FOTO-RELATO Un viaje de ida y vuelta

UN VIAJE DE IDA Y VUELTA

Era una tarde de frío invierno, cuando por la calle Fernando Güanarteme, pasé. Vi que la puerta “Chica” de mi querida iglesia de Santiago Apóstol estaba abierta y, sin pensarlo, entré a visitar al Santísimo Sacramento. La iglesia estaba desierta, ni un alma se veía en ella. Postrado de rodillas, oré.

De repente la tarde se oscureció y comenzó a llover tan fuerte que parecía que las fuentes de Cielo se desbordaban. El agua de los caños de la iglesia caía en la acera larga y ancha, haciendo un ruido espantoso, cada vez con más fuerza.

En el interior de aquel Santo Recinto, las tinieblas me iban envolviendo. Era tal la oscuridad, que solo se veía el parpadeo del rojo velón que reflejaba su luz en la puerta de Sagrario. De pronto, algo ocurrió. Algo que aún hoy no sé si fue un sueño o una realidad. Me sentí elevado con una fuerza tal, que me vi por los aires, y enseguida estaba encima de la misma iglesia, en la torre de las campanas sin haber salido por ninguna de sus cinco puertas, ni haber subido por su vieja escalera.

Desde lo alto de la torre vi todo el pueblo. Oí el griterío de los chiquillos jugando en la plaza, y como la juventud enamorada paseaba por sus delimitados paseos. Vi debajo de las ramas de los árboles a mi padre, sentado en el muro de la plaza, frente a mi casa, con un pie sobre el otro, fumándose un oloroso puro, con la vista fija en las dos entradas de la tienda. También vi a mi madre con su delantal, soplando aquella negra y pesada plancha de hierro en la puerta de la calle, lanzando al aire un sinfín de estrellitas luminosas que, al instante, se convertían en cenizas.

Y empecé a volar. En un fugaz vuelo, pasé sobre el vecino pueblo de Guía, y como un relámpago me elevé aún más y me introduje en el interior de la isla. Sus impresionantes montañas y sus profundos barrancos me cautivaron. Vi el emblemático Roque Nublo, como vigía, en lo alto de mi Gran Canaria. Al verme tan cerquita, él, me silbó y yo, con cariño, lo rodeé. Oí una triste folía que salía de su rocoso cuerpo. La brisa de las montañas, el sol y la nieve, junto con el azul del mar que nos baña, lo acompañaron en un suave murmullo. Era una melodía melancólica y dulce.

Siguiendo mi vuelo llegué a Maspalomas y atravesé sus dunas, su maravillosa charca, y su desierta playa. Descendí un poco y me encaré con el alto, arrogante y solitario faro, el cual, como un centinela, vigila el mar. El faro me saludó contento, encendiendo su linterna, aunque era de día. Fijó su potente rayo de luz en las aguas de mar, y, así, me señaló el camino a seguir. Avancé sobre aquella senda luminosa y me introduje en las interminables arenas de los desiertos. Contemplé hermosos y fantásticos oasis, ciudades y pueblos. Casi rocé las crestas de las montañas; en sus ríos vi reflejada mi sombra. Admiré las grandiosas Pirámides y la misteriosa Esfinge y crucé con vuelo majestuoso el bíblico Mar Rojo.

Siguiendo mi fantástico vuelo, llegué a lo que creía el mar, hasta que me di cuenta de que se trataba del lago Genesaret, en el litoral de Tiberiades. La curiosidad me obligó a descender lo suficiente para ver a unos hombres que, en sus barcas, trajinaban con los chinchorros. Entonces vi mi reflejo en el agua y, me asusté. Me había convertido en un niño de cuatro o cinco años. Palpé mi cuerpo; era yo, sí, pero había vuelto a la niñez. Recordé la foto en la que se me veía pequeño para mi edad, rubio, con flequillo y delgadillo como un San Luis y, sonreí. Lo más extraño era que iba vestido con una túnica semejante a las que vestían los antiguos hebreos, pero seguía siendo yo.

De pronto sentí voces que salían de un pequeño bosquecillo y volé hasta allí. Mucha gente se iba reuniendo, caminaban deprisa, comentando que el Rabí iba a hablarles. Descendí y me uní a ellos. Me sorprendió ver que no se extrañaban de mi presencia, todo lo contrario, parecía que me conocían y hasta un niño me tomó de la mano. Ya en la arboleda un numeroso grupo de gente se agolpaba en torno a un hombre alto, de unos treinta años que estaba sentado en las enormes raíces de un viejo y frondoso olivo que sobresalía del suelo. Su rostro me era conocido, pero no sabía de qué. Todo Él era bondad. En esos momentos estaba jugando y acariciando a unos niños, y vi cómo las madres se afanaban en acercarle en sus brazos a sus hijos pequeños para que los bendijera.

Yo estaba impactado, y de pronto oí que ese hombre me llamaba por mi nombre, y me acerqué. Unos hombres intentaron detenerme, y me agarraron fuerte, haciéndome un rasguño en la mano, que empezó a sangrar, pero El Rabí volvió a llamarme, me besó la mano y les dijo; «Dejad que los niños se acerquen a mí, que de ellos será el Reino de los Cielos.» A continuación, cogió a un niño pequeño, lo levantó en alto y dijo. «¡Ay de aquellos que escandalicen a un niño! Quien acoge a uno de estos pequeños, a mí también me acoge.» Yo le hice señas para que se agachara. Lo abracé, y le dije. «Yo te conozco. Tú eres Jesús, el que está en un cuadro en mi casa, el del Corazón de Jesús.» «Sí, Soy yo» me contestó. Me subí a su regazo y me quedé dormido.

El sonido de las campanas llamando a Misa me despertó. Estaba de rodillas delante del Santísimo. La tarde aclaró y dejó de llover. Poquito a poco iban entrando los fieles. No sabía si todo aquello había sido un sueño, solo sé que mi mano tenía una pequeña herida.

Para mí, ¡Yo estuve en Tierra Santa! No lo puedo demostrar, por eso guardo en secreto ese viaje de ida y vuelta. Solo Jesús sabe la verdad. ¡Pregúntaselo si quieres!

Luis Molina Suárez.

Gáldar, julio de 2003.

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