TE RECOMENDAMOS … Némesis, de Philip Roth

Némisis, de Philip Roth

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Una reseña de Rubén Mettini

 

 

Hay hechos que cambian la vida: la muerte de un hijo, una separación amorosa, una enfermedad maligna, un accidente de coche… Hechos que hacen que el individuo que los sufre no vuelva a ser igual después de padecerlos. Sobrevendrán los procesos de aceptación y duelo. Pero no siempre pueden asimilarse tales accidentes para continuar con una vida normal. Bucky Cantor, el muchacho de 23 años, protagonista de Némesis (Editorial Mondadori. 2011) se verá enfrentado a la poliomielitis. La enfermedad dejará huellas imborrables en su ser, se sentirá culpable de todos sus actos. La némesis, el enemigo, no siempre es el virus, la enfermedad, la pandemia o el hecho luctuoso. Muchas veces el enemigo, el que no nos dejará volver a una existencia feliz, está en nuestro interior.

Ese muchacho de 23 años se encarga de las actividades al aire libre de los alumnos en una escuela del barrio judío de Weequahic –donde vivió parte de su vida el autor de la novela–, en Newark, Nueva Jersey. Es un modelo para los otros niños. Uno de sus alumnos de 12 años, muchos años después, recuerda a Bucky con estas palabras:

«… a los 23 años de edad, para todos los niños era la autoridad más ejemplar y reverenciada que conocíamos, un joven de convicciones, tranquilo, amable, imparcial, reflexivo, estable, discreto, vigoroso, musculoso, tanto un camarada como un líder».

Cantor se siente frustrado por no haber podido alistarse para participar en la guerra a causa de sus problemas de visión, mientras sus amigos íntimos están luchando en el frente. Como resarcimiento se dedica, con devoción, a la formación de sus pupilos. En el año 1944, se declara una epidemia de poliomielitis en ese barrio. Algunos de sus alumnos quedan afectados.

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Un apunte sobre la polimielitis. Se trata de una enfermedad provocada por el poliovirus. La enfermedad se llamó infantil porque las personas afectadas son niños entre cuatro y 15 años. El virus se desarrolla durante veranos cálidos o inviernos poco fríos. Se transmite principalmente a través de las vías respiratorias, aunque en 1944, cuando ocurre la acción de la novela, no se sabía aún la forma de contagio. La enfermedad afecta el sistema nervioso central. Cuando es aguda, inflama las neuronas motoras de la médula espinal y del cerebro. Lleva a la parálisis y a la atrofia muscular. De aquí, que los niños perdieran la fuerza en las piernas, por lo que se idearon unos aparatos articulados para que pudieran caminar. Cuando la polio es muy grave, puede llevar a la muerte por la parálisis del diafragma. En los primeros años se usaron pulmones de acero, unas máquinas para paliar los problemas respiratorios. En 1949, el doctor Jonas Edward Salk desarrolló una vacuna y, en 1954, testada adecuadamente, empezó a inyectarse. En 1965, el doctor Albert Bruce Sabin, creó una vacuna más efectiva, mucho más sencilla, que se administraba por vía oral. «La Sabin oral», como era conocida, se inoculó a la población infantil y las epidemias de polio quedaron controladas.

Volviendo a la novela. Al constarse nuevos casos de parálisis, en el barrio judío, enseguida se buscan culpables, un grupo de jóvenes italianos que pasaron por allí, una heladería que vende refrescos, las granjas del barrio, el tonto del lugar y Cantor recibe la acusación de organizar partidos de beisbol para sus alumnos, cuando las temperaturas son muy altas, allí, durante el verano. El padre de Alan, un niño muerto dice, pensando en la brisa que sopló después de un día de intenso calor:

«Creo que esa brisa trajo volando los gérmenes de la polio, los arremolinó con el aire una y otra vez, como hacen las ráfagas de viento con las hojas. Creo que Alan estaba ahí sentado y aspiró los gérmenes traídos por la brisa…»

Se dictan medidas de protección, parecidas a las impuestas por la actual pandemia. Así se describen en la novela:

«Nos advertían de que no usáramos los lavabos públicos, ni bebiéramos de las fuentes públicas, ni tomáramos un trago de la botella de refresco de un compañero, ni nos resfriáramos, ni jugáramos con desconocidos, ni sacáramos libros en préstamos de la biblioteca pública, ni habláramos por teléfono público, ni compráramos comida en un tenderete callejero, ni comiéramos hasta habernos lavado a consciencia las manos con agua y jabón. Teníamos que lavar la fruta y la verdura antes de consumirlas, y mantenernos a distancia de cualquiera que pareciese enfermo o se quejase de alguno de los síntomas reveladores de la polio».

La enfermedad desata el miedo entre todos los ciudadanos. El miedo transforma la condición humana. La moral se pone en juego. El pánico nos devuelve a un estado premoral. Y en Cantor se presentan varios problemas de conciencia. Primero, la culpa, una culpa difusa. Se pregunta si actuó mal, si fue irresponsable al hacer jugar a los niños bajo temperaturas tan altas. Luego, su crisis se centra en su descreimiento, la falta de fe. Cantor se dice que Dios no puede existir, que solo una divinidad adversa podría inventar la polio, un demonio podría inventar la 2ª Guerra Mundial, en la que estaban inmerso el mundo y sus amigos. Para él, el demonio es omnipotente, el demonio vence.

La pandemia y la muerte sucesiva de varios de sus alumnos, lo lleva a un callejón sin salida que transformará su vida, porque, como he dicho al principio, al margen de los males externos, la forma de asumirlos y darles respuesta está en nuestro interior.

La novela cayó en mis manos por azar. Estaba en mi E Reader, como tantas otras novelas, y me pareció una rara casualidad que fuera a leer una novela que, publicada en 2010, tuviera una vigencia tan enorme en estos días.

Philip Roth se hizo conocido cuando en 1969 se llevó al cine su novela El lamento de Portnoy donde exploraba uno de sus temas favoritos: la naturaleza del deseo sexual y el erotismo. El 1990, se reconocimiento como escritor se consolidó con la llamada trilogía americana, compuesta por tres novelas. La primera de ellas Pastoral americana, años después de su publicación, en 1997, gana el Premio Pulitzer.

El estudioso Harold Bloom, referente en el establecimiento de canon occidental, declaró en 2003 que Roth era uno de los autores norteamericanos vivos más importantes, junto con Don DeLillo, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy. En 2012 se le entregó a Roth el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Cuatro meses después de este premio, el autor comunico que Némesis era su última novela y que dejaba de escribir. Philip Roth murió en 2018 en Manhattan.

Némesis es una novela breve, de menos de 200 páginas, con una prosa clara, una historia dura y un planteamiento moral muy rico. Una novela ideal para leer durante la pandemia que vivimos.

Rubén Mettini

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