en estos días en que casi no puedo moverme. Moriría en la cama, me volvería loco, mi cuerpo se rendiría y mi mente dejaría de rebuscar nuevos asideros. Ya tengo bastante con la enfermedad de mi cuerpo. Necesito que el alma duela un poco menos, o que no duela, que sienta que hay algo más, que no todo es arrastrar unos huesos que casi no se mantienen en pie, con esta fiebre, con esta sensación de haber caído a un gran precipicio, me levanto y me rebelo, mojo el pincel, elijo los colores y busco la belleza que llevo muy adentro, debajo de esta carne macilenta y de los huesos que pesan como árboles moribundos, sonrío en medio del dolor y de la indolencia y durante un rato me cura la luz que sale de mis cuadros».

Recomiendo la lectura de esta novela no solo por esta magnífica prosa, sino también para adentrarse en la vida de un pintor prácticamente ignorado.

Rubén Mettini

Un comentario

  1. Me gustó mucho esta lectura. Como siempre, Santiago Gil, con su lenguaje sencillo y cercano da vida a un artista. Estupenda novela y excelente reseña, Rubén.

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