FOTO-RELATO El canto de la cigarra

El canto de la cigarra

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Sería el primer verano que pasarían juntos. Nada parecía indicar posibles desencuentros que alterasen sus costumbres y ritmos de vida. Habían seleccionado sus libros de viaje siguiendo el canon íntimo y compartido de llevar dos lecturas simultáneas, como le gustaba decir a Jordi: un flaco y un gordo, para referirse a la costumbre de releer en paralelo un clásico o ensayo enjundioso y una novedad enganchante. Esta vez se decantó por De animales a dioses, de Y.N. Harari y el tomo tres del Hombre sin atributos de R. Musil. Sebas prefirió llevar un equipaje más ligero y eligió El cuento de la criada de M. Atwood , como única lectura.

Ni siquiera el tener que elegir entre dos destinos, uno en las antípodas del otro, dejó caer la nube negra de la disensión. Habían recibido el ofrecimiento de dos lugares apacibles y solitarios en América, pero con una gran diferencia pues en Tigre, Argentina, era invierno y el otro se trataba del pequeño poblado de Steinhatchee, al norte del estado de Florida. Fue el elegido. Ayudó mucho a tomar la decisión comparar las fotografías que les habían hecho llegar sus amigos, y ver el prado amarillo y malva de campanillas y prímulas; les gustó tanto que no les importó que la cabaña estuviera en medio de la nada pero desde donde se podía escuchar el eco apacible del río.

De manera que se lanzaron a los preparativos con las emociones desbordadas, hicieron acopio de las mejores cavas, embutidos, quesos curados que pudieran pasar sin problemas en la aduana. Cerraron su acogedor piso en el centro histórico de Sitges y salieron expectantes ante lo que prometía ser unos de los mejores veranos de sus vidas.

Aunque podían ir a pescar, los dos primeros días fueron de contemplación absoluta. Sobrevino al unísono una pulsión interior, especie de soledad individual que los retrotraía a memorias lejanas y borrosas, a pensamientos profundos sobre sus propias vidas sin que ninguno se hubiese propuesto entregarse a ese ejercicio de introspección. Una noche, sentados en las butacas mecedoras de la terraza, Jordi no pudo evitar una media sonrisa mientras se deleitaba observando el perfil de Sebas; sí, era bello, perfecto, armónico, nada sobraba, nada faltaba. Repasó en su mente las cejas pobladas y delineadas, sus ojos expresivos de mirada fulgurante y ansiosa; recorrió la corta melena color miel rozando sus hombros, delineó la nariz romana, labios húmedos en permanente y fresca sonrisa, acentuada por unos hoyuelos que con gracia perforan los pómulos, hasta llegar a la mandíbula cuadrada emanando sensualidad y frescura, sí, amaba esa cara y esa mirada.

Sebas percibió claramente el dibujo que su amigo trazaba en el aire con el índice derecho y siguió el juego, al fin y al cabo, era dedicado a él. La belleza remueve las fibras más sensibles pensó, pero al hacerlo nos muestra un espejo de ida y vuelta, miramos a quien nos mira y desde esa perspectiva se abre el vacío originario, agua y aire que nos ponen en la otra orilla para advertir con claridad las emociones del otro. Ésta vez, inopinadamente, le sobrevino un ramalazo de inquietud que en algún momento cruzó su mente como el vuelo instantáneo de las mariposas y ahora, pese a la oscuridad interior que inútilmente ocultaba su amigo, dejó expuesta una verdad luminosa: siendo su amigo el que más ama, permanece sumergido en el miedo y la culpa; mientras que él, el que se deja querer, ahora arde en deseos de compensarle.

No podía ir en su auxilio sin herirlo, se mantuvo sereno con los ojos entornados hasta que al filo de la media noche, les sorprendió el estridulo de una cigarra, el intenso canto del apareamiento que pese a su estridencia fue música salvadora. De vuelta la quietud y el silencio que hizo la noche más espesa, se abrió entre ellos el túnel que Jordi había mantenido sellado. Toda su vida preguntándose el porqué de ese ropaje de laja que le hacía sentir adyecto, ominoso; con mirada estólida posó sus dedos sobre la mano abierta que Sebas le extendía brindándole la fresca sonrisa y la mirada luminosa de siempre, pero ésta vez era portadora del mensaje de Safo, lo bello es bueno y lo que es bueno no tardará en ser bello. El gesto roborativo de Sebas no solo le despojó del pesado traje, también le dejó la serenidad que da pensar que la cobija del presente nunca arropará tanto pasado y que por lo tanto sólo dejaremos filtrar aquellos retazos que suavicen sus asperezas. Tuvo conciencia de tal lasitud cuando escuchó su propia voz encadenando palabras nuevas que llegaban arremolinadas como vientos líricos, arrastrando las viejas palabras como guijarros que se pierden en el oleaje. Ya no eran sus verdugos, una vez liberadas del miedo podían ser pronunciadas sin la pulsión del compromiso o el estremecimiento de la intuición.

Niria Suárez

Un comentario

  1. Una prosa magnífica. La autora posee un gran control de lo que quiere contar y lo desgrana con precisión y brevedad. Me alegró ver que cita dos lugares donde he estado muchas, muchas veces: El Tigre y Sitges. Me parece un relato estupendo.

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